Política

AQUÉL MUCHACHO DE LARGAS PATILLAS

 

Por: Alfredo Gildemeister

 

Mi abuela por parte materna, María Cabello, nació el mismo año que Víctor Raúl Haya de la Torre, en 1895. Sobrina carnal de Mercedes Cabello de Carbonera, siempre fue aprista, más por afición que por convicción. De allí que a mis hermanos y a mí nos llevase de niños de vez en cuando los domingos a la “Casa del Pueblo” a almorzar pollo a la brasa.

De paso visitaba a su hermano, el tío Lucas Cabello, también aprista convicto y confeso, músico profesional, que tocaba el piano de forma virtuosa. Entre sus logros está el haber compuesto la “Marcha de los caídos” al partido aprista peruano.

Ya un poco más grande, recuerdo que con mi padre y mi abuela, íbamos los 22 de febrero a los mítines del partido aprista en la av. Alfonso Ugarte. La verdad que yo iba a regañadientes más por mi padre, que admiraba y era ahijado de Víctor Raúl, pues mi abuela paterna, Gloria Martínez de la Torre fue pariente y muy amiga del fundador del APRA.

Aún guardo las fotos de las reuniones en casa de mi abuela paterna en los años treinta, a las cuales asistían Víctor Raúl, el “cachorro” Seoane, Carlos Manuel Cox, Magda Portal, entre otras personalidades. Mi padre por lo general aparecía con sus nueve años de edad, muy bien sentado en las rodillas de Víctor Raúl, mientras éste le hablaba al público asistente.

En aquellos mítines a los que asistíamos, mi abuela María siempre me señalaba en el estrado, la presencia de un muchacho de cabello largo, alto, medio gibado inclusive, de largas patillas, siempre con una guayabera blanca y pantalón oscuro. Me decía: “Acuérdate de ese muchacho. Habla muy bien. Algún día llegará lejos. No te olvides de su nombre. Se llama Alan García”. La verdad que el muchacho daba buenos discursos para su edad. Luego hablaban como siempre, entre otros, Javier Valle Riestra, Ramiro Prialé, Carlos Enrique Melgar, Luis Alberto Sánchez y finalmente Haya de la Torre.

Pasaron un par de años y en las elecciones generales de 1980, asistía con mis compañeros de Derecho de la Católica a los principales mítines de los partidos más importantes que se presentaban. Asistimos a los mítines distritales y de cierre del PPC, de AP y finalmente del APRA. En el mitin en Miraflores del Apra, recuerdo haber estado adelante con mis amigos y cuando se anunció la llegada del candidato aprista a la presidencia, lo acompañaban varios líderes apristas. Entre ellos distinguí al muchacho de las patillas largas, con su guayabera blanca y pantalón oscuro y me acordé de las palabras de mi abuela y le presté especial atención.

Era el tal Alan García. Había sido miembro de la Asamblea Constituyente en 1978 y postulaba a la Cámara de Diputados. Su discurso fue muy bueno. Pasadas las elecciones, fue elegido diputado y… lo demás es historia. Como diputado sus intervenciones fueron brillantes y muy aclamadas. El silencio en la Cámara se imponía cuando García hablaba, especialmente cuando destrozaba con su verbo la política económica ultra liberal del gobierno de AP-PPC y a su ministro de economía Manuel Ulloa. Manejaba cifras, teorías económicas y políticas muy bien, mostrando no solo una oratoria brillante sino una gran cultura. Luego postuló a la presidencia de la República en 1985, ganando con una mayoría abrumadora nunca vista.

Asume su primera presidencia a los 35 años de edad, si bien es verdad que heredando un muy mal gobierno de Acción Popular y del PPC, con una inflación en alza galopante, una enorme deuda externa y la lacra terrorista destrozando el país, su gobierno en lugar de mejorar las cosas, fue literalmente un desastre: hiperinflación y el terrorismo prácticamente dominando la capital y gran parte del Perú. Nadie quería saber nada de García nunca más.

Pero como en el Perú no hay cadáveres políticos, luego de diez años regresa Alan del extranjero y luego de perder las elecciones del 2001, postula nuevamente en el 2006 y en cuestión de semanas conquista al público peruano ganando por segunda vez la presidencia. ¡Nadie lo podía creer! Al menos los que recordábamos su primer gobierno. Recuerdo que en las elecciones del 2006, me invitaron al mitin de cierre de la primera vuelta a estar en el estrado.

Había muy poca gente en el estrado, pues no muchos creían que Alan ganaría en primera vuelta (obviamente en el mitin de cierre antes de la segunda vuelta el estrado estuvo lleno de gente). Fui con mis dos hijos mayores de 13 y 12 años. El Paseo de los Héroes Navales era una muchedumbre de gente. Pilar Nores, una dama increíble, recibió en el estrado a mis hijos abrazándolos y besándolos con mucho cariño. Luego llegó Alan el cual se acercó a Pilar y nos saludó a mis hijos y a mí con mucha sencillez y cariño.

Su discurso fue magistral, era poesía pura. Demostró una oratoria como quizá solo Haya de la Torre la tendría. Su forma de discursar y hablarle a la gente era muy similar a la de Víctor Raúl: se paseaba de lado a lado del estrado, se acercaba a la barandilla inclinándose hacia el público como si quisiera decirles las cosas a sus oídos. Matizaba la voz, alzándola cuando quería afirmar una idea, sin llegar al grito sino modulando la voz como solo un gran orador sabe hacerlo. Así era Alan García, con su verbo y entonación, ora recitaba una poesía en medio de su discurso, ora proclamaba la letra de un vals criollo, un bolero o de unos versos del Siglo de Oro español. Cuando finalmente soltaron la paloma blanca al vuelo, el ave terca retornaba para detenerse en la cabeza de García, en su hombro o en la baranda del estrado, como si también quisiera quedarse a escuchar las palabras del magistral orador.

Alan reía y la gente reía, Alan lloraba y la gente lloraba. Existía una clara comunicación con su pueblo, se entendían muy bien y Alan lo sabía. Así era Alan García, el político, el orador. Su segundo gobierno fue muy bueno y se reivindicó con su pueblo, una “reivindicación moral” como él la denominaba, pues era consciente –y así lo dijo en varias entrevistas- que su primer gobierno no había sido nada bueno.

Alan era un hombre fuerte anímicamente, alegre, reflexivo, inteligente, culto en todo sentido y – ¿por qué no decirlo?- brillante. Sin embargo, las acusaciones, difamaciones, injurias y críticas de los últimos años de sus enemigos políticos lo debilitaron mucho. El sentido del honor y dignidad que Haya de la Torre y sus padres le inculcaran, el amor a la patria y al partido de sus amores, el APRA, así como el amor a su familia y la imagen de hombre, padre y político que quería dejarle a sus hijos, le empujaron a tomar una terrible decisión: no caería vivo ante la mafia de un sistema podrido e injusto que violando los derechos y principios más elementales, buscó hasta la saciedad, humillarlo y destruirlo cruelmente a como dé lugar. De allí que cual general romano, antes de caer vencido, salvara su honor y dignidad quitándose la vida.

Un acto que quizá, hoy en que el honor y la dignidad han casi desaparecido de la escena política, sea muy poco entendido. Vayan estas sencillas líneas en homenaje a este ilustre gran político. Se podrá discrepar o estar de acuerdo con sus ideas, actitudes, decisiones o actos políticos, pero de lo que no cabe duda alguna, es que el Perú ha perdido al político y estadista más brillante de los últimos cuarenta años. Definitivamente, mi abuela María no se equivocó. ¡Descansa en paz Alan García!

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