
Por Luciano Revoredo
Hay noticias que irrumpen en la cotidianeidad como un golpe seco, dejándonos sin aliento y obligándonos a frenar el ritmo vertiginoso en el que muchas veces nos dejamos envolver. La partida de mi querido amigo Arturo Inga es una de ellas. Con su adiós no solo se apaga la vida de un hombre bueno, generoso, valioso y entrañable, sino que se reabre esa vieja y dolorosa reflexión sobre la fragilidad del tiempo y la manera en que posponemos los afectos verdaderos.
Nuestra historia de amistad tuvo un origen tan singular como afortunado. Nos conocimos hace más de dos décadas en el Instituto del Vino y del Pisco de la Universidad San Martín de Porres. Yo ejercía allí como profesor de Historia del Pisco y él, contra todo pronóstico por la profundidad de sus conocimientos y su sensibilidad cultural, fue mi alumno. De las aulas pasamos rápidamente a la complicidad. Bastó muy poco para descubrir que compartíamos una misma fibra sensible, un amor apasionado por lo nuestro: el culto al pisco, el rigor de la jarana criolla y la elegancia mestiza de la marinera de Lima. Ambos fuimos siempre no solo amantes de estas expresiones, sino fervientes cultores de nuestra identidad.
A lo largo de los años construimos una fraternidad al ritmo de la peruanidad más auténtica. Arturo era infaltable; su presencia puntual y alegre junto a la de su esposa Marisol, iluminaba cada año la Serenata a Santa Rosa de Lima en mi casa, convirtiéndose en una tradición dentro de la tradición. Compartimos largas jornadas en cuanto concurso de marinera o de pisco se organizara, celebrando siempre la excelencia de nuestra tierra.
Tuve además el privilegio de acompañarlo y aplaudir de cerca su iniciativa de lanzar un pisco extraordinario el Murga, un proyecto en el que puso toda su dedicación e inteligencia. Y cómo no recordar con nostalgia aquellos entrañables viernes en La Catedral del Criollismo, donde entre valses, marineras y buenas copas arreglábamos el mundo y celebrábamos el don de estar vivos, o las noches de jarana impeniutente en La Oficina de Barranco, donde siempre con su cámara retrataba puntialmente la euforia y enjundia criolla del emblemático reducto barranquino.
Sin embargo, la vida moderna impone sus dinámicas implacables. El trabajo, los compromisos, las urgencias del día a día y esa falsa ilusión de permanencia nos hacen postergar los reencuentros. Decimos “ya nos veremos la próxima semana”, confiados en que el tiempo es un recurso inagotable. Y de pronto, la muerte nos asalta con una noticia de este tipo, desnudando nuestra vulnerabilidad y dejándonos con la amarga sensación de no haber abrazado más seguido a quien tanto estimábamos.
La partida de Arturo Inga no solo deja un vacío irremplazable en el criollismo y en el ambiente pisquero que él tanto dignificó, sino que nos deja a quienes lo quisimos una lección urgente: la amistad no se presupone, se cultiva en el presente.
Te vas, querido Arturo, pero te quedas en el eco de cada marinera, en el aroma del buen pisco y en el recuerdo imborrable de las jaranas compartidas. Que el cielo te reciba con la misma alegría y caballerosidad que derramaste en esta tierra. Descansa en paz, Arturo querido. En la Serenata a Santa Rosa de este año tu presencia será irremplazable, brindaré con un Pisco en tu nombre.





