Política

DEL FIN DE LAS IDEOLOGÍAS AL FIN DEL WOKISMO

Por: Jeffrey M. Kihien-Palza

Con el triunfo electoral de Donald Trump en Estados Unidos, muchos se apresuraron a declarar la defunción del wokismo, junto con las ideologías que engloba este movimiento político global. Sin embargo, es esencial analizarlo en profundidad para comprender su verdadero alcance.

Anteriormente, cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se disolvió en diciembre de 1991, desde diversos sectores se proclamó el “fin de las ideologías”, celebrando el supuesto triunfo de la democracia liberal moderna y la derrota del comunismo. No obstante, esta afirmación resulta contradictoria: al declarar el ocaso de las ideologías, se ensalzaba al mismo tiempo el auge de la más influyente de todas —el liberalismo—, cuya irrupción violenta, marcada por el genocidio, se remonta a la Revolución Francesa.

El liberalismo surge como oposición a la doctrina católica y, en la práctica, constituye un error teológico que deviene en error político y, posteriormente, cultural. La caída de la URSS —que instauró un modelo de democracia comunista de partido único y profundamente anticatólico— no significó el fin ideológico del comunismo. Por el contrario, este se volvió más militante, expandiéndose globalmente al fusionarse con su aliado ideológico, el liberalismo, que también proclama la libertad sin límites del hombre. Juntos engendraron el movimiento woke, un fenómeno comparable a un agujero negro que absorbe cualquier ideología, por más absurda que sea, siempre que sirva a su agenda de transformar la civilización y alejarla de su fundamento cristiano. Así, el wokismo se define, en esencia, como un movimiento anticristiano.

Dentro de este conglomerado coexisten ambientalistas, comunistas revolucionarios, comunistas pop y liberales que idolatran al Che Guevara, pero jamás vivirían en un país comunista —incluso Europa les resulta incómoda por la falta de agua caliente o hielo—. El wokismo también ha integrado a animalistas, veganos que marchan junto a carnívoros abortistas, pacifistas que apoyan la guerra en Ucrania, y feministas que odian al hombre. Además, enarbola la bandera del colectivo LGTBXXX, que convive con comunistas tradicionales —quienes desprecian a los homosexuales— y con islamistas yihadistas de “Palestina Libre”, dispuestos a atacar sinagogas. Paradójicamente, junto a ellos marchan judíos progresistas que anhelan un mundo sin combustibles fósiles y rechazan a Jesucristo.

Tampoco faltan los paganos adeptos a religiones modernas, satanistas, o los MAPs (Minor Attracted Persons, según la jerga pseudocientífica), es decir, pedófilos que buscan normalizar su agenda. A ellos se suman minorías identitarias, transhumanistas, artistas posmodernos y celebridades de Hollywood. El wokismo llegó a idolatrar al Dr. Fauci y avaló sin cuestionamientos las restricciones impuestas por las democracias liberales durante la pandemia, suprimiendo libertades fundamentales. Estas mismas democracias, que presumen de defender la libertad, han impulsado en realidad un gobierno globalista. Liberales y wokistas ya experimentaron su utopía: un régimen que confinó a la población, prohibió el trabajo, limitó la prosperidad e impuso medicaciones.

Detrás de este movimiento hay financistas multimillonarios que patrocinan partidos políticos para, desde el poder estatal, acelerar la descristianización de Occidente y la destrucción de la civilización. La única trinchera contra el wokismo —y cualquier ideología totalitaria— es la doctrina cristiana, cimiento de nuestra civilización. Si no se comprende esto, seguiremos en debates estériles de dos siglos mientras la sociedad colapsa, llevándonos a la extinción por una natalidad en caída libre.

El wokismo no ha muerto; está mutando, como lo hizo el comunismo cuando se anunció su fin. Regresará como un tsunami, arrasando todo hasta el punto de no retorno.

 

 

 

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