
Por: Luciano Revoredo
La visita a Lima del Secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, marca un punto de inflexión definitivo para la geopolítica regional y obliga a nuestra diplomacia a definir con claridad su rumbo estratégico.
Tras su paso por Colombia y Ecuador, la llegada del alto funcionario norteamericano a la capital no fue un mero formulismo protocolar, sino la consolidación de una agenda multilateral destinada a blindar al continente bajo el concepto del Escudo de las Américas. Tal como lo expuso de manera categórica en su reciente columna publicada en El Comercio, bajo el sugerente título de «Un hemisferio que cumple», la visión de Washington acorde con la posición del presidente Trump pasa por articular una respuesta firme y coordinada frente a las amenazas que acechan la estabilidad del hemisferio.
En ese sentido, Rubio recordó el compromiso asumido por Colombia en materia de control fronterizo y lucha contra el tráfico ilícito, así como la determinación demostrada por Ecuador en el combate frontal al crimen organizado, para argumentar que el Perú debe incorporarse de manera plena e inmediata a esta arquitectura defensiva.
Este alineamiento hemisferico cobra una dimensión aún más crítica a la luz de los recientes y contundentes discursos del propio Rubio durante su escala en Colombia. Con gran claridad denunció cómo el avance del modelo de izquierda en la región no solo destruyó las economías continentales, sino que permitió una ominosa convergencia ideológica y operativa con el crimen transnacional. Al señalar de forma explícita que diversos sectores de la izquierda terminaron actuando en explícita alianza y permisividad con las organizaciones narcoterroristas, Rubio dejó en claro que la permisividad con estas agendas ideológicas invalida cualquier esfuerzo por preservar el orden público y la paz social.
Por ello, la integración peruana a este esquema no implica únicamente un reforzamiento formal del intercambio de inteligencia, la cooperación militar y la persecución de la minería ilegal y el narcotráfico, sino que entraña un profundo y urgente reposicionamiento doctrinario.
El gran valor agregado de este pacto estratégico radica en un trato directo con agencias federales de primer nivel como el FBI y la DEA. Como ha quedado demostrado en recientes operativos internacionales de alta complejidad que permitieron la captura de peligrosos cabecillas de mafias transnacionales, el respaldo tecnológico, la inteligencia humana y los sistemas de interceptación del FBI representan el verdadero motor para desarticular a los carteles y bandas de extorsión que hoy asedian al ciudadano de a pie.
Pero tal vez el núcleo central de la postura expresada por el Secretario de Estado radica en la urgencia de contener la desmedida expansión geopolítica y económica del Partido Comunista Chino en la región.
Durante sus reuniones de trabajo en Palacio de Gobierno y Cancillería, así como en sus declaraciones públicas en Lima, Rubio ofreció un diagnóstico tajante al advertir sobre los riesgos inherentes a las cuantiosas inversiones estatales chinas en infraestructura crítica, minería y telecomunicaciones.
La crítica norteamericana no responde a un simple recelo comercial, sino a la constatación de un modelo oscuro y muchas veces en los límites de la ilegalidad que promueve el endeudamiento de las naciones en desarrollo, elude la transparencia institucional y vulnera la soberanía nacional.
Frente a esta amenaza sutil pero devastadora, Estados Unidos contrapone una alianza basada en el respeto irrestricto al Estado de derecho, la protección de datos y el flujo de capitales privados transparentes.
El mensaje dejado por Marco Rubio en Lima es claro y no admite medias tintas: el Perú debe entender que la seguridad y el desarrollo económico van de la mano, y que la preservación de nuestras instituciones republicanas exige marcar un límite firme ante la injerencia de Beijing, desterrar la complicidad de las agendas de izquierda que han minado el continente y priorizar una alianza estratégica fundada en la libertad, el combate al crimen con apoyo internacional directo y la defensa irrestricta de la soberanía nacional.





