Política

PARA DERROTAR AL COMUNISMO

Por: Manuel Castañeda Jiménez

En una extensa misiva escrita por el R.P. Pedro de Ribadeneyra –estupendo historiador jesuita– a un miembro de la corte de Felipe II pero, obviamente, para que se la haga conocer al monarca en cuyo imperio “no se ponía el sol”, sentenciaba el sacerdote las razones del fracaso de la Armada Invencible, cuyo desastroso final permitió a Isabel I de Inglaterra afirmarse en el poder y consolidar el anglicanismo en la isla. Cuando se lee la carta en que el mentado jesuita señala todas las injusticas propiciadas o cometidas por el rey, además de las dubitaciones, dificultades económicas y la furia de los elementos, se tiene la impresión de que lo que está queriendo significar el sacerdote, es que la principal razón del fracaso, era que el rey no era santo o virtuoso.

El rey no había obrado con justicia para con sus súbditos. Y eso había conllevado a una serie de inconvenientes que culminaron en el desastre de la armada.

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La perversidad del comunismo es total. Todos sus postulados de destrucción de la familia y la propiedad privada chocan frontalmente contra el impulso mismo de la naturaleza humana. El comunismo propugna la abolición de la herencia la apropiación por el Estado de todos los medios de producción, la destrucción de los templos y la abolición de todas las religiones. Y para ello, no duda en desprestigiar todo lo que es santo y bueno hasta prohibir el culto o encontrar formas ingeniosas de impedirlo o cercenarlo; no duda en promover toda clase de cortapisas a la preservación del patrimonio familiar y gravar la propiedad de mil maneras, alentando la colectivización de las empresas e insuflando en los sindicatos una actitud de enfrentamiento contra el empresariado que va más allá de las legítimas reivindicaciones de los trabajadores. El comunismo no duda en promover toda clase de enfrentamientos bajo la consideración de que es la confrontación el motor de la historia pues, desde que promueve el ateísmo y sus formas algo más suavizadas del agnosticismo y el deísmo (ambas opciones hoy muy en boga), no tiene empacho en alentar explícitamente la lucha de clases, y con ello toda clase de malas actitudes.

Para lograr sus fines malhadados, los que propugnan el comunismo o mueven sus hilos, no tienen reparo en emplear todo tipo de argucias y aprovechar, sea la ingenuidad o los malos sentimientos de todos cuantos puedan, introduciendo su veneno en las leyes, en las costumbres, en la cultura, en las relaciones humanas, en la historia y hasta en las modas. Ya que para poder lograr su cometido solo podrían hacerlo si alteran la mentalidad humana, pues sus conceptos son tan antinaturales, que solamente un cambio de la naturaleza o la mentalidad humana podría darle la victoria. Por ello, sus propugnadores actúan con suavidad, lentamente, “pasito a paso”, o de forma violenta, empleando la consabida fórmula de “policía bueno, policía malo”. Y, en ese proceso, van moliendo la mentalidad de los pueblos, propiciando que se vayan aceptando de a poquito sus aberraciones doctrinales.

En el Perú hemos visto ya todas esas maniobras. Hemos visto como los comunistas no dudan en provocar ríos de sangre y de devastación de poblados enteros. Hemos visto como no tienen ninguna restricción para matar hombres, mujeres y niños igual que los actuales talibanes que se han apoderado del desdichado Afganistán y que por el solo hecho de salir una mujer a la calle son capaces de pegarle un tiro y asesinarla a sangre fría.

Y hemos visto también, cómo por intereses inmediatos y mezquinos, muchos –incluyendo medios de comunicación y hasta prestigiosos periodistas– han ido sembrando el ambiente que ha conducido a que una agrupación explícitamente sustentada en posiciones comunistas e integrada en buena parte por elementos terroristas o pro terroristas, haya alcanzado a hacerse del Poder Ejecutivo. Ya la historia se encargará algún día de hacer el recuento de todos los que contribuyeron directa o indirectamente a que hoy, después de la destrucción de la economía –más por efecto del desastroso gobierno de Vizcarra que por la pandemia de la COVID-19–, nos encontremos ante una posible debacle económica tipo Venezuela.

El fuero interno de alguien nadie lo conoce salvo el individuo y Dios. De ahí que juzgar las intenciones más profundas de las personas constituye una gran osadía. Pero sí podemos juzgar los hechos de las personas. Por eso, el señor Pedro Castillo y quienes lo apoyan y secundan, ya verán las cuentas que tendrán que dar al pueblo peruano y a la historia por los hechos que ejecuten. Y a Dios por las intenciones que hayan tenido. Mientras tanto, los peruanos tenemos el deber de resistir cualquier avance que quieran realizar los imbuidos de comunismo, pues en juego está no solamente la generación actual, sino las futuras, que sufrirán los efectos de lo que se les permita realizar según su línea ideológica o doctrinaria.

Sin embargo, si las acciones que se tomen no son suficientemente adecuadas, el deterioro cada vez mayor de la luz de la razón y de las sanas costumbres acabará dando pie a que nuevamente, en un futuro más, o menos distante, el país vuelva a encontrarse en la encrucijada actual, y no ya un señor Castillo que se proclama cristiano asuma el gobierno, sino directamente un seguidor de Pol Pot o de mentalidad talibán, que no dude en producir un verdadero baño de sangre.

El combate al comunismo no puede, pues, quedarse en las marchas, protestas, acciones políticas tales o cuales, o en los siempre importantes rezos –todas ellas acciones legítimas, buenas y convenientes–. El combate al comunismo debe ser definitivo para que no vuelva a levantar cabeza nunca más.

¿Cómo hacerlo? Sólo hay una manera: entender el origen profundo del comunismo, las causas que lo produjeron y actuar en sentido contrario.

Hay quienes piensan que el comunismo se origina como consecuencia de la revolución industrial y de los abusos hacia los trabajadores por parte de los patronos. O por la osadía de personajes como Lenín, Mao o Fidel que acabaron conduciendo a sus pueblos hacia una “utopía” comunista que nunca llega, y que mientras tanto les permitió vivir como los mayores déspotas del pasado –quizás hasta con mayor poder que estos–; o bien por el aprovechamiento demagógico de la ingenuidad de los pueblos que terminaron sometiendo. Y, entonces, prestan más atención a la vida opípara y de lujo que los dirigentes comunistas llevan, a su avaricia y ambición de dinero o poder, que al sufrimiento de los pueblos que sufren su yugo ideológico. Si esos análisis tiene su dimensión válida, resultan incompletos, y esa es la mayor razón de que, a pesar de haber caído el Muro de Berlín, haberse levantado el “Telón de acero” y partido la antigua Unión Soviética, –evidenciándose el rotundo fracaso del sistema comunista–, siga existiendo comunismo en el mundo y haya conseguido introducirse en el gobierno del Perú.

El comunismo surge, fundamentalmente para destruir toda desigualdad y propiciar toda liberalidad. Solamente alentando el espíritu de rebelión contra quien es más que uno, contra quien tiene legítima autoridad o posee más por su esfuerzo o por su cuna, es decir solamente alentando la soberbia, la avaricia y la codicia, el comunismo puede prosperar e inducir a la aceptación de sus postulados igualitarios. Del mismo modo, solamente alentando la liberalización y degradación de las costumbres, puede el comunismo propiciar la destrucción de la familia y de la herencia, el fin de las tradiciones y la indiferencia religiosa, paso previo para acabar con la espiritualidad humana; paso además necesario, según sus conceptos, para trastocar la mentalidad humana rumbo al estado de cosas que pretenden implantar.

Consecuentemente, sólo existe una fórmula para derrotar al comunismo: y es propiciar lo inverso a lo que sus seguidores y secuaces promueven; es decir, propiciar la práctica de las buenas costumbres, propiciar la virtud, propiciar los buenos sentimientos. No existe ninguna otra fórmula. Y no hablamos solamente de las virtudes religiosas, sino también de las virtudes meramente cívicas como la disciplina, la consideración, la puntualidad, el respeto, la solidaridad, el patriotismo, etc. A la soberbia que el comunismo insufla, solamente le es opuesta la humildad, el reconocimiento y aceptación de lo que uno es y del lugar que ocupa en el planeta. Ello no quita aspirar a más, pero esa aspiración solamente cabe en la medida en que no dañe a nadie, en que no se consiga a través de medios o acciones incorrectas o tortuosas.

Si las marchas y protestas son importantes, legítimas y deseables; y pueden conseguir estupendos efectos como el del alejamiento de Héctor Béjar de la Cancillería (nos negamos a llamarlo de “señor”); si la astucia política para evitar que sujetos que se reconocen a sí mismos como comunistas ocupen posiciones expectantes, es imprescindible como parte de la lucha; si el estar alerta ante cualquier desaguisado o acción de sometimiento que el comunismo quiera imponer en orden a sus fines, es necesaria; en estricto, y a mediano y largo plazo son los padres y madres de familia de todo el Perú quienes tienen la clave en sus manos, educando a sus hijos en el bien, inculcándoles buenos sentimientos y siendo ejemplo de ello para los pequeños. Pues de nada sirve enseñar respeto a los niños si el padre no respeta a la madre o viceversa; de nada sirve inculcarles el bien si se propician costumbres incorrectas o modas destructivas o palmariamente inmorales. De nada sirve el indiferentismo religioso o la tibieza religiosa pues los niños crecerán como ateos prácticos, y por tanto carecerán de frenos morales, siendo pasto de corrientes liberales que confluyen para la destrucción de las religiones y, por tanto, ayudan al comunismo a obtener sus fines y le permiten dedicar sus esfuerzos a otros temas.

El comunismo solamente será derrotado de verdad, si el pueblo, desde sus clases dirigentes hasta las personas más humildes, se deciden a ser virtuosos en toda la amplitud del término. Tanto en la práctica de las virtudes morales como cívicas. De otra manera, por más pelea que se dé ahora, el comunismo habrá de agazaparse para rebrotar más tarde o más temprano, con mayor fuerza aun.

Esperemos que esto último no suceda y que todo el esfuerzo hoy desplegado no pase de ser un conjunto de episodios anecdóticos y los comunistas acaben finalmente riéndose y tomando un día el poder de manera permanente. En todo ello, las dirigencias religiosas tienen un rol muy importante a cumplir, el que no harán si, como el señor arzobispo de Lima, en vez de alentar las vocaciones religiosas –deber de todo buen católico– prefiere enviar “a los curas a estudiar” y entregar las parroquias a laicos para “igualar”, propiciando de esa forma la atomización de la fe por la conformación de corrientes u orientaciones religiosas diferentes, así como la ausencia de los sacramentos que parece importarle poco al señor arzobispo.

También es necesario, entonces, derrotar al comunismo infiltrado en los medios católicos y en la mentalidad de algunas autoridades eclesiásticas y demás medios religiosos del país que estuvieren infectados de ello.

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