Por: Juan Carlos Eguren.
Porque tanta cautela en el inicio del gobierno?: Cuando un líder político ha pasado por procesos judiciales, prisión preventiva y exposición pública extrema, algo cambia en su forma de ejercer el poder: el miedo a volver.
El caso de Keiko Fujimori es el ejemplo más reciente en el Perú. Tres ingresos a prisión preventiva, años de investigaciones, portadas y audiencias. Salir de ese circuito deja huellas. Y esas huellas pueden terminar pesando más que cualquier plan de gobierno.
Los psicólogos explican que después de una persecución real, el cerebro se queda en estado de hipervigilancia. Es el mecanismo de defensa que se activa cuando uno siente que en cualquier momento puede volver a perder la libertad.
En política eso se traduce en algo muy concreto: exceso de cautela: No firmar decretos que puedan ser cuestionados. No confrontar al Poder Judicial ni a la Fiscalía. No tomar riesgos. Delegar lo mínimo. Medir cada palabra.
No es cobardía es autoprotección. El trauma enseña que cualquier paso en falso puede terminar en una denuncia.
El “síndrome del procesado”, no aparece en los manuales de psiquiatría, pero describe perfecto a un gobernante que ya estuvo preso y que, al llegar al poder, gobierna con el freno de mano puesto. Prefiere la estabilidad, aunque sea inmovilismo, antes que exponerse a un nuevo proceso.
Keiko Fujimori podría estar sufriendo dicho síndrome. ¿Cómo gobernaría alguien que pasó por lo que ella pasó? ¿Con la firmeza o con la prudencia de quien ya sabe lo que cuesta una celda?
No todo es trauma, también puede haber una dosis de cálculo político. Un líder que fue víctima de persecución aprende dos cosas: quiénes son sus enemigos y qué cosas no debe hacer para no darles motivos.
El problema es cuando esa prudencia se vuelve parálisis. Cuando el miedo a la cárcel termina pesando más que la necesidad de tomar decisiones. En democracia eso tiene un costo. Porque gobernar exige riesgo. Exige chocar y decidir.
El Perú no puede darse el lujo de tener gobernantes paralizados por el miedo. Pero tampoco puede ignorar que la judicialización de la política deja heridas.
El reto para cualquier líder que haya pasado por eso es enorme: cómo gobernar con firmeza sin exponerse, y cómo recuperar la capacidad de decidir sin vivir mirando por encima del hombro.
Porque al final, un gobierno que solo busca evitar problemas, termina siendo el problema. Esperemos que no sea el caso.





