La columna del Director

CARLOS GARDEL, LA VIEJA RADIOLA, MI PADRE Y YO

Por: Luciano Revoredo

El recuerdo de mi padre vinculado a la música son hilos que en mi vida se entretejieron para siempre. Crecer a su lado fue aprender a escuchar, a sentir el pulso de las melodías y a descubrir cómo una canción puede guardar la memoria de toda una época.

En sus gustos musicales, el marco principal lo daba nuestra propia tierra. Mi padre era un aficionado a la música criolla, y entre los valses de su colección de discos aprendí a percibir el sentimiento y la elegancia de nuestras tradiciones. Tantas tardes compartidas frente a esos discos me enseñaron a querer lo nuestro desde muy niño, guiado por su afición y su sensibilidad.

Pero junto a ese entorno tan peruano, convivía con la misma fuerza otra gran pasión que marcaba su vida musical: el tango. Él pertenecía a esa generación que respiraba la nostalgia del Río de la Plata a través de una admiración devota a Carlos Gardel.

El centro indiscutible de esa devoción era una caja de discos Long play de Carlos Gardel que mi madre le había traído de Buenos Aires en los años 60 y que él conservó por décadas como nuevos. En la portada la sonrisa invencible del Morocho del Abasto, su firma y el sello de Discos Odeon, colección: Éxitos Permanentes.

Lo recuerdo ahora colocando reverente los vinilos en la vieja radiola Telefunken y el salón llenándose de esa voz viril, profunda y perfecta.

De niño, mientras el disco giraba, yo me quedaba escuchando y dejando volar la imaginación, dibujando en mi mente las historias sentimentales o sórdidas que los tangos cantaban. El despecho, la timba, la nostalgia, la cundería, los cabarets porteños desfilaban ante mi silenciosa imaginación. Sin darme cuenta, así, aprendí a amar el tango a través de sus oídos.

Años después, la vida me puso al frente de la dirección del Centro Cultural Ricardo Palma de Miraflores. Un día llegó a mi despacho una propuesta para organizar un festival de cine dedicado a las películas de Carlos Gardel. No tuve que pensarlo dos veces; no era solo una decisión de gestión cultural, era un impulso del corazón. Acepté de inmediato pensando en él.

Durante los días del festival, las tardes cobraron un sentido distinto. Mi padre llegaba muy temprano a mi oficina a buscarme. Ya era anciano entonces y venía caminando de casa. Bajábamos juntos a la sala de cine, nos sentábamos lado a lado, se apagaban las luces y surgían como de un sueño las imágenes en blanco y negro de compadritos, cuchilleros, dandys y guitarreros.

A ratos lo miraba de reojo en la penumbra: lo vi emocionarse hasta las lágrimas, otras veces sonreír con una ilusión infantil, o mover los labios como cantando en silencio.

Al salir, la noche de Miraflores nos saludaba con esa brisa fresca tan suya, como un abrazo leve que prolongaba la magia de la función. Caminábamos despacio, comentando la película, mientras sus ojos guardaban aún el brillo del cine. En el camino, mi padre siempre tenía una historia guardada que rescatar del pasado; iba hablando con la felicidad de un niño, rebosante de esos recuerdos entrañables que la pantalla había vuelto a desenterrar.

En una de esas noches inolvidables, buscamos el refugio cálido del Manolo para compartir un chocolate caliente con churros, estirando los minutos antes de regresar a casa, saboreando el dulce pretexto de seguir estando juntos.

Hoy, al contemplar esa vieja caja de discos de Gardel que aún conservo conmigo como un tesoro intacto, entiendo que la música, la radiola y el cine no eran solo arte: eran uno de los hilos invisibles del afecto donde mi padre y yo nos podíamos encontrar y ser felices.

Dejar una respuesta