
Por : Martha Meier M.Q.
La llegada al poder de Abelardo de la Espriella, flamante presidente de Colombia, es una señal de época. Hace apenas semanas, en el Perú, asumió la presidencia Keiko Fujimori. Argentina tiene a Javier Milei; Ecuador, a Daniel Noboa; Chile, a José Antonio Kast; y Bolivia, a Rodrigo Paz. El péndulo latinoamericano se desplaza claramente hacia la derecha, alejándose del fracaso del proyecto bolivariano.
Durante años, la derecha denunció la inseguridad, el narcotráfico, la burocracia, el despilfarro, la corrupción y la incapacidad del Estado elefantiásico que promete mucho, recauda más y fracasa en sus responsabilidades elementales. En buena medida, la derecha y la centroderecha tenían razón. El problema es que acertar en el diagnóstico no garantiza la capacidad de administrar el remedio.
Ganar una elección es infinitamente más sencillo que transformar un país. Y quienes ya gobiernan no pueden atribuir su fracaso a nadie.
Los latinoamericanos no se convirtieron súbitamente en conservadores, liberales o defensores del libre mercado. Lo que ha ocurrido es más interesante: millones de ciudadanos han perdido la paciencia con gobiernos de izquierda que prometieron bienestar, igualdad y justicia, y no lograron siquiera señalar el camino para llegar a ellos.
El pequeño empresario no necesita una explicación sociológica sobre las causas estructurales del crimen cuando lo extorsionan y debe cerrar su negocio. La familia que paga impuestos quiere una policía que la proteja y un hospital que la atienda. El ciudadano que espera años por una carretera o una resolución judicial termina preguntándose qué sentido tiene un Estado que existe para todos en el papel y para casi nadie en la realidad.
Los electores no necesariamente han girado hacia la derecha; más bien, le han dado la espalda a la incapacidad. Quieren un Estado fuerte, pero no arbitrario; eficiente, no elefantiásico; capaz de proteger la libertad.
Hayek advertía que el Estado de derecho exige que quienes gobiernan estén sometidos a reglas previamente establecidas. Eso debería ser una inscripción visible en el escritorio de cada nuevo presidente latinoamericano. Porque esta nueva derecha, más joven y vigorosa, puede fracasar de dos maneras: dejando intacta la maquinaria que prometió reformar o destruyéndola para sustituirla por otra igualmente inservible.
El Perú no necesita una revolución ideológica, sino una de eficiencia: una policía que funcione, una justicia que llegue, una educación que enseñe, una infraestructura que conecte, una inversión que genere empleo y un Estado que deje de castigar al que trabaja, produce y emprende.
La nueva derecha tiene que lograr Estados más eficientes, economías más dinámicas y sociedades más seguras. Solo así habrá cambiado el rumbo de América Latina.
Si simplemente sustituye una burocracia por otra, reparte cargos entre amigos y confunde autoridad con poder, el péndulo volverá a moverse hacia la zurda, quizá con más fuerza y rabia.
Los electores ya no están buscando una ideología, sino resultados. Las derechas ganaron las elecciones; ahora les corresponde demostrar que saben gobernar y generar prosperidad.





