
Por: Luciano Revoredo
Un Estado que no defiende sus fronteras con todo el poder de sus armas no es un Estado; es un territorio tutelado a la espera de ser sometido. Cuando miles de ilegales irrumpen violentamente en Ceuta salpicados por elementos criminales, no estamos ante una “crisis humanitaria”, sino ante un acto de agresión directa e invasión de facto. Pretender responder a la violación de la soberanía con flores, tibieza burocrática y progrebuenismo es una traición directa a los españoles que viven en esa ciudad autónoma.
Esta humillación al pueblo español no es casual: es el resultado directo de la actitud cobarde y complaciente de Pedro Sánchez y su gobierno delincuencial, cuya política de apaciguamiento y sumisión ante Rabat ha dejado a España desarmada frente al chantaje. Pero mientras el Ejecutivo cede terreno y mira hacia otro lado, la Jefatura del Estado tampoco queda exenta de responsabilidad. El silencio del rey Felipe VI, que prefiere el perfil bajo y la corrección institucional antes que ejercer su rol constitucional como garante de la soberanía y mando supremo de las Fuerzas Armadas, deja a su nación en un desamparo institucional inaceptable.
La soberanía no se suplica en foros internacionales ni se subordina a los chantajes de los derechos humanos: la soberanía se impone por la fuerza de los hechos y la contundencia de la ley.
Es hora de desmontar el mito fabricado por el progresismo globalista: el derecho internacional no es un manual de capitulación. Las leyes internacionales y el marco constitucional respaldan de forma tajante la legítima defensa de las naciones. Frente a una masa hostil que destroza el perímetro fronterizo, saquea comercios, viola mujeres o asalta las calles, la respuesta pública no puede limitarse a contener; tiene que disuadir, neutralizar y expulsar.
Las Fuerzas Armadas y los Cuerpos de Seguridad no están para hacer trabajo social en la línea divisoria, sino para garantizar la inviolabilidad del suelo patrio. Los Principios de las Naciones Unidas sobre el Uso de la Fuerza autorizan el empleo de la fuerza letal cuando la vida de los agentes o de la población civil esté amenazada o ante la comisión de delitos violentos graves. Si una turba armada o violenta pretende arrasar un barrio, invadir propiedades o agredir a los uniformados, las órdenes deben ser claras: uso de la fuerza con toda la potencia del Estado. En nuestra modesta opinión, el Ejército debe tomar el control total de Ceuta, decretar el estado de sitio si es preciso, aplicar toque de queda y detener o repeler sin vacilaciones a todo aquel que ponga un pie ilegalmente en su territorio. Lo de Ceuta es un globo de ensayo, luego será Melilla, la península y Europa. Así las cosas occidente y todo lo que ello implica va en camino a su total sometimiento llevado de las narices por los progresistas apátridas.
Frente al colapso de la seguridad en las calles y la irrupción de delincuentes en barrios y viviendas, el ciudadano no tiene por qué esperar pasivamente a ser víctima. La propiedad privada y el hogar son sagrados. El derecho a la legítima defensa es un principio absoluto e inalienable: todo español en Ceuta tiene el derecho moral y legal de recurrir a la fuerza armada para neutralizar a cualquier invasor que pretenda cruzar el umbral de su casa, violar la intimidad de su hogar o poner en peligro a su familia. Quien asalta una vivienda debe saber que asume las consecuencias de su agresión.
Marruecos ha convertido la migración en un arma de guerra híbrida para chantajear a España. Responder a ese chantaje con la docilidad de Sánchez y el mutismo de la Corona solo invita a nuevas invasiones. España debe responder con puño de hierro: blindaje militar absoluto de Ceuta y Melilla, expulsiones masivas e inmediatas sin contemplaciones procedimentales y la demostración clara de que la frontera sur de Europa es un muro infranqueable.
Desde el Perú, observamos el drama de Ceuta no como un suceso ajeno o distante, sino como una llamada de alerta trágica para la supervivencia misma de la civilización occidental. La Europa progresista, extraviada en la renuncia a sus raíces y en un laicismo suicida, pretende ignorar que la soberanía de sus naciones es inseparable de la defensa de su identidad cristiana y de su milenario patrimonio cultural. Lo que hoy se juega en los espigones del Tarajal y en las vallas de Ceuta no es solo un límite geográfico: es la trinchera frontal contra la disolución progresiva de Occidente.
Lo ha dicho con claridad Monseñor Atanasio Schneider: “Ahora estamos presenciando una invasión. No son refugiados. No, esta es una invasión de una masiva, masiva islamización de Europa. Y por lo tanto, esta es una agenda política global por parte de los poderosos del mundo para destruir Europa cultural y religiosamente. Quiero decir, para destruir en última instancia el cristianismo en Europa.”
O los pueblos de raíces cristianas recuperan el orgullo de su fe, la fuerza moral de sus tradiciones y el coraje para proteger su herencia, o seremos testigos de la liquidación definitiva de nuestra civilización a manos del nihilismo globalista y el avance implacable del fanatismo tanático.




