Política

Una generación muy equivocada

Entre memes, adicción al smartphone y violencia callejera.

Foto: EFE.

Una de las señales más significativas de la decrepitud de una nación es el culto irracional a la juventud. Por el contrario, los pueblos más dinámicos y creativos, aquellos en donde hay abundancia de jóvenes y niños, valoran la vejez como un bien escaso, símbolo de la pervivencia del espíritu humano por sobre los retos de un ambiente hostil y exigente. La vejez es el depósito de la sabiduría, de la fronesis, tanto política como espiritual. De ahí el senatus romano, compuesto por senex, ancianos; o el presbyteros, que significa “el más anciano” en griego, nombre que la iglesia cristiana reservaba para su clero. O la peluca cana de los jueces del imperio británico, que representa la virtud de la justicia, en su condición intemporal y sabia.

La Europa decrépita de nuestros días, que se acerca cada vez más al invierno demográfico y que tiene cada vez menos jóvenes, tomó como oráculo infalible a la niña Greta Thurnberg, cuyas alocuciones, absolutamente carentes de cualquier tipo de espesor conceptual, solo poseían un dudoso valor sentimental, mientras abandonaba a la muerte, a veces con estrictas instrucciones de no llevarlos a los hospitales, a miles de ancianos infectados por el COVID 19 en residencias geriátricas. Si algo tuvieron en común la estricta cuarentena española con la libertad sueca fue eso: el abandono criminal de los ancianos.

En la cultura popular global de nuestros días, la juventud es vista como la única edad digna de ser vivida y que sirve como baremo para juzgar a todas las demás. Se les roba la infancia a los niños, haciéndolos adolescentes precoces a los diez años. Esta adolescencia acabará prolongándose hasta incluso más allá de los cuarenta. La inescrupulosidad de los publicistas y sus epígonos disfrazados de periodistas, artistas e incluso intelectuales utiliza la lozanía juvenil para vender cualquier producto o inducir cualquier comportamiento, a través de los medios masivos de comunicación y sus réplicas infinitas y baratas en las redes sociales, ahora omnipresentes hasta en la intimidad de sus usuarios. Las consecuencias son devastadoras: el hombre-masa, descrito por Ortega y Gasset como un ingrato radical contra el pasado genial que ha hecho posible la comodidad de su existencia presente, y cuya psicología es la del niño engreído que solo piensa en la libre expansión de sus deseos vitales, es ahora el ideal de vida al que todo ser humano debe de aspirar. A largo plazo, cuando estos jóvenes tan halagados por el mundo lleguen a la edad de cincuenta años y vean que sus “locuras” no son tan bien recibidas, su narcisismo tóxico les pasará factura. Auguro que los manicomios estarán llenos. Y las “clínicas” de “interrupción voluntaria de la vida” también.

Pero no tendremos que esperar mucho para ver las consecuencias trágicas de la juvenolatría. Es una paradoja que esta época que los diviniza sea precisamente aquella en que los hijos, por primera vez en la historia, son menos inteligentes que sus padres. Desde que estos indicadores se han medido, era casi inevitable que, debido al aumento en la calidad de vida y en la escolarización, cada generación supere intelectualmente a la anterior, pero ya no: los “nativos digitales” son los primeros niños con coeficiente intelectual más bajo que sus padres. Estamos ante una inmensa y global “fábrica de cretinos digitales”, en palabras del neurocientífico Michel Desmurget. Más aún, el coeficiente intelectual promedio global está disminuyendo peligrosamente desde 1975. Parece ser que el embrutecimiento que empezó a expandirse con la revolución sexual ha alcanzado su paroxismo con la revolución digital.

Por tanto, no solo es grotesco ver a tantos políticos y opinadores adultos y ancianos halagar a la juventud de maneras abyectas. Es también una forma refinada de crueldad contra los jóvenes. En lugar de alertarlos de los peligros de una época de la vida caracterizada por la inmadurez y el error, los canonizan como si su sola edad fuera suficiente para hacerlos superiores moral e intelectualmente, cuando no infalibles.

Pero lo que hacen estos personajes no es más que una estrategia de grooming político: adulación emocional vacía para generar un vínculo con una población vulnerable psíquicamente, con fines de manipulación. Esperemos que los jóvenes se den cuenta de estos intentos tan burdos, aunque lo dudo bastante.

Se habla de una generación del Bicentenario, que, entre memes, adicción al smartphone y estetización de la vulgaridad y de la violencia callejera de baja intensidad, se habría ganado su “lugar en la historia”. Que yo sepa, la generación del Centenario alcanzó su lugar en la historia con Basadre escribiendo la historia de la República, con Porras recopilando las fuentes cronísticas primigenias e historiando el descubrimiento del Perú y con Sánchez haciendo la historia de nuestra literatura.

Y en el campo político, se forjó al calor de luchas contra tiranías, injusticias y amenazas reales; luchas en las que la vida y la hacienda se empeñaban en serio. Ahora, más allá de un extraño orgullo por la propia ignorancia y una virulencia virtual por Twitter, no se ve ningún mérito extraordinario. Los mismos jóvenes parecen darse cuenta de esto de manera involuntaria: “¡Se metieron con la generación equivocada!”. Sí, absolutamente: una generación muy equivocada.

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