¿CÓMO PIENSA RAFAEL LÓPEZ ALIAGA?
¿En qué consiste lo que él llama la Derecha Cristiana?

Por: Luciano Revoredo
Intentar definir a Rafael López Aliaga en las categorías tradicionales de la política peruana suele ser un ejercicio frustrante para muchos.
Para la izquierda, su figura se reduce al estereotipo de la derecha conservadora y empresarial, esto lo convierte en su enemigo; para los liberales clásicos, en cambio, resulta un personaje desconcertante que un día defiende la libre empresa y al siguiente propone frenos a los excesos de la banca.
Sin embargo, detrás de esa aparente contradicción no hay un simple sesgo populista como podría pensar un observador superficial, sino una síntesis particular propia de López Aliaga: la convergencia entre la marea cultural del posliberalismo, la Doctrina Social de la Iglesia y una inédita posición de impugnación al oficio político.
El telón de fondo de su discurso se alinea con lo que hoy se discute en el ámbito global como el pensamiento posliberal. Esta corriente nace del desencanto frente al modelo que prometió prosperidad individual a través del libre mercado absoluto, pero que terminó desgastando el tejido comunitario, precarizando a la población trabajadora y relegando la moral pública a un asunto insignificante.
Es un fenómeno que cruza fronteras: la misma visión que lleva a figuras de alcance global como el vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance, a cuestionar las corporaciones transnacionales y el capitalismo desregulado en favor de las familias obreras, es la que encontramos en la propuesta de López Aliaga. En ambos casos, el Estado deja de ser un espectador neutral para asumir un rol activo en la defensa de la familia tradicional, el rescate de la fe en la vida pública y la resistencia frente a una élite tecnocrática percibida como desconectada de la realidad popular. En este sentido López Aliaga estaría más cerca de posiciones como la de Vance y su posliberalismo que del MAGA de Trump.
Donde los liberales clásicos suelen incomodarse es en la dimensión económica de esta propuesta. Un liberal de manual defendería que el mercado debe autorregularse sin importar las distorsiones de la concentración financiera. López Aliaga rompe tajantemente con ese dogma al señalar el impacto del oligopolio bancario y plantear la regulación de las tasas de interés o la intervención del Banco de la Nación para aliviar a los pequeños emprendedores.
Esta postura encuentra sus raíces en la enseñanza socialcristiana, donde el crédito no es una mercancía fría, sino una herramienta social con límites éticos claros. Para esta tradición, cuando la usura asfixia a los hogares, el bien común exige corregir al mercado. En esto se encuentra perfectamente alineado con lo expresado por el Papa Francisco en febrero de 2018: “El crédito es un instrumento que puede convertirse en una ayuda para la vida y el desarrollo de las familias y de las empresas cuando se mantiene dentro de límites éticos y responde a la lógica del servicio y de la solidaridad, y no a la de la mera explotación y la usura”. Ahí cobra sentido una frase que el popular “Porky” repite constantemente: la idea de que no es un político profesional, sino alguien que ha dado el salto a la esfera pública movido por el amor al prójimo.
Más que un cliché de campaña, este argumento funciona como la bisagra que articula todo su proyecto. Al presentarse como un gestor pragmático ajeno a la burocracia tradicional, transforma la acción gubernamental en un deber moral de protección. La ayuda a los sectores vulnerables o el ponerle coto al abuso financiero no se justifican entonces mediante intrincados programas de ingeniería social, sino como actos concretos de solidaridad cívica, de encuentro con los que menos tienen.
Lejos de ser un neoliberal ortodoxo o un conservador tradicional, el proyecto de Renovación Popular se parece mucho más a un conservadurismo popular con ancla en la realidad nacional, o lo que el propio López Aliaga ha definido como la Derecha Cristiana.
Es un modelo que confía en el mercado para generar riqueza, pero que no duda en recurrir a la fe, al pragmatismo y al poder del Estado cuando el gran capital pasa por encima del ciudadano. Es creer sin espacio a negociación que el fin de la política y el Estado es el ser humano, portador de una dignidad inalienable por su condición de hijo de Dios.
Entender esa amalgama de posiciones es, en el fondo, la única manera de descifrar la naturaleza de su propuesta.





