
Por: Luciano Revoredo
La condena a 14 años de prisión efectiva contra Martín Vizcarra no es un acto de revanchismo político, como ya gritan sus defensores y afirma él cínicamente. Es la confirmación judicial de lo que millones de peruanos pensábamos desde hace años: que el “héroe anticorrupción” era, en realidad, uno de los corruptos más ladinos y peligrosos que ha tenido el Perú.Porque Vizcarra no es un corrupto cualquiera. Es el corrupto que se disfrazó de salvador y luchador anticorrupción mientras llenaba sus bolsillos.
Recibió, según sentencia, sobornos de empresas constructoras cuando era presidentge regional de Moquegua (caso Hospital Regional y Lomas de Ilo). Pero eso es lo de menos. Lo verdaderamente grave es que, una vez en Palacio como presidente, usó exactamente el mismo modus operandi a escala nacional: adjudicaciones directas, contratos millonarios bajo emergencia, favores a empresarios amigos y una red de protección que incluía fiscales comprados, periodistas a sueldo y un Congreso que disolvió ilegalmente cuando empezó a investigarlo y desmarcarse de su control.
Durante la pandemia –la mayor tragedia sanitaria del siglo en el Perú– Vizcarra convirtió la emergencia en negocio. Mientras los peruanos morían asfixiados en las puertas de los hospitales, su gobierno pagaba sobreprecios escandalosos por oxígeno medicinal que nunca llegó, compraba pruebas rápidas inútiles, adjudicaba hospitales modulares que se inundaban con la primera lluvia y permitía que sus amigos y allegados saltaran la fila en el Vacunagate, esto último le costó la vacancia.
El Perú terminó con la tasa de mortalidad más alta del mundo. Más de 100 mil muertos oficiales (y probablemente muchos más). Ese récord macabro lleva su firma.Y mientras el país se desangraba, él se dedicaba a lo que mejor sabe hacer: demoler todo lo que pudiera fiscalizarlo. Cerró el Congreso en un golpe de Estado disfrazado de “cuestión de confianza”. Amenazó al Tribunal Constitucional. Persiguió jueces y fiscales que investigaban sus casos. Montó una narrativa de “lucha contra la corrupción” que solo se aplicaba a sus enemigos políticos mientras protegía a los suyos.
Pero Vizcarra no fue un presidente torpe. Fue un presidente tóxico, perverso y calculador, un sociópata impenitente que debilitó deliberadamente al Estado para que nadie pudiera tocarlo. Logró : convertir la anticorrupción en un negocio personal y la popularidad en escudo de impunidad.
Por eso esta condena, solo por una fracción de sus delitos es un alivio y una advertencia. Alivio porque demuestra que la justicia peruana aún mantiene un nivel de credibilidad. Advertencia porque Vizcarra no actuó solo: tuvo cómplices en el Ministerio Público, en el Poder Judicial, en los medios y en el propio Congreso que hoy se rasga las vestiduras.Que nadie se llame a engaño: Vizcarra no es la víctima de un sistema politizado. Es el arquitecto de ese sistema podrido que hoy lo juzga. Y si alguien cree que con su encarcelamiento termina la pesadilla, se equivoca. Sus métodos, sus operadores y su cinismo siguen vivos en decenas de funcionarios, congresistas y “líderes de opinión” que aprendieron la lección: en el Perú, robar está permitido siempre y cuando te presentes como el gran moralizador.
Se hizo justicia con Vizcarra. Ahora falta hacerla con todos los que lo aplaudieron, lo protegieron y lo imitaron.Y falta, sobre todo, que el Perú deje de enamorarse de falsos mesías. Para que la próxima vez que un político infame que cierre el Congreso, mienta compulsivamente o hable de “moral” mientras cobra coimas, recordemos el nombre del que lo hizo primero y salió aplaudido por una masa ignorante y adormeciada por el populismo: Martín Vizcarra Cornejo alias el Lagarto.
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