JORDI BERTOMEU, CURAS, CHAMANES, COMUNISTAS Y OTRAS HIERBAS
Jordi Bertomeu y dos obispos en reunión de izquierda en el Cuzco

Por: Luciano Revoredo
Detrás de las convocatorias de diálogo institucional y los discursos de defensa de los derechos humanos, se teje el entramado de una abierta y peligrosa convergencia entre sectores eclesiásticos progresistas y una red de organizaciones no gubernamentales. Su propósito no es la evangelización ni la caridad cristiana, sino orientar el debate político regional hacia posiciones de izquierda radical, instrumentalizando la fe al servicio de agendas ideológicas de corte marxista.
El reciente evento realizado en el Cuzco bajo el título de Encuentro Macro Regional Sur “Entrelazando voces por la dignidad” constituye un ejemplo paradigmático. Detrás de este típico juego de palabras de la progresía eclesiástica —un lenguaje hueco que no dice nada en lo doctrinario, pero que lo dice todo en lo político— se reunieron los autodenominados “representantes de la sociedad civil” a los que nadie ha delegado representación alguna, operadores de oenegés caviares, un clero abiertamente marxistoide y, para colmo de males, un representante del Vaticano que actúa hace tiempo en nuestro país como un agente político más: el tristemente célebre Jordi Bertomeu, acompañado por monseñor Lizardo Estrada Herrera OSA, obispo auxiliar de la Arquidiócesis Metropolitana de Cusco y por monseñor Miguel Ángel Cadenas OSA, obispo de Iquitos, entre otros clérigos.
Esta situación reabre una discusión historiográfica, ideológica y, sobre todo, teológica y espiritual crucial para el Perú: la incompatibilidad radical entre la misión pastoral de la Iglesia Católica y su vergonzosa capitulación ante plataformas de activismo ideológico, socioambiental y de la izquierda marxista.
El fenómeno no es nuevo, pero su articulación actual adopta contornos institucionales novedosos. Durante décadas, diversas corrientes vinculadas a la mal llamada Teología de la Liberación y a movimientos de extrema izquierda postularon una relectura de la fe atravesada por el análisis sociológico materialista. Esta desviación teológica comete una herejía conceptual devastadora: sustituye la salvación de las almas por la emancipación política y reemplaza el Pecado Original por las “estructuras de opresión económica”.
Al subordinar la Gracia Divina a la lucha de clases y confrontar de manera sistemática todo lo que signifique desarrollo e inversión para el país, estas posiciones abdican de la fe revelada. Lo que en la segunda mitad del siglo XX se manifestaba en comunidades eclesiales de base impregnadas de retórica revolucionaria, hoy se articula mediante una tupida red de Organizaciones No Gubernamentales (ONG) financiadas por agendas globales y plataformas del activismo postmarxista.
En este engranaje, figuras con conocida trayectoria en la política partidaria y el activismo rojo, como la excongresista Tania Pariona Tarqui desde la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH), la legisladora Ruth Luque Ibarra desde la representación parlamentaria comunista, o analistas y “dirigentes de base” como José Antonio Lapa (Derechos Humanos Sin Fronteras) y Victoria Taco Choquipuma (PAMETEC), bajo la apariencia de canalizar agendas de reivindicación socioambiental, lo que hacen es conspirar contra el desarrollo del país. Estas agendas confluyen de manera recurrente con propuestas de revisión del modelo económico, cuestionamiento a la institucionalidad del Estado y paralización del crecimiento, todo esto bajo la mirada complaciente y alcahueta de un clero desorientado, ávido de protagonismo político y fascinado por el mito de la revolución social.
El problema medular no radica en la defensa de los derechos fundamentales ni en la legítima preocupación por los más desfavorecidos, principios que la Doctrina Social de la Iglesia ha promovido siempre desde la caridad, la subsidiaridad y el bien común. La distorsión perversa ocurre cuando la noción universal de la persona y de sus derechos es despojada de su fundamento trascendente para ser convertida en una herramienta ideológica unidireccional.
Bajo el ropaje de la causa ambiental y los derechos colectivos, se ha consolidado una dinámica en la que diversas oenegés operan como actores políticos no electos, arrogándose un poder veto sobre la inversión privada y atacando la gobernabilidad regional.
Cuando la estructura eclesiástica —representada en esta ocasión por un delegado vaticano como el infame Bertomeu y por prelados nacionales que han olvidado el Catecismo— convalida de manera acrítica estas agendas, comete una traición a su propio ministerio. Al abandonar su misión espiritual, la Jerarquía no solo degrada la Cruz al nivel de una pancarta de protesta, sino que se convierte en un actor político partidizado que alimenta la polarización social y valida implícitamente presupuestos ideológicos que la Iglesia ha condenado formalmente en reiterados documentos magisteriales (desde la Rerum Novarum hasta las instrucciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 1984 y 1986).
La presencia de enviados pontificios debiera servir para la custodia de la fe, la unidad de los fieles y la reconciliación en la verdad; sin embargo, en la praxis política real, la participación de funcionarios del Vaticano en foros compartidos con dirigentes de marcada posición ideológica proyecta un inaceptable mensaje de respaldo institucional hacia la izquierda radical.
Pero por si la asimilación ideológica fuera poco, el evento del Cuzco dejó al descubierto una degradación aún más profunda: el abierto desprecio por la pureza de la Fe y el Primer Mandamiento de la Ley de Dios. La participación activa del propio enviado vaticano Jordi Bertomeu en rituales neopaganos, tales como “pagos a la tierra”, ofrendas y actos chamánicos, lo que no constituye un “gesto de respeto cultural” ni un mero adorno folclórico, sino una escandalosa apostasía práctica. Al rendir culto o convalidar espiritualmente ritos telúricos y panteístas que deifican a la naturaleza, los clérigos caen en un sincretismo aberrante que profana la dignidad del sacerdocio católico. Sustituir el Sacrificio del Altar o mezclar la gracia de Dios con supersticiones ancestrales para complacer la agenda ecologista de la izquierda radical es el síntoma definitivo del vaciamiento de la fe: cuando los pastores pierden el sentido de la Trascendencia y del Dios Vivo, terminan rindiendo pleitesía a los ídolos de la tierra en la misma mesa donde pretenden hablar de “dignidad”.

La Iglesia Católica en el Perú, por su peso histórico, espiritual y cultural en la conformación de la patria, exige una custodia celosa de su independencia frente a los proyectos de poder circunstanciales. Ceder espacio a la instrumentalización del discurso pastoral por parte del marxismo cultural y el activismo no gubernamental no solo desdibuja el mandato divino de ir y hacer discípulos a todas las naciones, sino que corrompe la fe de los sencillos y compromete la estabilidad republicana. Es hora de denunciar sin complejos este maridaje entre el púlpito y la trinchera ideológica, e invitar al clero extraviado a retornar a la predicación íntegra del Evangelio de Jesucristo.





