Política

¿CRISIS DE CONFIANZA EN LA DEMOCRACIA?

Por: Alfredo Gildemeister

“Cuando una democracia cae, normalmente esperamos que su derrumbe sea espectacular. Es un acontecimiento público y suficientemente conocido en la historia moderna como para que le hayamos atribuido ya hasta un ceremonial propio”. Con estas líneas comienza el libro del politólogo británico David Runciman: “Así termina la democracia”. Cuando se nos habla de un golpe de Estado, casi de inmediato se nos viene a la memoria las imágenes de tanques y soldados avanzando por las calles y tomando posesión de los principales edificios públicos, deteniendo al presidente y a sus ministros, así como la imagen de un dictador de medio pelo, dando discursos demagógicos desaforados, invocando –ironías de la vida- a la “verdadera” democracia y justificando su actuación en la “voluntad popular”, esto es, apoyándose y fundamentándose en el pueblo mismo, pues “es un clamor popular”. Esto era lo típico en el pasado siglo XX, especialmente en las décadas de 1930 y 1970.

Cuando una democracia es sólida, es simplemente porque la sociedad civil –mejor que llamarla pueblo- confía en el sistema, confía en las instituciones democráticas, confía en su Constitución política, en los poderes del Estado, en la independencia y equilibrio de dichos poderes, confía en resumen, en el Estado de Derecho. De esa manera, cuando hay elecciones, quienes pierden las elecciones creen que vale la pena insistir y volverse a presentar en los comicios siguientes, pues confían en el sistema democrático, aceptan el resultado y siguen adelante. Sin embargo, si esa confianza en el sistema se quiebra, la democracia se derrumba. Si no se confía en un poder legislativo verdaderamente representativo, o en un poder judicial objetivo e imparcial que verdaderamente administre justicia o en un poder ejecutivo que verdaderamente gobierne de acuerdo a lo que el bien común exige, sin solucionar problemas urgentes y sin ejecutar obras públicas necesarias y sin caer bajo las garras de la corrupción y sus intereses, entonces, repito, si no se confía en el sistema, la democracia habrá desaparecido, o nos estaremos engañando a nosotros mismos creyendo que lo que tenemos es democracia, cuando en realidad es cualquier cosa menos democracia. Hasta el siglo pasado, ante un golpe de Estado, las democracias morían al instante. Hoy muchas democracias agonizan lentamente, van muriendo de a pocos, hasta que cuando menos nos percatamos, simplemente la democracia deja de existir y nos encontramos sumergidos en un sistema con “vestuario de democracia” (revestido de democracia), pero que en esencia, no es democracia.

De allí que cabe preguntarnos: ¿Qué ésta sucediendo con la democracia peruana? ¿Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que aún existe un sistema democrático o Estado de Derecho en el Perú? ¿O acaso tan solo existe una apariencia de democracia, una especie de autarquía revestida de democracia, en donde el Poder Ejecutivo impone su voluntad mediante decretos, sobre los demás poderes e instituciones del Estado y sobre todos los peruanos? ¿Creemos que la voluntad popular de las mayorías se impone verdaderamente en el Perú? La sociedad civil, el pueblo peruano en general, ¿Confía hoy por hoy en el sistema democrático, esto es, en el Estado de Derecho tal como existe hoy? En pocas palabras, vale preguntarse: ¿Se ha perdido en general la confianza en la democracia, en el Estado de Derecho, en sus poderes e instituciones? Estas preguntas fundamentales constituyen toda una prueba ácida que debemos aplicar hoy a nuestra realidad política peruana. Pareciera que la sociedad civil peruana estuviera como adormecida, enceguecida (no hay peor ciego que el que no quiere ver), hipnotizada, sumida en una pasividad enfermiza que no permite reacción alguna, ante el accionar de una poderosa organización mafiosa de corrupción internacional que viene desfalcando y controlando al país como nunca se ha visto en toda su historia, así como contemplando el atropello descarado de derechos fundamentales, de la independencia y equilibrio de poderes, incluyendo acusaciones, detenciones y prisiones arbitrarias de personas – sin acusación fiscal ni pruebas corroboradas- como sucediera en las peores dictaduras totalitarias, así como el control de los medios de comunicación lo cual incluye la manipulación de la opinión pública. ¿Acaso el  pueblo peruano vive hoy adormecido y esperanzado en unas elecciones legislativas a celebrarse el próximo 26 de enero de 2020, como si este acto electoral fuera a “resolver” por arte de magia la crisis de fe democrática que sufre nuestro país en la actualidad? Es una hipótesis dura, no cabe duda, pero es una realidad que la vemos a diario y, como todo en la vida, la sociedad civil se va acostumbrando a ello hasta que cuando despierte, sea ya demasiado tarde. Ahí tenemos a Venezuela y en lo que lamentablemente, se ha convertido ese país hermano.

En resumen, no podemos perder la fe en el sistema democrático y en el Estado de Derecho. Es el mejor sistema que existe hoy en el mundo. ¿Mejorable y perfectible? ¡Por supuesto que sí! ¡Qué duda cabe! Pero al menos que por allí surja un nuevo Locke, un Montesquieu o un Rousseau del siglo XXI que nos planteen un mejor sistema de gobierno, esto es lo mejor que tenemos señores. Confiemos en la democracia. No perdamos la fe en ella, que no hay mejor alternativa… al menos por ahora.

Dejar una respuesta