La columna del Director

POR QUÉ LA BELLEZA CON QUE SE REPRESENTA A LA VIRGEN MARÍA NO ES UN CAPRICHO

Por: Luciano Revoredo

Existe en nuestro tiempo una inclinación recurrente en ciertos círculos artísticos y teológicos hacia lo que algunos denominan la humanización de lo sagrado. Se argumenta, a menudo con una aparente intención de cercanía o realismo histórico, que la Santísima Virgen María debería ser representada como una mujer común de su época: ajada por el sol del desierto, envejecida por el paso inclemente de los años, con las manos desgastadas por el trabajo duro o incluso con los rasgos ordinarios y asimétricos que caracterizan a cualquier ser humano. Sin embargo, cuando se examina la rica tradición teológica, la patrística y la historia del arte sacro, queda al descubierto que esta pretensión de igualar a María con la condición humana ordinaria no constituye un acto de naturalidad ni de rigor histórico, sino una profunda confusión conceptual que traiciona la naturaleza misma del misterio cristiano.

Para la fe católica, la belleza de la Virgen María nunca ha sido un adorno accesorio, un lujo estético o un capricho barroco. La hermosura de la Madre de Dios es una categoría ontológica, la manifestación exterior y sensible de una realidad espiritual invisible: la plenitud de la gracia, la ausencia total de pecado y la redención perfecta de la naturaleza humana.

Representar a María como una mujer cualquiera o pretender matizar su figura con la decadencia física del tiempo, mostrarla decrépita por el paso de los años, es ignorar el impacto directo de la Inmaculada Concepción sobre la totalidad de su ser, tanto en el alma como en el cuerpo. El envejecimiento decadente es parte del camino a la muerte la cual es consecuencia del pecado original, en este entendido, no es propio pensar que la Virgen concebida sin pecado original envejezca de esa forma en su paso por la tierra.

Pero para comprender por qué la Iglesia ha exigido siempre la máxima nobleza y perfección al plasmar su imagen, es necesario remontarse a las raíces mismas de la revelación bíblica.

Ya en los textos del Antiguo Testamento se prefiguraba que la criatura elegida para albergar al Verbo Encarnado debía poseer una hermosura singular. El célebre verso del Cantar de los Cantares (4, 7), que proclama: «Tota pulchra es, amica mea, et macula non est in te» («Toda hermosa eres, amiga mía, y no hay en ti mancha alguna»), ha sido leído desde la antigüedad como una profecía de la Inmaculada Concepción.

La ausencia de mancha no se refiere únicamente a una pureza moral abstracta; en la mentalidad bíblica y teológica, la mancha del pecado es la causa última del desorden, la fealdad y la corrupción de la naturaleza. Al estar preservada de la culpa original desde el primer instante de su concepción, María está exenta del germen de la decadencia espiritual y corporal que sobrevino al género humano tras la caída.

Esta idea se profundiza en el Nuevo Testamento con el saludo del Arcángel San Gabriel en la Anunciación. Al llamarla como «llena de gracia», el texto bíblico señala que María no es una mujer común a la que de pronto se le encomienda una misión, sino que su ser entero ha sido modelado por Dios de manera previa y excepcional. Su hermosura es la respuesta visible a esa acción divina.

En la gran tradición mística y doctrinal de la Iglesia, San Luis María Grignion de Montfort dedicó gran parte de sus escritos a explicar por qué la figura de María supera a cualquier otra criatura.

En su obra cumbre, el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen (n. 12), el santo francés califica a la Virgen con palabras definitivas al llamarla «la obra maestra de las manos de Dios», enseñando que el Altísimo ha reunido en Ella, de forma eminente, los encantos, hermosuras y virtudes de todas las creaturas. Asimismo, en El Secreto de María y en El Amor de la Sabiduría Eterna, Montfort califica a la Virgen como la «Forma Dei», el molde vivo de Dios: «María es el gran molde de Dios, hecho por el Espíritu Santo para formar al hombre-Dios por la Unión Hipostática, y para formar a un hombre-Dios por la gracia».

Pretender que ese molde sea imperfecto, vulgar o envejecido equivale a sostener que el recipiente del Verbo carecía de la dignidad requerida para su augusta función. Para San Luis María, contemplar la belleza de María es contemplar la hermosura del propio Dios.

Los Padres de la Iglesia profundizaron aún más en la relación entre la santidad de María y su apariencia física. Lejos de considerar el cuerpo como una envoltura neutra o despreciable, los teólogos patrísticos entendieron que el cuerpo de la Virgen era el espejo transparente de su alma inmaculada.

San Juan Damasceno, en sus célebres Homilías sobre la Dormición, llegó a exclamar sobre su hermosura: «Es tan hermosa María que, si no supiéramos por la fe que hay un solo Dios, al verla nos sentiríamos tentados a adorarla como a una diosa». Pero el Damasceno aclara algo fundamental para comprender el sentido del arte sacro: la belleza de la Virgen no despertaba jamás el deseo carnal ni la concupiscencia. Al contrario, la sola presencia de María infundía un soplo de castidad, apagando las pasiones desordenadas y elevando el espíritu de quienes la miraban hacia la contemplación de lo celestial.

En esta misma línea se pronunció el Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino, quien al analizar la persona de María en su Summa Teológica (III, q. 27, a. 3) explicó que la gracia que habitaba en ella derivaba de tal modo hacia su cuerpo que «la hermosura corporal de María no provocaba la concupiscencia en los que la miraban, sino que más bien la extinguía», generando un afecto de profunda veneración y pureza. Por lo tanto, la belleza de María no es una hermosura seductora o mundana, sino una hermosura santificadora, una belleza que sana al que la contempla.

De las enseñanzas de Santo Tomás y de la tradición mística posterior, recogida en visiones tradicionales como las de la Venerable María de Jesús de Ágreda en su Mística Ciudad de Dios o la Beata Ana Catalina Emmerick, se desprende una constante: María no estaba sujeta a la pesantez, la fatiga desordenada o el envejecimiento degradante que son fruto de la naturaleza caída. Se decía de ella que su andar era de tal levedad y armonía que parecía no tocar el suelo al caminar, expresando así la libertad de un cuerpo completamente sometido al Espíritu y libre de la gravedad del pecado.

Es precisamente por todas estas razones teológicas que la Iglesia Católica ha mantenido a lo largo de los siglos el principio del decoro en la representación de la Santísima Virgen. Las normas conciliares, desde el Concilio de Nicea II hasta el Concilio de Trento, han sido tajantes al prohibir que se pinte o esculpa a la Virgen de manera vulgar, fea, atrevida o desprovista de la dignidad divina. La razón es sencilla: la fealdad, la decrepitud, la deformidad o la rusticidad excesiva no son neutrales en la teología cristiana; son consecuencias históricas y ontológicas de la entrada del pecado en el mundo y de la corrupción de la naturaleza. Pretender representar a María con esos rasgos es una contradicción en los términos, pues implica atribuirle visualmente los efectos de una caída de la cual fue preservada desde el primer instante de su vida.

Francisco Pacheco en su obra El Arte de la Pintura (1649), redactada en su condición de Veedor del Santo Oficio para la pintura en Sevilla, Pacheco fijó las reglas precisas para la representación de la Inmaculada Concepción: «Se ha de pintar, pues, en este clarísimo misterio esta Señora en la flor de su edad, de doce a trece años, hermosísima niña, con túnica blanca y manto azul, vestida de sol, un sol ovado de ocre y blanco que cerque toda la imagen, coronada de doce estrellas, la luna a sus pies con las puntas abajo y los cabellos tendidos sobre los hombros». Pacheco justificaba esta norma en la tradición eclesial y en la revelación misma.

Grandes maestros de la pintura occidental, desde el propio alumno de Pacheco, Diego Velázquez, hasta Francisco de Zurbarán y, sobre todo, Bartolomé Esteban Murillo, llevaron este canon a su más alta expresión. En las Inmaculadas de Murillo, la Virgen flota en una atmósfera celestial rodeada de ángeles, con una mirada de dulce recogimiento y una belleza radiante que no pertenece a este mundo. Esas imágenes no buscaban hacer un retrato sociológico de una mujer palestina del siglo I, sino dar cuerpo a un dogma de fe, ofreciendo a los fieles una ventana a la trascendencia.

Intentar humanizar a la Virgen María despojándola de su majestad y de su hermosura excelsa para convertirla en una mujer cotidiana o envejecida responde a una visión reduccionista de la fe propia de la herejía modernista. Confunde la verdadera humanidad, aquella que fue creada a imagen y semejanza de Dios y que en María se conserva intacta, con la humanidad caída, enferma y envejecida por la culpa.

María es, en palabras de los Padres, la criatura plenamente humana, la única en la que el proyecto de Dios no sufrió grieta alguna. Por ello, presentarla hermosa, noble, joven con la juventud de la eternidad y radiante de gracia no es una falta de realismo; es el mayor acto de rigor teológico y el homenaje de respeto que la Iglesia y el arte rinden a la Madre de Dios.

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