
Por: Luciano Revoredo
En una reciente entrevista, el exministro de Desarrollo Productivo de Argentina, Matías Kulfas, se despachó con una de esas frases que pretenden sonar a profundo diagnóstico sociopolítico, pero que no pasan de ser una bravata de matón villero. Al argumentar que el peronismo en su forma actual ha dejado de representar una alternativa válida en su país, remató con una sentencia de insólita pedantería: afirmó que a ningún argentino le gustaría vivir en la sociedad peruana. La declaración, impregnada de esa ceguera de quien confunde el análisis económico con el prejuicio de cafetín, merece ser examinada no desde la indignación chauvinista, sino desde el rigor de las cifras y el peso del propio y lamentable prontuario político de quien la pronuncia.
La profunda hermandad histórica que une a los pueblos del Perú y de la Argentina está infinitamente por encima de los exabruptos de cualquier burócrata de paso, pero resulta imprescindible desarmar la supuesta solidez técnica y la audacia analítica con la que Kulfas pretende repartir su mediocre opinión.
Antes de dictaminar desde un pedestal imaginario qué sociedad es deseable y cuál no, convendría revisar la hoja de servicios del ilustre pontificador. Matías Kulfas no habla desde la neutralidad. Fue, nada menos, uno de los grandes arquitectos de la debacle económica durante el gobierno de Alberto Fernández, ocupando la cartera de Desarrollo Productivo tras un previo y no menos opaco paso por el Banco Central durante el kirchnerismo. Su legado en la alta función pública fue un verdadero manual de lo que no se debe hacer: una incapacidad asombrosa para frenar la espiral inflacionaria, un festín de restricciones cambiarias y cepos que asfixiaron al aparato productivo, y un salto olímpico en los niveles de pobreza que pulverizó el poder adquisitivo de sus compatriotas. Para colmo, su salida del ministerio no se debió a un chispazo de dignidad ni a un balance técnico de su gestión, sino a un grotesco ajuste de cuentas de conventillo político en esa casa de putas que fue el gobierno de Fernández, precipitado tras filtrar acusaciones en off the record sobre licitaciones públicas que llevaron a que la propia Cristina Fernández de Kirchner le mostrara la puerta de salida.
Que un funcionario cuyo mayor mérito fue participar activamente en la destrucción del valor de la moneda de su propio país pretenda dar cátedra sobre la calidad de vida de otras naciones es un un sarcasmo de proporciones olímpicas.
Si nos atrevemos a contrastar el desempeño de ambas naciones, la realidad le asesta un severo golpe a la soberbia y la imbecilidad del exministro argentino. Mientras la Argentina bajo la tutela de su momento político se hundía en inflaciones desbocadas de tres dígitos, destruyendo el ahorro familiar y evaporando la inversión, el Perú ha construido durante las últimas tres décadas una de las disciplinas monetarias más envidiables de la región. El Sol peruano no es un papel picado que pierde su valor al doblar la esquina; es una divisa sólida e invulnerable a las tempestades políticas, respaldada por un Banco Central de Reserva (BCRP) técnicamente autónomo y por reservas internacionales que superan holgadamente los cien mil millones de dólares. Mientras en la Argentina que Kulfas ayudó a moldear los empresarios desfallecían tratando de descifrar una docena de tipos de cambio artificiales e imposibilitados de importar insumos básicos, la economía peruana mantenía la libre convertibilidad de su moneda, una deuda pública que no excede el tercio de su producto bruto interno y un marco donde cualquier emprendedor sabe perfectamente que el esfuerzo de hoy no valdrá la mitad mañana.
La paradoja roza el absurdo. Mientras dirigentes de la vieja guardia peronista como Kulfas miran al Perú con la altanería del arruinado que no quiere aceptar su quiebra, la propia conducción política argentina de hoy, encabezada por Javier Milei, ha fijado la mirada en la arquitectura monetaria peruana como un verdadero modelo a emular. Frente al BCRA que Kulfas y sus compañeros de ruta convirtieron en una imprenta sin freno para financiar el déficit del Tesoro mediante la emisión descontrolada, la actual administración libertaria busca desesperadamente dotar a su banco central del blindaje que el Perú logró hace décadas.
El Perú consiguió estabilizar su economía porque tuvo la madurez de elevar la autonomía del BCRP y la prohibición explícita de financiar al sector público a rango constitucional en 1993, desterrando de paso los controles cambiarios que tanto encantan a la burocracia intervencionista de los progrefracasados como Kulfar.
Además, la continuidad de figuras de incuestionable solvencia técnica como Julio Velarde al frente del BCRP desde 2006 demostró que, en el Perú, la estabilidad no depende del capricho de un ministro ni del resultado de una elección. La reforma propuesta en la Argentina busca inspirarse en esa rigidez al prohibir la emisión para el gasto fiscal y elevar los requisitos parlamentarios para remover autoridades. Sin embargo, la brecha sigue siendo abismal: el Perú construyó un consenso institucional de más de treinta años que sobrevivió a durísimas crisis políticas, mientras que la Argentina aún intenta armar su modelo sobre ruinas normativas heredadas del kirchnerismo y de fracasado como Kulfar.
Nadie pretende pintar al Perú como un paraíso terrenal sin fallas. Arrastramos brechas estructurales severas, una alta informalidad laboral y una tarea pendiente en la consolidación institucional y social. Sin embargo, la sociedad peruana posee una columna vertebral envidiable: la fuerza incansable de sus emprendedores y el respeto irrestricto por una estabilidad económica que no se negocia con demagogia.
Descalificar la vivencia en la sociedad peruana para intentar justificar las cuitas y el extravío ideológico del peronismo no es más que una muestra de ignorancia sobre la realidad andina y una cobarde falta de autocrítica sobre los estragos generados por las políticas que Kulfas promovió.
El querido y gran pueblo argentino se merece un debate público con altura y honestidad intelectual; Matías Kulfas, por su parte, haría bien en guardar un prudente y decoroso silencio sobre el éxito ajeno mientras repasa las amargas consecuencias de su propio fracaso.





Pide demasiado sr. Director, decoro es de lo que más carecen en los pagos de la progredumbre. Es evidente que les arde y por eso tratan de echar la pus encima de los demás, el clásico barro con ventilador.