Política

BUSCANDO A UN OGRO: DE JURAMENTOS, PROCLAMAS Y VIRTUDES

Por: José Alberto Garibaldi

En la vida pública aparecen una y otra vez episodios que ocultan la realidad, cual máscaras escondiendo realidades inusitadas. La proclama de días pasados, y el juramento de Pedro Castillo con Verónica Mendoza que le antecedió, parecen un buen ejemplo de ello. Son una manera de articular lo antiguo –un juramento o una proclama – con lo moderno – planes y proyectos, leyes y derechos, ciencias y políticas.    Su combinación busca generar un carácter entre solemne y sagrado – algo de peso, iluminando un inicio. Cómo indicando su gravedad, líderes de la iglesia católica y protestante las promueven y suscriben.

La aparición de estos juramentos parece ocupar el lugar que en el pasado tenía la reflexión sobre la distancia que frecuentemente existe entre la conducta a la que aspiramos, y aquella que en efecto tenemos.  Toman una perspectiva resueltamente moderna: presagian una anarquía posible, y la urgencia de conjurarla. Proponen un pacto o acuerdo, enfocado en proteger los derechos de los individuos, los órganos del estado encargados de cumplirlos, y las condiciones con las cuales se controla el poder, conminando a quienes lo tienen a dejarlo tras un periodo. Note el lector que no propone una reflexión moral sobre cómo estamos o cómo podríamos estar, sobre cómo mejorar como peruanos, ciudadanos, o miembros de cualquier otro cuerpo intermedio en la sociedad. El orden humano – el de la familia, la sociedad, o el moral- se decanta según ellos entre los derechos de individuos – los derechos humanos- y el funcionamiento del estado – el soberano. Si existe alguna duda sobre cómo actuar, sugiere que debiéramos recurrir a la ciencia, más que al debate o a la política. El Bien común – parece asegurarnos – se deriva del seguimiento estricto de estas condiciones.

Lo que resulta paradójico de aquellas proclamas, es que sus razones son las mismas con las que en otros lados se ha ido facilitando el abandono de una acción y razón políticas inspiradas en una ley natural, ya fuese esta una práctica, o una divina, que articulaban la búsqueda de la noble o justo, lo útil y lo placentero a través de una razón aplicada a lo práctico. Esta versión, que combinaba las creencias de la Iglesia con la razón práctica, es reemplazada por otro orden, de base teórica, no práctica, y puramente convencional. En contraste con una versión animada por diversos motivos, caracteres, y calidades, propone apuntalar derechos en torno al control de un soberano que los apoye, mismo soberano que (en comparación con la versión anterior) carece el mismo de rostro definido o creencia – o, como diría aquel corajudo ensayo de Octavio Paz- en un Ogro Filantrópico. Es el paso de Tomás de Aquino a Tomás Hobbes, sellado e impulsado no solo por las iglesias protestantes -que por razones muy diferentes a las de Hobbes, puedan estar de acuerdo con ello- sino irónicamente, también por la jerarquía católica en el Perú, cuya tradición ha sido el repositorio del primer Tomás contra el segundo.

El debate en prensa da por hecho las bondades de este cambio, y se enfoca en examinar si se cumplirá o no. Podría ver el lector a la proclama como una muestra del anacronismo de la política peruana. En ese tenor, Aldo Mariátegui decía que la iglesia Peruana había sido en esto medieval; bien podría argumentarse precisamente lo contrario. El carácter indeterminado de las peticiones de esta proclama no busca articular lo justo o noble, lo útil y la placentero de la antigua razón práctica- no diga ya la verdad, la excelencia o la santidad de las versiones medievales que querían completarla. La proclama es por el contrario de una modernidad extrema y sin destino, disfrazada con caretas medievales. Una alternativa interesante indagaría como se vería algún destino si seguimos otra senda, y aprendemos algo de aquellas caretas.

Un libro reciente sobre la relación entre la ley, los derechos y la razón práctica escrito por Pierre Manent, profesor en la escuela de altos estudios de ciencias sociales en Paris, bien podría guiar nuestro viaje. Estas proclamas responden más al proyecto político del liberalismo ideológico moderno que al medieval, y el libro se enfoca en los límites de aquel respecto de éste. Para Manent, el caos y parálisis crecientes de la política europea actual derivan del creciente desgano y confusión que genera la oposición entre la cada vez más intensa búsqueda de derechos individuales, y a la paralela ausencia de un gobierno colectivo que no responda a la razón del poder o el miedo, sino a la del bien y su práctica en lugares concretos. El deterioro de la síntesis de razones políticas, sociales, religiosas y familiares encarnada en el estado nación tiene consecuencias inesperadas. El individuo persigue ahora sus deseos e intereses sin tomar a la razón práctica encarnada en la ley y la práctica como guía para la excelencia y para la acción común. Por el contrario, toma a la ley como la que posibilita sus deseos e intereses a través del control del poder; y a los derechos, el medio con el que usa este poder para oponerle a otros la consecución de estos deseos. Recuerda esto a la misma modernidad sin lugar ni destino concreto, y puramente artificial, a la que década tras década nos invita Mario Vargas Llosa. Manent contrasta aquello con una acción política anclada en la experiencia y en una razón práctica libre y responsable; apoyadas ellas en el uso prudente del derecho y la acción política, de una manera que no desdeñe a la naturaleza ni a la experiencia, se nutra del debate compartido, y no ignore las tradiciones de la nación.

La ausencia de límites de la aproximación del liberalismo moderno deja ya notar peligros en múltiples aspectos. Las amenazas sobre la naturaleza son las más evidentes: el individuo moderno, dizque su dueño y señor, teme ahora deshonrarla y destruirla irremediablemente, mientras desconfía de reunir, en la falta de límites a la moderna libertad de sus deseos, la fortaleza necesaria para contenerse. El problema es más grave si se considera que los deseos en los que apoyan esos derechos fácilmente se pueden multiplicar sin fin.  Los catálogos de derechos, cada vez más extensos, entrañan una creciente tiranía de lo explícito que socava lo importante. Basta que un grupo se organice y encuentre cualquier versión subjetiva de algún deseo que quiere colmar o ve amenazado – sea este lo que fuere- para que con el apoyo de un poder soberano pueda traducir aquel deseo en un derecho ante el cual el resto de la ley puede cada vez menos. No se extrañe el lector si encuentra alguna vez un derecho humano a internet de banda ancha de al menos 100 mbs. Siga usted buscando otros ejemplos, ahora posibles por los escasos o débiles limites naturales, socioeconómicos, o culturales que la creciente e indeterminada expansión de derechos acarrea. En este contexto, si el lector intenta acusar a ambos Tomás de obsoletos, encontrará sorprendentemente que el primero resulta ahora mucho más relevante que el segundo: mientras que los problemas que derivan de este último son cada vez tanto más evidentes como múltiples, la búsqueda de límites a través de la razón práctica de la tradición en la que se inscribe el primero se torna no solo promisoria, sino casi novedosa. Resulta una ausencia que brilla en la proclama.

La ausencia de criterios para guiar aspectos sustantivos lleva a los desconcertados súbditos del Leviatán a buscar apoyarse en la ciencia como una solución, senda que también sigue esta proclama y juramento. Este movimiento ni resuelve el problema ni nos absuelve de usar nuestro propio juicio: tan solo traslada el debate al rol que ahora puede tomar el uso de la ciencia. El autor ha pasado décadas siguiendo los debates del panel intergubernamental de cambio climático. En un libro inspirado en esa experiencia, Mike Hulme, ahora en Cambridge, explica como allí la ciencia provee explicaciones, pero qué hacer con ellas depende nuevamente de la razón práctica: cómo se articulan razones políticas, económicas, culturales y religiosas, tal como resalta Manent.  Más aun, como reseña Matthew Crawford en otro libro reciente, la burocracia y centralización de una ciencia cada vez más cartelizada amenazan con deteriorar su valor de verdad: la revisión de pares, en proyectos cada vez más grandes, requiere de grupos con ingentes fuentes de financiamiento, o el apoyo de Estados. Cuando es posible la oposición entre ellos, aún es posible asegura tenuemente algún valor, vulnerable sin una vigilancia continua. No por nada Vladimir Cerrón propone, tras esta proclama y juramento, crear un ministerio para la ciencia. SI lo crea siguiendo el espíritu indeterminado de aquella proclama, entenderemos después, con el pesar del infortunio, que significa seguir a la ciencia cuando dejamos de lado los intereses y creencias compartidas, y los reemplazamos por los deseos políticos de algún grupo que solo considera los propios.

El ensayo de Paz, escrito en el oscuro abismo de una corrupción que en aquel entonces no solo parecía ubicua sino eterna, no convocaba a renovar un resuelto apoyo al Ogro como paradójica salida. Sugería otra ruta.  Aspiraba a encontrar en la acción propia y en el examen y guía de sus propios límites, una fortaleza. Quería encontrar una modernidad y prosperidad propias, en dialogo entre lo antiguo y lo moderno de su entorno. Una que siguiese las ancestrales maneras de su pueblo de vivir y de morir, de trabajar y de gastar, de sufrir y de gozar. Algo mucho más cercano a la articulación de lo noble y de lo justo, de lo útil y de lo placentero de la razón práctica, que a la abstracta racionalidad de los derechos -aquella que no nos pide nada a nosotros, y todo al Ogro que buscamos. Esas consideraciones son también las que están ausentes en la proclama. Obcecadas, las aspiraciones ancestrales de Paz tienden a reaparecer. La irrupción de Pedro Castillo Y Rafael López Aliaga, en sus disimiles maneras, destacan la importancia de no olvidarlas.

En el lance estos juramentos, Pedro Castillo, que proviene de una tradición conservadora andina, se arropa en un lenguaje que le resulta foráneo – un discurso en el que Verónica Mendoza puede sentirse más a gusto, pero que definitivamente no es el lenguaje ni la realidad de Pedro Castillo. La secuencia de planes y equipos que lo han acompañado parece más bien la multiplicación de máscaras, modernas ellas, que acogen tradiciones que no lo son. En el caso de Keiko Fujimori, ella ha sido por lo menos honesta: dice que al fin y al cabo su respeto al contenido de la proclama no deriva de su firma, sino a la imposición –ruda, digamos- que le ha generado una práctica política que ella ha tenido que adquirir en años. El apoyo que le han dado otros partidos tampoco ha sido posible por juramentos y proclamas, si no en el desarrollo de similares prácticas e intercambios.  Debe haber muchos más de estos intercambios en torno al bien del país, y más abiertos, como una manera real y efectiva para ejercer y controlar esa acción colectiva, que aprenda día a día del de la práctica y la crítica que lleva aparejadas. El infausto sueño comunista que Vladimir Cerrón impulsa no encarna por su parte ni lo noble o justo, ni lo útil o placentero, como cualquiera que haya vivido en los 80 en el Perú recordará. Ha habido de otro lado muchos defensores de la libertad antes del liberalismo moderno, y los seguirá habiendo después de que este buena y finalmente se haya ido. Pero para poder ver y hacer más no hay que conjurar la presencia del Ogro que lo respalda como pide esta proclama; más bien, como pedía Paz, hace falta criticarnos a nosotros mismos, con imaginación y realismo. Buscar en el contorno de nuestros límites las fuentes de nuestra fortaleza.  Requiere ello prudencia y coraje, justicia y templanza, en libertad. No es tanto en lo que la proclama dice, si no más bien en lo que calla donde está el futuro. No es tarde para buscarlo ahora, en libertad y con esperanza, por el bien del Perú.

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