
Por Luciano Revoredo
El horrendo hecho acontecido en el Liceo Naval Almirante Guise, donde un grupo de adolescentes de apenas 15 y 16 años perpetró una agresión inaudita contra un compañero por haber fallado un penal en un partido de fútbol, desborda los límites de cualquier razonamiento. No estamos ante una bravuconada de cancha ni ante un exceso de disciplina juvenil; nos encontramos frente a una atrocidad moral, un acto de barbarie monstruoso que clama al cielo y nos obliga a ponernos de pie en defensa de la dignidad humana.
Esta atrocidad no es un hecho aislado ni una repentina locura del momento: es la gota que colma el vaso de una cadena ininterrumpida de impunidad. Este salvajismo es consecuencia directa de un clima de bullying sistemático que se ha venido incubando en el colegio durante mucho tiempo.
Según ha trascendido ya el año pasado y en lo que va de este se registraron agresiones, acosos y severas golpizas a otros alumnos que lamentablemente quedaron impunes, enterradas en la indiferencia institucional. Cuando la autoridad escolar calla, minimiza o normaliza la violencia inicial, lo único que hace es pavimentar el camino para que el mal crezca hasta convertirse en un crimen como el que hoy lamentamos.
En primer lugar, la mirada de la comunidad entera debe dirigirse, con un abrazo fraterno, indignado y solidario, hacia la víctima y su familia. Ningún niño debería jamás sufrir el horror de la humillación, el dolor y la traición en el mismo lugar que debería ser su refugio de aprendizaje y compañerismo. Para esa familia abatida no debe haber medias tintas ni discursos vacíos: merecen justicia implacable, apoyo psicológico e integral inmediato y el amparo incondicional de las autoridades del colegio y del Estado. Su dolor es hoy el dolor de todos los hombres de bien.
Sin embargo, para comprender el origen profundo de esta desgracia no basta con señalar la negligencia de las autoridades educativas; es imperativo mirar hacia el núcleo donde nace la sociedad: la crisis de la familia. En la raíz de esta tragedia subyace una devastadora pérdida de valores, la ausencia de límites claros y el abandono de la autoridad paterna y materna. Cuando el hogar deja de ser la primera escuela de virtudes y valores, los jóvenes quedan a la deriva, expuestos al relativismo ético y a la influencia del grupo.
En este drama las propias familias de los agresores terminan convertidas, de otro modo, en víctimas del colapso que ellas mismas —por omisión, permisividad o ceguera— ayudaron a gestar. Despertar de pronto a la realidad de que un hijo de 15 o 16 años ha sido capaz de cometer semejante monstruosidad es una condena moral y un abismo de dolor inconmensurable para cualquier padre.
Resulta especialmente desgarrador y desconcertante constatar cómo esta quiebra moral ha penetrado incluso en hogares vinculados a nuestra gloriosa y heroica Marina de Guerra. Una institución custodiada por el ejemplo inmortal de Miguel Grau, cuya esencia misma se edifica sobre los pilares inquebrantables del honor, la lealtad, la disciplina, la caballerosidad y el amor abnegado a la patria. ¿Cómo es posible que niños criados a la sombra de tan nobles tradiciones hayan descendido a semejante abismo de barbarie? La respuesta es dolorosa pero ineludible: cuando la vorágine moderna, el distanciamiento emocional y la pérdida del sentido de trascendencia erosionan la transmisión activa de las virtudes en la mesa familiar, el uniforme de los padres no basta para blindar el alma de los hijos.
Ver a jóvenes nacidos bajo el amparo de una herencia de honor convertirse en verdugos de un inocente no solo causa una indignación profunda, sino una pena infinita: es la prueba más amarga de que, si no cultivamos día a día la fe, el amor al prójimo y la hombría de bien en el hogar, la sombra de la crueldad puede apagar hasta la cuna más honorable.
Estamos ante la atrofia de la empatía, agravada por la exposición constante a la violencia digital y la distorsión de la afectividad. El fútbol aquí no fue la causa, sino el pretexto de una cultura violenta y deshumanizada. Son jóvenes que crecen sin valores, expuestos a juegos violentos, pornografía y una ausencia de los padres.
Desde la óptica de la fe y la ética cristiana, lo sucedido evidencia la pérdida dramática de la certeza de que cada persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios y posee una dignidad intrínseca e inviolable.
Cuando el temor de Dios se desvanece en los hogares y la enseñanza de la caridad se sustituye por la indiferencia, el corazón del hombre se cauteriza. A los 15 y 16 años se distingue perfectamente entre el bien y el mal; decidir infligir una humillación de esta naturaleza refleja una quiebra moral absoluta, el síntoma de quien ha olvidado el respeto al prójimo.
Este lamentable suceso debe marcar un hito. La justicia no puede vacilar; la impunidad o la tibieza institucional bajo el eufemismo de bullying solo engendrarán más violencia. Pero, sobre todo, este hecho debe obligarnos a una reconstrucción urgente del tejido familiar y escolar.
Tanto las autoridades educativas como las familias deben reasumir con firmeza y amor la tarea impostergable de formar conciencias, sancionar el acoso a tiempo, inculcar el sentido del deber y rescatar los valores fundamentales antes de que la barbarie termine por devorar el futuro de nuestros jóvenes.






Suscribo todo lo planteado. El Liceo es una muestra de lo que estoy segura se vive en otros centros educativos, horrores que no salen a la luz. Que los padres y maestros tomen en serio la educación y formación de los niños y jóvenes. Educar es guiar por la senda del bien y buscando el bien d
el educando. Hacerse de la vista gorda minimizando los pequeños actos de violencia es permitir estos actos terribles y graves.