
Por: Luciano Revoredo
En las últimas semanas parece haber aparecido una nueva enfermedad en ciertos sectores de la prensa peruana. No figura todavía en ningún manual de medicina, pero sus síntomas son bastante fáciles de reconocer. Tampoco sabemos si la estudia el Ministerio de Salud o si, por razones obvias, prefiere mantenerse al margen.
La enfermedad se llama Síndrome de Abstinencia Mermeladera Prematura, SAMP, y consiste, básicamente, en entrar en estado de pánico ante la posibilidad de que se cierre el caño de la publicidad estatal.
El cuadro parece haberse agravado después de que Rafael López Aliaga repitiera que, si llega a la Municipalidad de Lima, no piensa repartir publicidad municipal. La sola posibilidad parece haber provocado sudoración, nerviosismo y una notable creatividad en algunos espacios periodísticos.
Los síntomas son variados.
Está, por ejemplo, el temblor de pluma, que aparece cada vez que una encuesta muestra que el candidato sigue teniendo posibilidades. El editorialista empieza tranquilo y termina escribiendo cosas que, en circunstancias normales, ni él mismo se atrevería a publicar. Como por ejemplo cierta plumífera que pretende culpar al buen Porky de la tragedia ocurrida en un colegio de Lima.
También está la fiebre adjetiva. El paciente siente una necesidad casi irresistible de encontrarle un defecto a todo. Si el candidato habla, porque habla. Si no habla, porque no habla. Si sonríe, porque sonríe. Y si se queda callado, probablemente porque está escondiendo algo.
Luego viene la nostalgia presupuestal. Es uno de los síntomas más delicados. El afectado comienza a recordar aquellos maravillosos tiempos en los que una campaña municipal podía convertirse en una interesante fuente de ingresos para algunos medios.
Y finalmente aparece la alucinación de quiebra. El paciente llega a la conclusión de que, si la Municipalidad deja de contratar publicidad, está en peligro la libertad de prensa, la democracia y, quién sabe, hasta la estabilidad de la República.
Todo esto resulta particularmente curioso porque estamos hablando de un síndrome prematuro.
El candidato todavía no ha recibido ninguna credencial. No ha juramentado. Ni siquiera ha puesto un pie en el despacho municipal. Pero algunos ya parecen estar haciendo las cuentas de lo que dejarían de recibir.
Ahí está la verdadera gracia del asunto. Ni siquiera ha empezado el supuesto quinquenio y ya hay quienes sienten la abstinencia.
Es como si a alguien le avisaran que el próximo año tendrá que pagar su propia cuenta y empezara a sufrir desde septiembre.
La explicación es bastante sencilla. Cuando durante años se instala la costumbre de considerar la publicidad estatal como una especie de derecho adquirido, cualquier anuncio de que esa práctica podría terminar genera preocupación. Y cuando la preocupación no se puede expresar abiertamente, suele transformarse en otra cosa: ataques, editoriales, denuncias y análisis de una intensidad que, a veces, resulta bastante mayor que el hecho que supuestamente los provoca.
Por supuesto, nadie está diciendo que un medio de comunicación deba apoyar a un candidato. Faltaría más. La prensa tiene todo el derecho de criticarlo, cuestionarlo y hasta combatir políticamente sus ideas.
Lo que resulta curioso es que algunos parezcan descubrir recién ahora que también existe la posibilidad de trabajar sin esperar que la municipalidad les financie parte del negocio.
Este peligroso cuadro de salud tiene una vacuna, se llama Libre Mercado en genérico o Mercadocidina Forte en versión de marca.
Si la publicidad estatal desaparece, siempre quedarán los auspiciadores privados, los lectores, las suscripciones, la audiencia y todas esas maravillosas herramientas que suelen aparecer cuando el Estado deja de pagar la cuenta.
Por eso, quizá el tratamiento para el SAMP sea mucho más sencillo de lo que parece. No hace falta internamiento. Tampoco pastillas. Un poco de Libre Mercado, bastante trabajo y, sobre todo, acostumbrarse a que la pauta municipal no es una pensión vitalicia.
Mientras tanto, habrá que observar con atención la evolución de los síntomas. Porque si esto ocurre antes de que empiece la gestión, habrá que imaginar qué sucederá cuando llegue el momento de cerrar definitivamente el caño.
Ahí sí, probablemente, tendremos que declarar la emergencia nacional.





