Política

NI ALEGRÍA NI LAMENTO

Por: Ántero Flores Aráoz

Ni alegría, por ser cristiano, ni lamento porque no lo siento, es lo que me produce el deceso de Abimael Guzmán, pero sí esperanza, que al rememorarse en medios de prensa todo el daño que hizo al Perú, y por rebote a toda la humanidad, la gente joven que no vivió los tiempos más graves del terrorismo criminal y destructivo, se alineen con la necesidad de preservar la paz, el sistema democrático y la construcción dentro de la Democracia, de un mundo mejor, donde prime el respeto por la vida y la integridad de las personas, existan igualdad de oportunidades y premio al esfuerzo y sacrificios para alcanzar mejor estándar de vida y bienestar general.

Abimael Guzmán con sus acciones y pensamiento hizo muchísimo daño, causó miles y miles de muertes en la forma más vil y violenta, con total desaprensión del derecho a la vida, mató sin piedad ni remordimiento a poblaciones enteras, dejó viudas y huérfanos, destruyó propiedad pública y privada que con tanta dedicación se habían hecho y, al destruir centros de trabajo, dejó sin el mismo a la clase laboral que decía proteger.

Olvidó que la violencia genera más violencia y el daño que hizo, tanto su acción como pensamiento, fue inconmensurable y totalmente contrario a las enseñanzas que recibió en colegio religioso.  Tuvo la osadía de castrar principios y voluntades a través de la enseñanza universitaria en la Universidad Nacional de Huamanga desde donde inundó al país de ideas que no eran revolucionarias sino retrógradas, al pretender que la violencia podría corregir inequidades, en lugar de la deseada justicia social en libertad y en democracia, bajo los principios del esfuerzo personal, pero con la solidaridad de la sociedad.

Es bueno por ello, que quienes sufrieron los tiempos del terrorismo, y no de lucha política o guerra interna, como les gusta llamarle a la “caviarada”, siempre desubicada, recuerden los males acaecidos para que no se presten a que ellos se repitan. Los jóvenes que no sufrieron los atentados dinamiteros, que no soportaron  ni vieron los coches bomba ni tampoco los apagones como consecuencia del derribamiento de torres de electricidad, ni las carencias de agua por inutilización de bombas hidráulicas y embalses, como tampoco los sufrimientos de quienes habían perdido sus seres queridos por acción de la delincuencia terrorista, estén debidamente enterados y no se dejen sorprenden como incautos, por quienes tratan a través del sistema, bombardearlo por dentro, lo que no pudieron completar por la fuerza.

Tenemos que recordar también el arrojo, valentía y por qué no decirlo, el sacrificio de nuestras Fuerzas Armadas y Policiales que vencieron al terrorismo de su etapa más dura y cruenta, que sufrieron bajas, que tuvieron heridos y lisiados y que encima tuvieron que soportar acusaciones fiscales y juicios interminables, por el solo delito de cumplir con su deber y rescatar al Perú de las fuerzas criminales de Sendero Luminoso y de su cabecilla Abimael Guzmán.

Los judíos han esculpido en piedra la frase: Recordar para no olvidar, motivo por lo cual hay que rememorar las acciones terroristas para que no se repitan y estar alertas ante quienes escondiendo sus perversos propósitos se escudan en supuestas buenas intenciones.

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