Política

TRAICIÓN

Por: Luis Yunis

Nos enseña la historia que el mayor enemigo de la Patria no es aquel que amenaza con invadir sus fronteras, sino, quien intenta destruirla desde dentro mediante la cobardía, la desobediencia y con los actos contrarios a las reglas establecidas por una mayoría democrática.

El diccionario de la lengua española define como traición la violación de la lealtad o de la fidelidad debida. Asimismo, refiere que la traición es cometida por una persona que no es fiel y que no es firme en sus afectos o ideas o no cumple su palabra; en términos de soberanía, la traición es el crimen de deslealtad a la Nación.

Políticamente, el término traidor ha sido usado como un apelativo entre opositores de un mismo partido, o bien, entre disidentes de distintos partidos políticos para anular el capital político ajeno; también se recurre a declarar de traidor a funcionarios en el poder que son percibidos como incumplidores de los deberes públicos encargados por el Estado o de aquellos que traicionan a su propio partido político, familia, amigos, grupo social, religión u otro grupo al cual pueda pertenecer.

La traición – decía Maquiavelo – es el único acto de los hombres que no se justifica. Y agregaba “los celos, la avidez, la crueldad, la envidia, el despotismo son explicables y hasta pueden ser perdonados, según las circunstancias; los traidores, en cambio, son los únicos seres que merecen siempre las torturas del infierno, sin nada que pueda excusarlos”.

Desde mi adolescencia, la palabra traición o el término traidor significaron para mí vocablos despreciables. Era época en que los amigos del barrio éramos leales, nos protegíamos y acatábamos nuestras reglas. Respetábamos a las señoras, policías, vecinos, profesores y los adultos nos merecían confianza. La palabra empeñada se cumplía a rajatabla. No nos permitíamos engaños.

Consolidé mi percepción de lealtad y firmeza cuando realicé el Servicio Militar Obligatorio aprendiendo nuevos conceptos sobre la rectitud y la fidelidad. Más tarde, en el Centro de Instrucción de la Policía de Investigaciones del Perú asimilaría el vocablo de Espíritu de Cuerpo, entendiendo como tal, los esfuerzos por aunarnos y alcanzar objetivos comunes. Despreciábamos la traición y la deslealtad.

Jamás olvidaré la repugnancia, aborrecimiento, disgusto y aversión que me produjo la palabra traición cuando se hizo evidente a través de un informante que era parte de una organización criminal y que por unos cuantos soles vendió a su grupo. Obviamente había estudiado sobre el particular y sin lugar a dudas se convirtió en parte de nuestro trabajo, pero era duro de asimilar que un ser humano traicione sus afectos, ideas o amigos por un plato de lentejas; sin embargo, más tarde comprendí que nosotros los mortales podemos albergar lo más excelso de los valores, como también ser, los más viles y despreciables esperpentos de la naturaleza.

Presumo que esta misma experiencia de repulsión la deben haber vivido todos aquellos de mi generación que de alguna u otra forma buscábamos la información que nos permitiera atar cabos y conducirnos al resultado y solución de investigaciones en la lucha contra el crimen, y al final, ello se constituyó en  la razón de ser de nuestro trabajo profesional, necesitábamos la captación de esos informantes y confidentes a quienes incluso debíamos proteger por cuanto en la ley del hampa si se filtraba un hecho de traición, se pagaba con la vida.

Han pasado los años y los antivalores han rebasado todo tipo de especulación, conjeturas y reflexión. Atrás quedaron las consideraciones, el respeto y el recelo. Hoy las traiciones son flor del día y comidilla de conversaciones. Hay traiciones a diestra y siniestra de todo porte y para todos los gustos. Se ve en la televisión, se escucha en las noticias y se observa en el acontecer diario, ya nadie se escandaliza y menos causa vergüenza, turbación u ofuscamiento en el traidor ni en el traicionado; al contrario, es motivo de risas falsas y de abrazos conspiradores y desleales, ante la atenta complacencia de tirios y troyanos e indignación de los que aún somos de la vieja guardia.

Personalmente aún mantengo viva esa misma repulsión y me da arcadas cuando leo y veo las traiciones y felonías cometidas por funcionarios y políticos a quienes el asfixiado y abrumado pueblo les dio la confianza de ser representados, para luego cambiar de ideología, credo y doctrina como si se cambiaran de calzoncillos, en el caso los usaran, y considero esa clase de traición como la forma de corrupción personal más despreciable que alberga el ser humano y debe pagarse con la muerte política, el desprecio social, y obviamente con la sanción penal más drástica que pueda sostener nuestro innumerablemente violado Código Penal.

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