La columna del Director

LUCHO REPETTO. UN AÑO DE SU PARTIDA

Hace un año, un día como hoy nos dejó el gran  Lucho Repetto. Un hombre que amaba al Perú como pocos. Un gran divulgador de nuestra cultura pero por encima de todo eso una persona buena.

Repetto era generoso, noble, divertido. Un amigo de verdad. Eso era Lucho. Cuando murió víctima del maldito virus que nos tiene hasta ahora en jaque,  pensé que la muerte no es sorpresiva ni súbita para los buenos ni los sabios,  ellos siempre lo saben. Siempre están listos para la partida. Tal vez por eso  en muchas conversaciones Lucho solía decir que vivía aceleradamente, porque su muerte sería temprana.

Lo hemos extrañado mucho todo este año y lo seguiremos extrañando. Cuando se fue escribí un artículo. Era un testimonio de nuestra amistad entrañable. Una despedida y un desfogue al inmenso dolor que sentí entonces por su muerte.

Hoy a un año lo vuelvo a publicar como un recuerdo fraterno de mi compañero de mil aventuras  y compadre.

 

¡LUCHO REPETTO NO PUEDE MORIR!

 

Por: Luciano Revoredo

En la vieja calle de Jesús María (Hoy cuadra 1 del jirón Moquegua) había un antiguo café, no tenía cartel ni nombre, era conocido como El Yugoeslavo, vendía butifarras, chicharrones y un excelente café pasado. Era frecuentado por la gente del diario La Prensa que quedaba a tiro de piedra.

Una noche de invierno, a inicios de la década del ochenta, luego de una interminable tertulia, varios cafés y las consabidas butifarras en el Yugoeslavo, caminé con el Padre Armando Nieto hacia el Instituto Riva Agüero, al llegar al viejo zaguán  nos cruzamos con un joven de pasos presurosos. Era Lucho Repetto, el padre nos presentó e iniciamos una conversación que no terminaría hasta cuatro décadas después.

Es así que entablamos  la más entrañable y auténtica amistad. Mis visitas a Riva Agüero eran frecuentes, saludaba entonces al padre Nieto con el que compartía aficiones e inquietudes y luego subía al segundo piso. Ese era el reino de Lucho. Poco tiempo atrás en 1979 había creado ahí, bajo la influencia de Mildred Merino de Zela, el Museo de Arte Popular. Yo en esos tiempos andaba descubriendo mi vocación limeñista, una propensión  que compartíamos. Entonces sentados, o siguiéndolo con la mirada, mientras movía cosas o abría y cerraba paquetes,     entre retablos, textiles y cerámica, cada pieza con una historia y algunas con anécdotas delirantes,  escuchaba a Lucho que con sus interminables monólogos acicateaba  mis inquietudes culturales.

El Museo era en aquellos años muy pequeño, apenas una sala que Repetto cuidaba con amor y paciencia monacal. Lo recuerdo ahora con su guardapolvo caqui, ordenando todo, limpiando, e incluso barriendo su museo. Siempre con una sonrisa, siempre corriendo, pero siempre también con tiempo para departir con los amigos.

En aquellos años compartíamos algunos domingos el lonche en casa de Elvira Luza -privilegios que la vida me dio- llegaban a este lonche desde artesanos ayacuchanos o cusqueños, que compartían historias maravillosas hasta los más encumbrados intelectuales, directores de museos y artistas. Me deslumbraban entonces los diálogos que se producían y cómo no, la invalorable colección de arte popular que atesoraba Elvira y que finalmente como tenía que ser pasó a ser parte de la colección del Museo de Riva Agüero.

Recuerdo ahora aquella vez en que fui uno de los  cómplices de Lucho para sorprenderla  en su cumpleaños. Cumplía 100 años y me pidió que lo ayude a coordinar la sorpresa, llegamos en la tarde a su casa del Parque Velarde con danzantes de tijeras, bailarines de Huaylarsh y una pequeña banda de músicos. Lucho estaba feliz, con esa euforia tan suya que lo asaltaba en aquellos momentos, la banda empezó a tocar y la dueña del santo no daba señales, no se movían las cortinas, no se abría ninguna ventana, no se abría la puerta. Músicos y danzantes se desgañitaban para llamar la atención de la homenajeada y nada. Finalmente no pudiendo esperar más Lucho tocó la puerta y ahí estaba, muy tranquila, la centenaria Elvira, que no salía porque pensaba que la música provenía del cercano Estadio Nacional. Durante años recordamos esta historia entre risas.

Siempre fue Lucho muy memorioso y atento al tema de los cumpleaños, muchas veces proponía la celebración en su casa, en ese caso siempre con resultados impredecibles, como aquella memorable ocasión que celebrando a Fernando Guembes terminamos en el parque Borgoño con carteles de ¡FERNANDO PRESIDENTE! y banda de músicos, ante la atenta mirada del serenazgo de Miraflores que cerró las calles para proteger esta manifestación tan democrática…

La jarana fue otro tema que nos unió siempre, no había nada que tocará más las fibras de Lucho que una buena jarana. ¡Cuántas noches de jarana habremos compartido!, en nuestras casas o en  el Lawn Tennis, el Breña, el Bolívar, La Casa del Pisco, las López, la Oficina y en Serenata, la peña  que en un momento de criolla locura establecimos en Barranco con mi esposa.

Siempre había un buen  pisco   en nuestra mesa, “no se puede bailar una marinera sin entrar en ambiente, sin respirar la jarana, sin entrar en calor con un pisco…” decía Lucho y es la verdad.

Esas noches de jarana quedarán para siempre en un recodo de mi corazón, aquella efímera felicidad será siempre recurrente, cada vez que suene un bordón de marinera  y se agolpen los más encontrados sentimientos al no poder buscar con la mirada a Repetto y decirle ¡Baila Lucho! ¡Te toca! Y verlo presto, con esa sonrisa concisa y la mirada vivaz, esperar el canto para dar los primeros pasos de una imperecedera jarana y todos ahí guapeando, con limeñas palmas, mientras su  pañuelo ágil avanza entre los vapores del más enjundioso criollismo…

La marinera era pues  una de sus mayores pasiones, en todas sus versiones, aunque lo suyo era la limeña, bien bailada, borrascosa, feliz, sin ataduras…

Pero si de marinera se trataba, tampoco toleraba el manoseo, la huachafería o la falsificación de la misma. “En la marinera se debe lucir la mujer, el hombre es un complemento para ese lucimiento. El problema es que ahora hay mucho saltimbanqui que quiere lucirse más que la mujer”, solía decir.

Fue infaltable durante muchos años en enero al concurso de marinera norteña en Trujillo, también era un crítico de muchas innovaciones que se han hecho allá, sufría con las coreografías, con las excentricidades en el vestido, pero ahí estaba, siempre fiel, más podía su amor por el baile nacional.

Todos los años coincidíamos allá, y ya era una tradición la parrilla del Cuatrero, el caldo de Gallina de Fonseca y los dulces de la calle San Martín, sobre todo el flan de coco, que podía repetir una y otra vez, sin remordimiento alguno. Solíamos aprovechar esos días para visitar Huanchaco, Chiclín, Cao, el Brujo, y en cada lugar que llegábamos tenía a alguien que visitar, algún compadre, un artesano, personajes únicos,   siempre alguien que lo esperaba con una pava o un cuy, siempre preparados a su gusto. Yo le preguntaba entonces, ¿Les avisaste que veníamos? Y su enigmática respuesta era “no, pero ellos sabían que íbamos a venir”. Así era Repetto, esto podía pasar por igual en Trujillo, Puno o Huancayo.

Cómo no recordar ahora su apoyo, su respaldo infinito en toda mi vida como gestor cultural, desde el Centro Cultural Ricardo Palma en que hicimos tantos eventos, o en la Municipalidad de Lima Metropolitana, en el CIOFF, en el Museo Metropolitano de Lima o en la Comisión de Cultura  del Congreso… pero nada como cuando lo acompañé en su gestión en el INC.

Lo recuerdo vívidamente, una mañana de verano de 1999 llegamos un grupo de  entusiastas, gente de la Beneficencia, de Telefónica y la Municipalidad de Lima al viejo Cementerio Presbítero Maestro, Lucho nos había convocado porque iniciaba sus movidas para recuperarlo, hicimos un recorrido, hizo las explicaciones del caso y al momento de despedirnos me dijo “Tengo que hablar contigo, vamos a Escribanos a tomar un café y conversamos”.

Así fue, coincidimos en el café y me soltó la gran noticia: “Me han llamado de Palacio, quieren que sea Director del INC – me dijo – pero no sé si aceptar…”. En ese momento empezamos a soñar, a imaginar todo lo que se podría hacer, la oportunidad que eso significaba, nos llegó la hora de almorzar y seguimos soñando, al final me dijo “Es una oportunidad extraordinaria, si acepto quiero que me acompañes…”. No dude un instante en aceptar.

Finalmente así fue, e iniciamos la más extraordinaria aventura. Prácticamente vivíamos en el Museo de la Nación, que bajo la dirección de Javier Luna brillaba como nunca, Lucho ponía el ritmo al trabajo, a veces frenético, a un compás que era difícil de seguir, los eventos, los viajes, las inauguraciones, la música, la danza, la artesanía, el teatro, el cine, el patrimonio, la gente… el Perú, casi dos años duro esta aventura quijotesca, tantas veces saboteada e incomprendida…

¡Cuántas cosas que agradecer y recordar! Su sonrisa de niño y sus abrazos emocionados cada vez que lo ayudaba a conseguir el financiamiento de sus afiches por el Día de los Museos, fue una especie de acuerdo tácito, cada año cuando faltaba poco para mayo, lo iba a buscar a Riva Agüero, le comentaba entonces que tal institución o tal otra había aceptado hacer el afiche y celebrábamos, era un pequeño logro que lo hacía feliz…

Así fue esta entrañable amistad que incluso nos unió espiritualmente. Cómo no recordar sus lágrimas y su emoción, cuando en la puerta de nuestra casa, al llegar a la serenata a Santa Rosa de Lima, mi esposa Fátima  y yo le pedimos que sea el padrino de nuestro pequeño Joaquín que estaba por nacer, se lo contó a todo el mundo, hizo mil y un comentarios divertidos, su alegría fue desbordante esa noche… Cuando se acercaba la fecha me llamó por teléfono y me dijo “Acompáñame para hacer los capillos, no me quiero equivocar, te espero a las tres de la tarde en la calle Mantas”, esa era un juego o código que teníamos, citarnos en el centro usando los nombres de las antiguas calles, entonces cuando me veía llegar soltaba la carcajada, “A muy pocos se les puede hablar así…” decía “Ya la gente no conoce Lima”.

Así se pasaron cuatro décadas de amistad que resumo ahora confusa y desordenadamente, aún sin procesar el dolor de su partida, aún sin acostumbrarme a la idea que ya no sonará el teléfono y será él con una broma, que no volveremos a caminar por el centro, a un chifa en Capón o un sánguche en Carbone, que ya no llegará puntual cada 28 de noviembre con su torta para Joaquín, que no volveré a pedirle un consejo, una opinión, un contacto, que no volveremos a reír recordando cuando se llevó la radiola de mi casa al Museo de la electricidad, o cuando el busto de Tello llegó en moto a Pachacamac…

Por eso repito ahora lo que tanto pensé al saber de su partida ¡Lucho Repetto no puede morir!

Y así será, vivirá en cada retablo, en cada mate, en una marinera, un huaylarsh o un Qorilazo, en las manos agrietadas de cada artesano al que supo darle su lugar, en las viejas calles de Lima, en sus museos, en las ceras de la semana santa de Ayacucho, en las malokas de la selva, en un amanecer en el Colca o un atardecer en el Amazonas, en las cruces de camino, en la Fiesta del Carmen de Barrios Altos, en la Oficina de Barranco o la humilde serenata a Santa Rosa de Lima de mi casa…

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