
Por: Luciano Revoredo
El ministro de economía ha introducido en la agenda pública una propuesta legislativa de sesgo exclusivamente mercantil, que atenta contra la tradición y lo más profundo de la identidad de los pueblos del Perú: trasladar los días feriados que caen a mitad de semana hacia los días lunes.
El argumento es la creación de «feriados puente» para estimular el turismo interno, dinamizar el consumo y sumar puntos al Producto Bruto Interno. Sin embargo, cuando esta lógica utilitarista pretende aplicarse de forma indiscriminada a las festividades religiosas, la propuesta tropieza con una barrera antropológica, teológica y constitucional insalvable.
Mover un feriado religioso para adecuarlo a la dinámica del mercado no es una simple reforma de eficiencia administrativa; es una desacralización forzada del tiempo social. Pretender que el sentido de una solemnidad católica se traslade arbitrariamente al calendario burocrático y económico refleja un profundo desconocimiento de la naturaleza de la fe, del sentido del descanso y de la propia historia constitucional del Perú.
El descanso festivo no existe para reponer fuerzas con el único fin de volver a producir o para incentivar el gasto comercial, sino para permitir al hombre contemplar la creación, rendir culto a Dios, cultivar la vida familiar y ejercitar la caridad.
Subordinar el feriado religioso a las variables del turismo o de la recaudación fiscal implica incurrir en un reduccionismo utilitarista. Cuando el Estado convierte el día de precepto o de conmemoración sagrada en un simple “fin de semana largo”, priva a la fiesta de su sustancia espiritual y la reduce a una categoría puramente funcional. Por otro lado, llama la atención la propuesta en el contexto de que la presidente de la república Keiko Fujimori en su asunción del mando dijo solemnemente “Juro que, respetando la libertad de culto, reconoceré la importancia de la Iglesia Católica en la formación cultural y moral del Perú, y trabajaré incansablemente por un país seguro, próspero y unido”.
El año litúrgico no es un almanaque caprichoso redactado por conveniencia burocrática. Es la memoria viva de la Iglesia, una pedagogía del tiempo donde cada fecha custodia un dogma, un misterio de la Redención o el día exacto del nacimiento. Canonización o muerte de algún santo.
Cuando la Iglesia celebra la solemnidad de San Pedro y San Pablo el 29 de junio, o la de Santa Rosa de Lima el 30 de agosto, está convocando al pueblo creyente a la Misa, al culto público y a la oración comunitaria.
Si el Estado decide mover el descanso civil al lunes siguiente, genera una ruptura en la vida de los ciudadanos. La Iglesia mantendrá la solemnidad en su día litúrgico correspondiente, pero el fiel se verá obligado a trabajar en el momento en que se celebra el misterio sagrado, mientras que disfrutará de un “feriado” despojado de todo contenido espiritual días después.
Esta desconexión debilita la práctica religiosa de la comunidad, al privar al ciudadano del tiempo libre necesario para cumplir sus deberes de culto en la fecha fijada por la tradición cristiana.
En el Perú, la fe católica no es una abstracción teórica ni una creencia confinada al ámbito privado; es una realidad encarnada en la piedad popular, en el patrimonio inmaterial y en la identidad de nuestros pueblos.
Las solemnidades religiosas están indisolublemente ligadas a patronazgos institucionales, gremiales y locales. Santa Rosa de Lima no solo es una figura del santoral universal; es la Patrona de la Policía Nacional del Perú y de los enfermeros. San Pedro no es solo el Príncipe de los Apóstoles; es el protector de nuestros pescadores.
Desplazar la fecha festiva altera las procesiones, las novenas, las tradiciones comunitarias y las expresiones de devoción popular que se organizan de forma ininterrumpida desde hace siglos. Al mutilar la coincidencia entre el descanso laboral y la festividad local, el Estado atenta contra una de las fuentes más vivas de cohesión social e identidad cultural de la nación.
El artículo 50 de la Constitución Política del Perú establece con absoluta claridad el reconocimiento del Estado a la Iglesia Católica como elemento fundamental en la formación histórica, cultural y moral del país. Este principio no es una mera fórmula de cortesía diplomática, sino la base de la relación entre la sociedad peruana y su acervo espiritual.
Asimismo, las relaciones entre la Iglesia y el Estado peruano están normadas por el Acuerdo de 1980 (Acuerdo Concordatario), un tratado de derecho internacional. El señalamiento de los días festivos de carácter religioso ha sido históricamente fruto del respeto mutuo a este marco. Pretender que el Poder Legislativo o Ejecutivo modifique unilateralmente la observancia de los feriados católicos para atender presiones sectoriales implica vulnerar la dimensión comunitaria de la libertad religiosa, garantizada tanto por la Carta Magna como por los tratados internacionales de derechos humanos.
El argumento de que “en otros países ya se hace” requiere un análisis riguroso, pues la experiencia internacional demuestra que el traslado sistemático de feriados suele saldarse con la erosión de la cultura religiosa o con el fracaso de la propia medida.
Podemos citar el modelo colombiano (La «Ley Emiliani»): Colombia aprobó en 1983 la Ley 51, que traslada la mayoría de solemnidades al lunes. Si bien generó dinamismo en el sector turístico, el resultado cultural tras cuatro décadas ha sido el vaciamiento del sentido de fiestas como la Ascensión, Corpus Christi o la Asunción de la Virgen, transformadas para la mayoría de la población en simples jornadas de ocio sin memoria ni significado.
Una sociedad que mide todas sus instituciones, tradiciones y sacramentos con la única vara del beneficio económico inmediato es una sociedad encaminada a la descomposición espiritual.
El turismo y la reactivación económica son objetivos legítimos del Estado, pero deben perseguirse mediante políticas públicas de infraestructura, seguridad, promoción y fomento tributario; no a costa de profanar el calendario de la fe y de desmantelar la memoria histórica de nuestro pueblo.
El feriado religioso es una tregua del espíritu frente al ritmo vertiginoso del mercado. Es el día en que la comunidad se reconoce a sí misma en la fe de sus mayores, rinde homenaje a sus patronos y rinde culto a Dios. Pretender moverlo por conveniencia financiera es una muestra de ceguera antropológica o de un laicismo masónico inaceptable.
El tiempo sagrado no se vende, no se negocia y no se traslada al lunes.





Con todo respeto, creo que debemos distinguir entre la fecha de una conmemoración y el día de descanso civil. La Biblia no nos manda a entrar en discusiones sobre días y fechas como si nuestra fe dependiera de un calendario determinado. Pablo es claro: “Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente” (Romanos 14:5).
Una fecha puede ser conmemorativa y conservar perfectamente su significado, aunque el descanso laboral se traslade a otro día. La memoria, la fe y la devoción no dependen exclusivamente de un feriado.
También la Escritura nos exhorta a respetar y sujetarnos a las autoridades (Romanos 13:1-2), siempre dentro de lo que es conforme a Dios. Por eso, más que alimentar controversias o discusiones vanas, busquemos el bien común, la unidad y soluciones que beneficien al país, sin caer en demagogia política, religiosa ni de ninguna otra índole.
La fe cristiana no necesita imponerse mediante un calendario laboral; se demuestra viviendo la verdad, el amor, la obediencia a Dios y el respeto al prójimo.
Defendamos nuestros principios con la Biblia en la mano, pero también con amor, prudencia y respeto. La verdad no necesita gritos para ser verdad.
Muy bien dicho, muy bien explicado.
Ya se ha aplicado eso en el pasado y ha sido un desastre. Más fácil e idóneo sería deshacernos de los feriados de reciente aparición agosto 6, diciembre 9, julio 23. No sé necesitaban y hemos vivido más de 100 años sin ellos, vuelvan al lugar de dónde salieron. Y qué me dicen del 1 de enero, que caiga jueves? A cual lunes se traslada, cuando sería año nuevo? O es que va a haber excepciones? Es la idea más tonta del mundo
De acuerdo con el post y el comentario anterior. Piensen mejor, autoridades