
Por Luciano Revoredo
El pasado 10 de agosto, la gobernadora de Massachusetts, Maura Healey, firmó una de las legislaciones más extremas en materia de aborto al desmantelar las salvaguardias legales que protegían al no nacido en las etapas finales del embarazo.
Las imágenes del acto resultaron perturbadoras: un grupo de mujeres y activistas celebrando entre aplausos y risas macabras la posibilidad de asesinar seres humanos en vísperas de su nacimiento. En el centro de esta escena grotesca y vomitiva, que más que una reunión protocolar era un aquelarre de brujas adoradoras de Moloch , lucía triunfal firmando la norma la gobernadora Healey , lesbiana sin hijos y ajena a la vivencia de la maternidad.
Sin embargo, centrar la crítica únicamente en el “aborto tardío” es incurrir en una trampa conceptual. Desde una perspectiva rigurosamente científica, todo aborto, sea en la cuarta semana o en el noveno mes, constituye la eliminación deliberada de un ser humano, un homicidio abominable.
La embriología y la genética contemporáneas sostienen de manera incontrovertible que, desde el instante de la fecundación, se constituye un individuo de la especie Homo sapiens con una identidad genética propia, única y distinta a la de sus padres. No existe un punto mágico en la gestación donde el tejido de la madre se transforme repentinamente en otra persona; existe un proceso biológico continuo de un ser que, desde el primer momento, dirige su propio desarrollo.
Pretender fragmentar la gestación para decidir en qué semana un individuo adquiere el derecho a no ser destruido es un ejercicio de arbitrariedad ideológica. Ya sea mediante un fármaco en el primer mes o mediante una intervención quirúrgica en el tercero, el resultado es exactamente el mismo: el fin forzado de una vida indefensa.
Que la sociedad aplauda estas medidas bajo el eufemismo de la “libertad reproductiva” revela una grave distorsión ética, donde la conveniencia de los fuertes se impone sobre el derecho inalienable a la existencia de los débiles. Ninguna narrativa política puede alterar el hecho científico de que en el vientre materno hay un ser que siente, que crece y que posee una identidad biológica irreversible. El verdadero progreso de la humanidad jamás consistirá en perfeccionar los métodos para eliminar a los indefensos, sino en reconocer que toda vida, desde la concepción hasta la muerte natural, posee un valor intrínseco y sagrado que ningún gobierno, ley o gobernante tiene la facultad de violar.




