
Por: Erik Geurts*
Cada país tiene el derecho de nacionalizar empresas y anular tratados de libre comercio. Habiendo dicho esto, también hay que agregar que cada país tiene la obligación de cargar con las consecuencias de tal política. En América Latina tenemos la ventaja de haber experimentado las consecuencias: La famosa década perdida de los 80’s. La continua caída del bienestar en Argentina y el colapso total de Venezuela son otros ejemplos.
¿Qué pasa si un país anula tratados de libre comercio? Exportará menos y por ende recibe menos dólares. Esos dólares van hacer falta cuando el país necesite comprar necesidades básicas, como vacunas o medicamentos. El discurso probablemente será producirlo en el país. ¿Con qué dinero? ¿Con qué tecnología?
Si al mismo tiempo el estado nacionaliza empresas claves, pocas empresas privadas van a querer invertir y transferir tecnología. Entonces ¿se financiará con las ganancias de las empresas nacionalizadas, que ahora se queden en el país? Lastimosamente las empresas estatales de la región tienen su mayoría una muy mala trayectoria.
Si el estado se ha mostrado incapaz de prestar servicios básicos para protegernos contra el Covid ¿Cómo esperaremos que ese mismo estado vaya a manejar industrias complejas que requieren de tecnología y conocimientos internacionales?
Además, la experiencia nos ha demostrado que la presión sobre las empresas públicas no les permita reinvertir utilidades y que esas utilidades se reducen por dar empleo artificial (muchas veces a adeptos políticas). Por otro lado, la falta de inversión conduce a una reducción de la productividad. Es decir, hay menos exportación de minerales y menos utilidades. Por tanto, en vez de recaudar más dinero para el país, se reducen los recursos disponibles para educación, salud e infraestructura.
Se suman las jubilaciones y repartijas para mantener contenta a la mayoría de la población. Ahí aparecen dos caminos: más impuestos que estrangula aún más a un sector privado asediado (que ya no podrá contribuir a la creación de empleo) o reducir el presupuesto para servicios básicos.
También existe una tercera opción: la hiperinflación. Este es un instrumento brutal que afecta sobre todo a las clases medias y bajas sin opciones de cubrirse ante la pérdida de poder adquisitivo. Para las personas quienes no creen que es una historia que se repite invito ver ejemplos más recientes con Bolivia donde creció el sector informal[1] y que tiene ahora uno de los mayores déficits fiscales del mundo. Se sostiene todavía con reservas internacionales que están reduciéndose rápidamente. Otro país es Ecuador, con una infraestructura magnífica y moderna, pero que entró a la crisis de Covid prácticamente sin reservas internacionales. De Venezuela ni hablar. Argentina con su estancamiento eterno y una tasa de pobreza de 40%, o sea una de las más altas del continente. Aunque en época de crisis recetas antiguas suenan atractivas en general no resuelven el problema porque generan estancamientos. Busquemos vías, analizando lo que se hizo bien y lo que se puede volver a repetir con inclusión racional de los mejores talentos de todos los sectores, hechos fácticos y científicos de la historia económica y social.





Pues es un poco tarde señor consultor, eso debió decirse cuando entró vizcacha y cuando fue reemplazado por el “sagaz sagasti”. Antes de que la onpe gastará los escasos recursos para imprimir sus carteles todxs.