
Por: José Romero
Desde hace varios días, en los círculos interesados, la noticia de una posible excomunión de Giuliana Caccia y de Sebastián Blanco por haber denunciado penalmente al sacerdote catalán Jordi Bertomeu por violación del secreto profesional fue el tema preferido de troles y periodistas activistas en redes sociales. Eso era de esperarse: los señores Caccia y Blanco son dos personas reconocidas por su trabajo en la asociación Origen que se dedica a dar batalla cultural. Entre sus labores está contrarrestar a caviares y progresistas que, coincidentemente, son los primeros en buscar despellejar a sus enemigos hasta cuando se rompen una uña. Y claro, ser amenazados de excomunión para dos católicos practicantes no es poca cosa. Ante esto, sus enemigos —ateos o anticristianos en su mayoría— vieron la oportunidad de hacer un festín con lo que ellos pensaron eran ya dos cadáveres calcinados en la hoguera de la Santa Inquisición.
Entre este grupúsculo de odiadores, apareció uno que, desde mi punto de vista fue el más patético. Lo digo porque el personaje se presenta como doctor en algo y siempre trata de dar sus cátedras tuiteras alucinando que está parado frente a un público culto que lo aplaude de pie y le avienta laureles. Y se cree él mismo su historia, aunque para levantar su docta autoestima no escatima ni un segundo en tratar de ningunear intelectualmente a la víctima que escogió en ese momento. Él piensa que sigue viviendo en los tiempos en los que las precisiones intelectuales le importan a alguien. En esa alucinada, Daniel Salas, el personaje en cuestión, se mandó una patinada de padre y señor nuestro de la cual seguramente sigue tratando de recuperarse.
Daniel Salas es un literato sesentón de la Pontificia Universidad Católica del Perú que, la verdad, no tiene mayor mérito. Por eso su cuenta en X parecería ser para él, como les decía, una especie de púlpito en el que siente que es relevante para alguien. Salas, el 30 de septiembre, escribe un hilo en la mencionada red social que dice así: “Desde las 12 m de hoy los activistas Giuliana Caccia y Sebastián Blanco, adalides de la famosa “batalla cultural” en el Perú, han dejado de pertenecer a la Iglesia católica. Eso significa que no pueden presentarse como católicos ni pueden recibir los sacramentos”.

Luego seguía con 12 publicaciones más en ese hilo en los que, como luego reconoció, repitió fielmente la narrativa de Pedro Salinas sobre los señores Caccia y Blanco. En una de las publicaciones de ese hilo, su soberbia que es inversamente proporcional a su empatía, lo llevó a decir que el catolicismo de Giuliana y Sebastián “nunca tuvo que ver con la caridad apoyada en la fe sino con intrigas, egolatría, búsqueda de poder que trataban de compensar una enorme mediocridad intelectual que era evidente en los disparates que propalaban”.
Grande fue la sorpresa del que acusa de mediocridad intelectual a terceros cuando dos días después de su hilo tuvo que leer que los señores Caccia y Blanco publicaron que no los habían excomulgado y que estaban en conversaciones con el Papa. ¿Qué hizo el académico y riguroso investigador Salas? Tuvo que poner una rectificación en la misma red social donde reconocía que su fuente para tan grotesca patinada fue nada más y nada menos que Pedro Salinas. La publicación no tiene pierde: “Yo me basé en un informe de Pedro Salinas pero parece que era un informe desinformado, a pesar de que Escardó y Salinas son amigos y están en contacto respecto de este tema”.

Ante semejante afirmación uno ya no sabe si reír o llorar. Reír, porque claro, cuando uno ve a un personaje inflado de soberbia, que se vanagloria de ser un académico riguroso, que llama ególatras a otros, usar como fuente al principal activista en el tema tratado, que claramente no tiene ningún tipo de objetividad, sin darse ni el más mínimo trabajo de contrastar con otras fuentes, las carcajadas no hacen sino brotar. Tampoco hay que ser hipócritas y debemos reconocer que se disfruta al ver cómo se enredan en sus propios humos autocreados. Pero también provoca llorar porque este tipo de “académicos”, que piensan que tener un PHd es el salvoconducto para burlarse de los otros, son los que desafortunadamente tienen espacios en universidades para formar a las nuevas generaciones.
En todo caso, Daniel Salas hizo un papelón. Y es más grotesco que los demás casos que se burlaron de la excomunión. Porque estos, por último, hasta son honestos intelectualmente y se presentan como lo que son: troles o activistas del periodismo que se han comprado el pleito y viven de eso. Pero que una persona que se quiere vender como un gran académico —a pesar de haber escrito solo un libro, menos de 10 artículos y de ser profesor auxiliar— termine confesando que su fuente es Pedro Salinas y que encima reconozca que este estaba mal informado, es una lágrima. ¿Quién, Daniel Salas, tiene ahora que “compensar una enorme mediocridad intelectual que era evidente en los disparates que propalaban”? Un redondo ridículo.






Yo ya solo nombro a esa universidad como ex pucp, años ha que está tomada por la siniestra. Y respecto a las excomuniones, sabiendo el pontificado que nos toca, no será de extrañar que se aprueben, el problema del suciobicho, perdón, susodicho, ha sido adelantarse, pero las probabilidades de concreción son altas.