LEY DE IGUALDAD DE OPORTUNIDADES ENTRE HOMBRES Y MUJERES. RECUPERANDO EL SENTIDO COMÚN
IGUALDAD SIN IDEOLOGÍA

Por: Luciano Revoredo
La aprobación de la Ley de Igualdad de Oportunidades entre Hombres y Mujeres por parte del Congreso de la República marca un punto de inflexión histórico en el debate cultural y político del Perú. No se trata simplemente de una norma administrativa más, sino del cierre de un ciclo de imposiciones ideológicas que durante años distorsionó el significado mismo de la igualdad ante la ley. Con esta ley, el país vuelve a afirmar una verdad elemental: hombres y mujeres tienen igual dignidad y derechos, pero no son lo mismo, ni biológica ni antropológicamente.
Durante más de una década, el llamado “enfoque de género” fue utilizado como caballo de Troya para introducir en las políticas públicas una visión radical del ser humano: la ideología de género. Bajo el pretexto de combatir la discriminación, se promovió desde el Estado una doctrina que niega la biología, relativiza el sexo y pretende que la identidad es una construcción subjetiva desvinculada del cuerpo. Esta agenda no fue aprobada por los ciudadanos ni debatida democráticamente; fue impuesta por tecnócratas, consultores internacionales y una red de ONG que viven de fondos de cooperación y del conflicto permanente.
La nueva ley rompe con ese esquema. Reconoce que la igualdad de oportunidades debe construirse sobre la realidad, no sobre ficciones ideológicas. La mujer no necesita que se le diga que es una “construcción social” para ser respetada; necesita seguridad, educación, trabajo digno y protección frente a la violencia. Y el hombre no es un “opresor estructural” por naturaleza, sino un ciudadano con deberes y derechos. La ley vuelve a poner a ambos en el centro, como personas, no como categorías ideológicas enfrentadas.
Las ONG feministas han reaccionado con el libreto de siempre: hablan de “retrocesos”, “alertas internacionales” y “amenazas a los derechos humanos”. Pero lo que en realidad defienden es su monopolio sobre el discurso público y su capacidad de capturar presupuestos estatales. Durante años, estas organizaciones actuaron como una suerte de poder paralelo, influyendo en ministerios, currículos escolares y políticas públicas sin haber pasado jamás por las urnas. Hoy ven peligrar ese poder, y por eso gritan.
Defender la biología no es discriminación; es sentido común. La ciencia es clara: existen dos sexos, masculino y femenino, determinados por la naturaleza. A partir de esa realidad se construye la maternidad, la paternidad, la familia y, en buena medida, la continuidad misma de la sociedad. Negar esto no libera a nadie; solo genera confusión, especialmente en los niños y adolescentes, que han sido los principales perjudicados de esta ingeniería social promovida desde el Estado.
La ley de igualdad de oportunidades devuelve el debate a su cauce correcto. Igualdad no significa uniformidad, ni borrar las diferencias, ni imponer una visión militante de la sexualidad. Significa que una mujer debe tener las mismas posibilidades que un hombre para estudiar, trabajar, emprender y participar en la vida pública. Y eso se logra con políticas serias, no con consignas ideológicas importadas.
El Congreso, al aprobar esta norma, ha enviado un mensaje claro: el Perú no está dispuesto a seguir siendo laboratorio de experimentos culturales ajenos a su historia, su ciencia y su sentido común. Se puede —y se debe— combatir la violencia contra la mujer, la discriminación y las injusticias reales, sin entregar el Estado a una ideología que divide, enfrenta y confunde.
Resulta lamentable, además, que una ley tan elemental haya tenido que ser aprobada por insistencia del Congreso. El presidente Jerí perdió una oportunidad histórica de poner las cosas en su sitio y ejercer liderazgo frente al chantaje ideológico. En lugar de promulgarla con convicción, optó por ceder a la presión de las ONG feministas, las mismas que durante la campaña intentaron impedir su llegada al gobierno, llegando incluso a lanzar acusaciones tan graves como infundadas, hasta tildarlo de violador. Que un jefe de Estado se deje arrinconar por quienes no representan a nadie en las urnas revela la profundidad del problema: un aparato de activismo que cree tener derecho a vetar decisiones democráticas. Por eso, aunque la ley haya salido adelante, queda el sabor amargo de una oportunidad política desperdiciada.
Hoy gana la igualdad verdadera. Pierde la ideología. Y gana, sobre todo, el Perú.






Parece que alguien teme a Virginia Woolf. Y por eso se abstuvo. Pobre.