La columna del Director

GALLINAZO NO CANTA EN LIMA

Por: Luciano Revoredo

El cielo de Lima tiene desde hace siglos un habitante que muchos miran con desprecio. El gallinazo. Lo vemos sobrevolando el Rímac, los acantilados de la Costa Verde, los cerros y los techos de la ciudad. Forma parte del paisaje limeño desde mucho antes de que existieran nuestras grandes avenidas y, aunque no sea precisamente un ave hermosa, cumple una función que pocas veces recordamos: limpiar desperdicios orgánicos que si no fuera por ellos podrían ser fuente de infecciones.

En la antigua Lima, cuando no existían los sistemas sanitarios que hoy damos por descontados, el gallinazo cumplía una tarea indispensable. Comía desperdicios y restos orgánicos y contribuía, a su manera, a mantener limpia la ciudad. Por eso no deja de ser curioso que una especie que durante tanto tiempo estuvo vinculada a la higiene de Lima haya terminado convertida, para algunos, en objeto de desprecio.

Pero el gallinazo es mucho más que eso. También forma parte de nuestra memoria. Está en las acuarelas de Pancho Fierro y en los cuadros de Rugendas, mezclado con balcones, iglesias y personajes de la Lima antigua. Está en las crónicas de viajeros. Está en las historias vinculadas a San Martín de Porres. Está en Ricardo Palma y, de manera inolvidable, en Julio Ramón Ribeyro, cuyo cuento Los gallinazos sin plumas convirtió a estas aves en parte de una de las imágenes más fuertes de la literatura peruana.

Por eso indigna especialmente lo ocurrido con el streamer conocido como Kingteka. Según se ha difundido, utilizó una transmisión en vivo para matar a un gallinazo y mostrarlo ante su audiencia.

¿Qué puede llevar a una persona a encontrar diversión en algo así?

No se trata de una travesura. Tampoco de una broma de mal gusto. Matar un animal sin motivo alguno ni justificación para convertir su muerte en contenido para las redes revela algo bastante turbio.

No soy animalista. Es más, estoy en contra del animalismo que es una expresión de deprecio al ser humano y viene cargado de una ideología progre, pero no puedo justificar ni tolerar este acto de imbecilidad y crueldad.

Y el problema se agrava porque quienes tienen miles de seguidores, especialmente entre los más jóvenes, no pueden pretender que sus actos carecen de consecuencias. Las redes sociales no convierten la crueldad en espectáculo inocente. Al contrario, cuando una conducta semejante se exhibe públicamente, existe el riesgo de que otros la imiten, la celebren o terminen considerándola normal.

El asunto, además, no es solamente moral. En el Perú existen normas que protegen a los animales frente a actos de crueldad y también disposiciones específicas para la protección de la fauna silvestre. Corresponde, por tanto, que las autoridades competentes investiguen lo ocurrido y determinen las responsabilidades que correspondan.

Kingteka debe responder por lo que hizo, si la investigación confirma los hechos que se le atribuyen. Y esa responsabilidad no corresponde decidirla a los seguidores, a los detractores ni a una turba digital. Corresponde a las autoridades competentes, que deben identificar exactamente qué ocurrió, establecer las circunstancias y determinar si existe responsabilidad administrativa o penal

Un gallinazo tampoco es una cosa sin valor. Es parte de la fauna de Lima y, para quienes conocemos la historia de esta ciudad, también es parte de su paisaje y de su memoria. Podemos considerarlo desagradable, feo o incluso molesto. Lo que no podemos hacer es convertir su muerte en diversión.

Lima ha cambiado mucho y seguirá cambiando. Pero hay cosas que una ciudad no debería perder en nombre de la modernidad: el respeto por la vida, el sentido de los límites y la capacidad de distinguir entre una broma y una crueldad.

El gallinazo ha acompañado a Lima durante siglos. Quizá sea hora de que nosotros aprendamos a respetarlo.

 

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