
Por: Matías de Dompablo
El Perú, un país con hermosos paisajes que han inspirado a poetas y artistas; a autores y compositores; a nacionales y extranjeros. Son grandes las obras y canciones que han tomado vida por la admiración que causa tan grande nación. ¡Cuántos de nosotros hemos cantado Contigo Perú con el pecho henchido de orgullo y lágrimas en los ojos! ¡Cuántas veces hemos presumido de nuestro Premio Nóbel ante el mundo!
Cuán difícil nos resulta no emocionarnos cuando hablamos de las proezas de nuestros héroes nacionales, de los imperios que prosperaron en nuestras tierras, de la variedad gastronómica que, a diferencia de tantos otros países, nosotros sí podemos permitirnos.
Pero, sobre todo, qué difícil se nos hace no conmovernos cuando recordamos a nuestra gente, a aquellos que sufren por el olvido. A nuestros hermanos que claman ante oídos sordos que se ausentan cuando los imponentes paisajes hacen sentir su poderío mediante lluvias y huaicos.
Peruanos que lo han perdido todo, familias desoladas a raíz de la pérdida de familiares, viviendas arrasadas por los deslizamientos. Comunidades y distritos sumidos en una incertidumbre sobre el futuro inmediato, sobre lo que pueda pasar durante la noche, mientras intentan conciliar el sueño.
Un panorama que parece ser desolador y que amenaza con mantenerse así hasta que cesen las lluvias en mayo. Sin embargo, hay un ámbito que merece la pena señalar por aquello que representa.
Ante la falta de atención eficiente por parte de las autoridades regionales y municipales, la solidaridad de los compatriotas se ha hecho presente. Desde donaciones hasta aporte con mano de obra para la construcción preventiva.
Un caso en particular que llamó mi atención es el de Flor María Grandez, una joven universitaria que perdió su hogar y materiales de estudio por un huaico. Su historia fue cubierta por Latina y gracias a esta difusión pudo llegar la ayuda. Ante la desdicha que vivía – y que ya había vivido en el 2017 – la gente envió dinero, al punto que se tuvo que pedir al BCP que ampliara la cuantía de dinero que Flor podía recibir a través de Yape porque las donaciones ya habían alcanzado el tope.
Si bien la coyuntura climatológica que vive nuestro país implica una desorganización civil e institucional que data de antaño, también nos muestra una de las características propias de nuestra gente. Esa solidaridad que acompaña el espíritu trabajador del peruano y que devela el anhelo de crecer ayudando a los demás.
Durante mucho tiempo se nos ha hecho creer que no es posible prosperar en nuestra vida profesional sin perjudicar al prójimo. Que para mejorar nuestra situación es necesario que la de otro empeore, como si toda situación fuese de óptimo de Pareto.
Sin embargo, el ser solidarios, estando al servicio de los demás para conseguir un verdadero bienestar común, es uno de los principios que debe prevalecer para construir Estado de abajo hacia arriba, donde las instituciones realmente respondan a las necesidades de la población.
No podemos pretender conseguir esto último si en el espíritu mismo de su formación no se encuentra presente el estar al servicio de los que más lo necesitan, proporcionando un entorno favorable para el desarrollo de todo el país.
Felizmente, esta conducta aún se encuentra impregnada en nuestra identidad y por lo tanto, no podemos dejarla morir; sino que por el contrario, debemos exaltarla y promocionarla. El no hacerlo provocaría retroceder en nuestro camino hacia una sociedad más humana y un gobierno que real y efectivamente vele por el bienestar y progreso de nuestra nación.






Muy ilustrativo artículo del sentimiento humano de los peruanos, es parte de nuestra cultura ancestral y muy importante lo mantengamos vigente.