
Por: José Antonio Anderson
A orillas del río Pichna, en un ambiente rural lleno de verdes bosques e intensa vegetación, en el poblado polaco de Zdunska Wola, en ese entonces bajo dominio ruso, vino al mundo Raimundo Kolbe el 8 de enero de 1894, en un entorno de actividad agrícola y ganadera. Su padre, Julio Kolbe, era alemán; y su madre María Dabrowska era polaca, ambos católicos practicantes. Toda la familia era particularmente devota de la Santísima Virgen María y tenían la costumbre de peregrinar a pie una vez al año haciendo un recorrido de aproximadamente 150 kilómetros, hasta el santuario de Czestochowa, donde se encuentra el venerado ícono bizantino de la Virgen Negra de Jasna Góra, la Reina de Polonia.
Raimundo era un niño inteligente e inquieto, pero muy sensible, y a menudo era reprendido por su madre. En una ocasión, cuando tenía solo 12 años, después de cometer una travesura, vino un reproche de su madre quien le dijo: “niño mío, ¡quién sabe lo que será de ti!”, ante lo cual el pequeño Raimundo se fue a orar a la Iglesia y a invocar postrado la ayuda de Nuestra Señora, como él mismo narrara años después: “Continué pidiéndoselo en la Iglesia, entonces se me apareció llevando dos coronas, una blanca y una roja. La blanca significaba que yo permanecería puro; la roja que sería mártir. Me preguntó si las quería. Yo respondí «Sí las quiero». Entonces me contempló dulcemente y luego desapareció.”
Estas coronas implican una misión para toda la vida. Raimundo con la inocencia de un pequeño y la determinación sostenida por la gracia, aceptó ambas coronas resplandecientes como oblación pura e incienso de calmante aroma ante el Altar del Cielo.
A los 13 años, en 1907, Raimundo ingresó en el seminario menor de los franciscanos conventuales. La primera corona de pureza se hacía vida en él. Se hizo fraile a los 16 años y decidió llamarse Maximiliano, en honor a san Maximiliano de Tebessa, considerado el primer objetor de conciencia, decapitado el 12 de marzo del año 295 d.C. a los 21 años, por negarse a servir como soldado y matar personas por ser cristiano. Añadió a su nombre el nombre de María, en honor a la Inmaculada.
Siendo seminarista, y viendo sus superiores sus cualidades extraordinarias, su gran inteligencia y aptitudes académicas, deciden enviarlo a Roma en 1917, donde se formó en la Pontificia Universidad Gregoriana. El joven Maximiliano fue forjado en el espíritu de pobreza y desapego a los bienes de San Francisco de Asís. El ese período romano vio no solo la grandeza de la ciudad eterna, sino que contempló también las agresivas manifestaciones anticlericales, llenas de blasfemias contra la Iglesia y el Papa, promovidas por la masonería.
Frente a ello, el joven fraile comprendió la necesidad de que los cristianos fueran más activos en el apostolado para ganar almas para Dios, por lo que decidió fundar el 17 de octubre de 1917 “La Milicia de la Inmaculada” – “Militia Inmaculatae”. Sus miembros deberían vivir confiando verdaderamente en la protección de la Inmaculada Virgen María, Madre de todos los miembros de la Iglesia, a la que deberían consagrarse como programa de vida. Dicha consagración consistía en entregarse por completo a ella para que, con su guía maternal, transforme sus vidas y los configure plenamente con Jesucristo su Hijo, convirtiendo a cada uno en apóstol. Para ello, deberían utilizar todos los medios técnicos modernos posibles. Es así como logra editar una revista mariana llamada “El Caballero de la Inmaculada”. El objetivo era tremendamente apostólico, que las personas amaran al Señor y que los enemigos de la Iglesia, particularmente los masones se conviertan.
Maximiliano Kolbe fue ordenado sacerdote a los 24 años en Roma, el 28 de abril de 1918, celebrando su primera Misa al día siguiente en la Basílica de Sant’Andrea delle Fratte, en el Altar de la misma Iglesia en la que la Virgen María se le apareció al judío Alfonso Ratisbonne el 20 de enero de 1842, quien era no solo escéptico, sino sobre todo, enemigo de la Iglesia, y como el propio judío Ratisbonne relata “La Virgen no pronunció ninguna palabra, pero yo lo comprendí todo… experimenté un cambio tan completo que creí ser otro, la alegría más ardiente brotó del fondo de mi alma; no podía hablar… no sabría dar cuenta de las verdades de las cuales había adquirido conocimiento y fe. Todo lo que puedo decir es que cayó el velo que tenía ante los ojos; no un solo velo, sino que se desvaneció la multitud de velos que me rodeaba… salí de un abismo de tinieblas, vi al fondo del abismo las miserias extremas de las que había sido sacado por obra de una misericordia infinita… tantos hombres descienden tranquilamente a este abismo con los ojos cerrados por el orgullo y la indiferencia… Se me pregunta cómo he aprendido estas verdades, pues es cierto que nunca he abierto un libro de religión, ni he leído nunca una sola página de la Biblia: todo lo que sé es que, entrando en la iglesia, lo ignoraba todo, y saliendo, lo veo todo claro… no teniendo ningún conocimiento literal, interpreté el sentido y el espíritu de los dogmas, todo esto entró en mí, y estas impresiones, mil veces más rápidas que el pensamiento, no solamente conmovieron mi ánimo, sino que lo dirigieron hacia una nueva vida… Los prejuicios contra el cristianismo ya no existían, el amor de Dios había tomado el lugar de cualquier otro amor.”
Enviado de regreso a Polonia, donde consiguió un terreno para fundar Niepokalanów “la Ciudad de la Inmaculada”. Construyó una capilla, una carpintería y talleres de impresión con máquinas modernas para difundir la revista empezando con un tiraje mensual de 5,000 ejemplares, pero en poco tiempo aumentaría a un tiraje de más de un millón de ejemplares mensuales. No solo se publicaban artículos religiosos, sino científicos, artísticos y todo que implicase la renovación católica y la reconquista cristiana de la cultura y la sociedad moderna. Los síntomas de la tuberculosis se manifiestan en este tiempo.
En 1930 movido por el Espíritu, y con la aprobación de sus superiores inició con cuatro compañeros un viaje hacia Japón a fin de evangelizar y ganar a las almas de los japoneses para el Reino. Llegado a Nagasaki, escogió el lugar donde estaría el convento no en el centro de la ciudad, sino en un lugar apartado en la ladera de un monte. Muchos consideraron la decisión como desacertada; sin embargo, años más tarde, el 9 de agosto de 1945, cuando la segunda bomba atómica lanzada sobre Nagasaki calcinaba y destruía la ciudad, el convento fundado por Kolbe permanecía milagrosamente intacto. Se hacía evidente la protección maternal de la Inmaculada sobre la obra tan querida para la gloria de su Hijo.
En 1936 regresa nuevamente a Polonia, encuentra a Niepokalanów convertido en el convento más numeroso del mundo, toda una comunidad ejemplar con casi 800 frailes, una ciudad dedicada a la obra de la Inmaculada, que buscaba rescatar al mundo moderno para Cristo, con la enorme imprenta, granjas, campos agrícolas, viviendas y espacios dedicados a la oración y el trabajo. Pero prontamente la realidad europea tomaría un giro inesperado. El 1 de septiembre de 1939, las Divisiones acorazadas Panzer, los cuerpos de vanguardia nazis, precedidos por los bombarderos en picado Stuka, iniciaban su despiadado y cruel ataque sobre Polonia. El 17 de septiembre de 1939 la Unión Soviética la invadió desde el este. Un ataque por dos frentes, sin posibilidad alguna de resistencia.
En Niepokalanów los judíos que huían de los nazis encontraban refugio, encontraban la misericordia divina de manos de los frailes. Maximiliano Kolbe transmitía una esperanza sobrenatural, llena de confianza en que Cristo ha vencido al mundo y de que finalmente el Corazón de María triunfará, ciertamente triunfará sobre Satanás y le aplastará la cabeza. El padre Kolbe acoge a los refugiados, dispensa alimentos a todos los que recurren a él. Celebra Misas clandestinas, confiesa, lleva la sagrada Comunión a todos cuantos la piden. La difusión de literatura espiritual y de resistencia patriótica polaca y la influencia que ejercía sobre la población pronto atrajo la atención de la temible Gestapo, la cual lo consideró peligroso para el régimen nazi.
En la madrugada del 17 de febrero de 1941, Maximiliano Kolbe ha hecho sus oraciones teniendo presente el huerto de Getsemaní, cuando Jesús ora al Padre antes de que llegue aquél que lo iba a entregar. “Y alejándose de nuevo, por segunda vez oró así: «Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad.» (Mt. 26:40).” Acepta lo que viene, pues tiene presente la corona roja que le fuera ofrecida y que marcó su vida, pues tarde o temprano llegaría como corolario de su entrega total a Dios y de su amor a la Inmaculada. Dos vehículos negros llegan a Niepokalanów. Maximiliano Kolbe está sereno y comprende que ha llegado la hora presagiada. Es arrestado y enviado a la prisión de Pawiak donde es interrogado brutalmente, pero sobrevive a las torturas.
Posteriormente en mayo de 1941 fue transferido en tren de ganado al campo de exterminio más cruel e inhumano que jamás haya existido jamás, Auschwitz. Se le despojó de su ropa y se le vistió con el traje a rayas de prisionero asignándosele el número 16670, número que le fue también tatuado en el brazo. Lo sometieron a terribles y denigrantes humillaciones haciéndole cargar a golpes pesados troncos y piedras para someter su ánimo, pero él resistía y se mantenía firme. Su actitud era mesurada y silente como la del Señor Jesús: “Entonces los soldados del procurador llevaron consigo a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte. Le desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura; y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!»; y después de escupirle, cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza (Mt. 27:27-30).”
A finales de julio de 1941 un prisionero del bloque 14 había escapado. La huida de un prisionero tenía efecto sobre el resto, por cada uno que se evadía, se asesinaba a 10. El comandante Karl Fritzsch escogió a diez prisioneros para que mueran de hambre en el búnker de la muerte, sin comida ni agua. Dentro de los escogidos estaba un padre de familia, Francisco Gajowniczek, quien al ser seleccionado grito: “¡Dios mío! Mi pobre esposa, mis pobres hijos”.
Sorprendentemente para todos, en ese momento desde las filas inmóviles y formadas, la silueta de un hombre se adelanta y empieza a hablar. Normalmente alguien que rompía la fila en Auschwitz y salía de su sitio se hacía acreedor de balazos sobre su cuerpo o sobre su cabeza, pero no le dispararon. Era el Padre Kolbe quien dijo que era un sacerdote católico y que deseaba tomar el lugar del prisionero Francisco Gajowniczek.
El comandante Karl Fritzsch está sorprendido, perplejo. Tras un momento de pensar, accedió. Los números fueron cambiados y Maximiliano Kolbe llevado al búnker de la muerte. Un intérprete polaco del campo atestigua que: “la gente gritaba en el búnker, pero en cuanto entró el padre Maximiliano Kolbe empezaron a rezar, cantar y recitar el rosario juntos; él animó a sus hermanos repartiendo esperanza hasta el final”. Poco a poco fueron muriendo todos, uno tras otro. Después de tres semanas sólo quedaban cuatro prisioneros, por lo que, para eliminar a los sobrevivientes, un enfermero nazi bajó al búnker con una jeringa de ácido fénico, también llamado ácido carbólico. Kolbe recostado sobre la pared, muy débil y agonizante extiende el brazo voluntariamente recordando que por amor decidió dar la vida por su compañero, en ese momento recibe la inyección letal que en pocos segundos produce quemaduras en sus venas, envenena su cuerpo y provoca el esperado paro cardio respiratorio. En ese instante María procedía a reclamar lo que le pertenece a su Hijo. De este modo, Maximiliano expiró con un rostro apacible en la tarde del 14 de agosto de 1941, justamente víspera de la fiesta de la Asunción de María a los cielos.





