
Por Luciano Revoredo
El nombramiento de Ricardo Vásquez Kunze como director de la Casa de la Literatura Peruana ha provocado las reacciones que cabía esperar. Algunos han recibido su designación con evidente incomodidad, como si la conducción de una institución cultural del Estado estuviera reservada a quienes comparten determinadas ideas políticas. No es la primera vez que ocurre algo semejante. En el Perú, ciertos sectores del progresismo parecen haber asumido que la cultura es un territorio propio, en el que los demás solo pueden entrar con permiso.
Vásquez Kunze es abogado, periodista y analista político. Lleva décadas participando en el debate público, con una mirada crítica y una reconocida preocupación por la historia y las instituciones. Su trayectoria no se limita al comentario político. Tiene experiencia en el ámbito editorial y conoce de cerca el trabajo que supone dirigir una institución vinculada a la difusión del pensamiento y la literatura.
Su paso por la dirección del Fondo Editorial del Congreso de la República es, en ese sentido, un antecedente importante. Allí tuvo la responsabilidad de conducir una labor editorial que exige criterio, conocimiento y cuidado en el uso de los recursos públicos. La publicación y recuperación de obras de interés histórico, literario y político forman parte de una tarea que no debería estar sometida a las simpatías o antipatías ideológicas de nadie.
Por eso resulta difícil entender las objeciones que se han levantado contra su nombramiento. La Casa de la Literatura Peruana, instalada en la histórica estación de Desamparados, no es propiedad de una corriente política ni de un grupo de intelectuales o intelectualoides. Es una institución pública, sostenida por todos los peruanos, y su misión es promover la lectura, acercar a los ciudadanos a nuestros escritores y contribuir al conocimiento de una tradición literaria tan rica como diversa.
Nadie discute que la cultura deba ser un espacio de debate. Todo lo contrario. La literatura, el pensamiento y la creación artística se enriquecen precisamente cuando conviven distintas perspectivas. Lo que no tiene sentido es pretender que una institución pública se convierta en una suerte de club ideológico, donde las credenciales profesionales importen menos que la afinidad política.
El pluralismo no se proclama mientras se excluye a quien piensa diferente. La Casa de la Literatura Peruana debe estar al servicio de los lectores, los escritores, los investigadores y, en general, de todos aquellos que encuentran en los libros una forma de comprender el Perú. Eso es lo que corresponde exigir, y no la adhesión a una determinada manera de interpretar la realidad.
La cultura peruana es demasiado importante para quedar atrapada en disputas de facción. No necesita feudos ni guardianes ideológicos. Necesita instituciones que funcionen, que promuevan el conocimiento y que permitan a los ciudadanos acercarse libremente a las ideas.
El nombramiento de Ricardo Vásquez Kunze debería ser una oportunidad para recordar algo elemental: la cultura pertenece a todos. Y en una sociedad que aspira a ser verdaderamente libre, nadie debería sentirse dueño de ella.




