
Por Manuel Castañeda Jiménez.
“No me mueve mi Dios para quererte, el Cielo que me tienes prometido
Ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte, clavado en una Cruz y escarnecido
Muéveme el ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte.” (Anónimo)
Estamos en Semana Santa. Semana en la que, de modo especial, recordamos el sacrificio de Jesús en la Cruz en favor de toda la humanidad. Los señores obispos, en cada una de sus diócesis, y los párrocos, a su vez en sus parroquias, deben hacer presente a todos, la inmensidad del amor de Dios, que hasta nos dio a su Hijo Unigénito para que todo aquel que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Y, el amor de Dios, aunque gratuito -pues sin haber nosotros hecho nada nos da la luz, los colores, las formas, los sonidos, los sentimientos, etc.- también supone un deber de gratitud. Es un deber que trasciende la existencia del Cielo y del Infierno, pues es gratitud por todo cuanto recibimos, incluyendo el acto sublime del sacrificio de Jesucristo.
¡Cuán agradecidos estaríamos si un extraterrestre viajase desde los confines del Universo hasta nosotros para curarnos de una enfermedad mortal! Pues bien, Jesucristo hizo un viaje aun mayor: en su naturaleza divina vino desde el Cielo, en donde tenía la felicidad absoluta en la Trinidad, para encarnarse, sujetarse al tiempo, y padecer para que se nos abran las puertas del Paraíso celeste. ¡No estar agradecidos es locura!
Pero, el hecho de que el amor debido a Dios, trascienda la existencia del Cielo y del Infierno, no quiere decir que estos dos postreros destinos no existan. Existen, y aunque Dios quiera que todos los hombres se salven, ello no quita que habrá aquellos que no se quieran salvar. Habrá aquellos que rechazan, inclusive, desde aquí a Dios; que creen que la armonía del Universo, que la belleza de una flor, la inocencia y la hermosura de los sentimientos o la maravilla del canto de un ave, surgieron de la materia bruta, que carece de inteligencia; o crean que la materia surgió de la nada; o busquen explicaciones extravagantes como aquella de que la vida en la Tierra fue sembrada por alienígenas. Y habrá aquellos que sin escrúpulo alguno, cometen faltas terribles de moral, abusando de niños, abortándolos sin compasión, colocando inyecciones mortales a personas para que se mueran -al estilo nazi, que asesinaba a los “indeseables”-, buscando acabar con la propia vida -el mayor de los obsequios que Dios nos hace-, o matando a otros por pocas o muchas monedas, mintiendo, robando, corrompiéndose de mil formas, complotando para hacer daño a otros, propiciando guerras y convulsiones sociales, aprovechándose de las necesidades ajenas, o sumiéndose en un egoísmo extremo sin ninguna clase de caridad para con los demás. Dios ordenó el Universo y le puso leyes que lo armonizan todo, con una lógica suprema. No tendría lógica alguna que todos los que obran mal y hasta lo aborrecen, como los satanistas, o que aquellos a quienes no les importa que otros lo ofendan, pudieran tener el mismo destino eterno que el de aquellos que se esfuerzan por cumplir sus mandamientos, aunque sea en medio de sus dudas, sus cavilaciones, o sus reiteradas caídas en falta.
Porque al final de la vida, cuando al alma de la persona le toque estar frente a Dios, no habrá absolutamente nada que pueda ocultar o disimular. No se podrán inventar explicaciones, ni producir elaboradas argumentaciones para tratar vanamente de justificarse, ni recurrir a teorías jurídicas o filosóficas de ninguna especie para procurar ocultar la maldad de nuestros actos. Así, aquellos que, sin importar lo que hayan hecho, se lancen a los brazos misericordiosos de Dios, obtendrán, con seguridad, la misericordia. Y, aquellos que se afirmen en sus pecados, no tendrán que esperar que Dios los envíe al Infierno, pues ellos solos se precipitarán en el abismo y, ya que no quisieron obrar en esta vida como quien tiene a Dios delante, es esa la suerte que les espera pues el rostro de Dios se les ocultará por toda la eternidad.
Decía Paul Claudel que hay que vivir según se piensa, para no acabar pensando según se ha vivido. Tan sencillo principio es aplicable a la hora final, pues quien obró sin ningún temor de ofender a Dios, con suprema arrogancia, creyendo que todo se lo debe a sí mismo o a la materia, difícilmente aceptará, al morir, una idea distinta.
En el tribunal de Dios, será la propia alma la que decidirá su suerte. Así que más le vale al ser humano obrar bien para un día morir bien, que obrar mal para un día acabar en el abismo en que no tendrá ninguna consolación ni ninguna maravilla, salvo su propia existencia, la cual también lamentará por los siglos de los siglos.
Por todo ello, resulta incomprensible que los hombres que mal actúan sean a veces tan necios de no reparar en lo dicho, y obrar, en el mejor de los casos, según cálculos egoístas e inmediatos. Cristo fue muy claro al señalar que de nada le vale al hombre ganar toda la tierra si pierde su alma.
Y lo que más llama la atención es que, en ocasiones, sean los líderes religiosos, esto es, aquellos que tienen la sagrada misión de recordar estas verdades a los demás para ayudarlos a caminar hacia el Cielo, quienes obran mal, según cálculos o acomodos, y pisoteando la justicia.
La historia de la Iglesia está sembrada de muchos clérigos, obispos y hasta pretendidos Papas, que obraron mal y contra la justicia. Desde la maldad del Sumo Sacerdote de Israel, y desde Judas, que siendo apóstol delató a su Maestro por unas cuantas monedas y acabó en la desesperación, pasando por clérigos y obispos como Arrio y sus seguidores, Pelagio, Hus, Lutero, Calvino, Knox, o Talleyrand, que antes de entregarse a la Revolución Francesa y al complot político fue obispo de Autun, hasta clérigos cismáticos que por sus apetencias personales rompen la unidad cristiana, contrariando el deseo de Jesús de que los cristianos seamos uno, como Él es Uno con el Padre; clérigos que por miedo de perder la vida o por mantener su posición de poder echan incienso al gobierno de turno, como tantos obispos que apoyaron a Enrique VIII a separarse de la Iglesia. Y, oh dolor, lo vemos inclusive en los tiempos actuales, en donde sin ningún tapujo, obispos y cardenales adoptan posiciones francamente separatistas cuando no contrarias a la doctrina de la Iglesia, en donde la Tradición es elemento constitutivo como lo declara el Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática sobre la Iglesia.
Hubo hasta tribunales espúreos conformados por clérigos, como el que condenó a Santa Juana de Arco, o torpes como el que condenó a Galileo en la parte referida a sus teorías científicas; obispos que han perseguido a santos, como aquellos que expulsaban a San Luis Grignion de Montfort de sus diócesis, o clérigos maltratadores como los que acosaron y calumniaron al santo Padre Pío de Pietrelcina, quien sufrió inclusive condenas y sanciones injustas impuestas por el Santo Oficio, que hoy se llama Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
Es terrible pensar cómo habrán comparecido esos clérigos y esos obispos o seudopapas (aun hoy hay un seudopapa en Palmar de Troya), ante Dios cuando les tocó presentarse ante Él.
Porque, a los sacerdotes, sobre todo, y con mayor responsabilidad a los obispos, como sucesores de los apóstoles, les compete una altísima responsabilidad como guías de los fieles hacia “la Tierra Prometida” que es la Jerusalén celestial. Así que, cuando un cardenal, un obispo o un clérigo actúa mal, es como si el Universo se conmocionara, pues el desequilibrio que producen en el plan divino -que no es otro que el de impulsar a la humanidad hacia el reino de Dios-, es inmenso. Una mala acción, una mala enseñanza, cualesquiera que sean, y peor si son públicas, significan un retraso en el lento caminar de la humanidad hacia el reino divino. No lo retrasa solamente a él, sino que retrasa a quienes le han sido confiados, y de modo indirecto, a todos los fieles, pues significa un tropiezo para todos.
Por ello, la responsabilidad de los obispos -ni qué decir del Papa- es gigantesca. Por eso el respeto y el apoyo que necesitan es también inmenso. Y duele cuando un clérigo o un obispo dice o hace cosas indebidas o incorrectas.
Con enorme dolor hemos leído el último comunicado de la Conferencia Episcopal Peruana sobre el llamado “caso Cipriani” y visto delante nuestro la evidente trama tejida para perjudicar al que fuera arzobispo de Lima. La convicción moral que tenemos, independientemente del aprecio y admiración que nos merece el mencionado cardenal, de que la acusación -que no parece tener ni pies ni cabeza- se ha tratado de un ardid, ha quedado afirmada. La fotografía que ha trascendido en días pasados, en que aparece el sacerdote Bertomeu festejando con personas empeñadas en que se cierre una institución laica engarzada dentro del esquema administrativo de la estructura de la Iglesia, es reveladora de que había un empeño personal en ello; pues nadie puede festejar el mal de otros, y es evidente que en esa institución hay gente estupenda y de una religiosidad y piedad ejemplar, que han quedado afectadas y pueden estar atravesando hasta una crisis de fe. ¿Con qué alma puede alguien festejar algo así? Y, como también ha quedado evidenciado para quien quiera ver, no puede ser casual que se distraiga la atención del mundo católico levantando un cargo contra el cardenal Cipriani -no solo en el Perú, sino en todo el planeta- cuando el actual arzobispo de Lima, instigador y factor de primera importancia en el cierre de aquella institución, es, justamente, cuestionado fuertemente por su claro apoyo a una obra blasfema propiciada por el centro de estudios en donde ocupa un cargo importante, y de donde no sabemos si recibe un emolumento.
Ni siquiera todo el escándalo quedó ahí. Para mayor abundamiento, la Conferencia Episcopal Peruana (CEP) se apresuró desde un inicio a emitir un comunicado con varias falsedades, asumiendo como ciertos determinados hechos como el que el cardenal Cipriani hubiese sido sancionado, cuando un estudiante de Derecho sabe muy bien la diferencia entre una sanción y una medida cautelar. La Conferencia Episcopal mintió flagrantemente. Pero, para mayor tragedia, a pesar de un clarísimo pronunciamiento del acusado cardenal, la CEP no solamente no se corrigió -que podría muy bien haberlo hecho-, sino que cuando el cardenal Cipriani volvió a pronunciarse exigiendo motivada y públicamente una rectificación, la CEP en lugar de corregir su torpeza, ni se rectificó, ni se justificó, sino que emitió otro comunicado aguachento, remarcando con ello la injusticia cometida contra Cipriani. La Conferencia Episcopal Peruana ha cometido una injusticia enorme. Ojalá estén habiendo obispos que se encuentren exigiendo las debidas y públicas aclaraciones que el cardenal Cipriani merece, y no se laven las manos, imitando a Poncio Pilatos, o actúen por mero cálculo como el sacerdote Gamaliel. La pasión de Cristo que, en estos días conmemoramos, ojalá haga reflexionar a los obispos que han instigado o se han prestado a un juego a todas luces infame.
Pues, cada uno, incluyendo quien suscribe, habrá de dar cuentas a Dios cuando comparezcamos ante Su Divina Majestad. Francamente, no quisiera estar en los zapatos de todos aquellos clérigos u obispos que complotan, arman ardides y utilizan sus capacidades, sean muchas o pocas, pisoteando honras y empleando sus posiciones de poder para proceder injustamente o de acuerdo a mezquinos intereses. El tío del “hombre araña” le dice en la primera película de este personaje: “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Y es verdad. Por ello, que lo piensen muy bien todos cuantos manipulan las cosas desde sus posiciones concretas o de influencia. Que lo piensen bien, no solamente, por cierto, los clérigos -dejando a salvo a los que no hayan tomado parte en las barbaridades de la Conferencia Episcopal- sino también los políticos y toda clase de autoridad, y toda persona en realidad pues, un buen día, al igual que uno, compareceremos, ya no ante un tribunal eclesiástico o instituido por la justicia humana, sino ante el Tribunal de Dios.






Querido Manuel muy claro el planteamiento. Bendiciones en tu vida.
A decir verdad, la CEP ha perdido toda credibilidad y se sitúa en el lado izquierdo o de los que en el juicio final, ya sabemos donde irán, como bien nos explican las Sagradas Escrituras. Dios quiera que sean capaces de rectificar a tiempo, es decir YA!!!
Suscribo todo lo que dice en su honesto artículo. Qué Dios lo bendiga.