Política

LA COORDINADORA REPUBLICANA Y EL MOMENTO ACTUAL

Por: Ángel Delgado Silva

Producido el golpe de Estado del 30 de septiembre, la Coordinadora Republicana, como tantas otras instituciones de la sociedad civil, condenó la ruptura del orden constitucional, señalando que el Estado de Derecho había periclitado en el Perú. En su lugar se erige un régimen de facto, fundado en la fuerza incondicionada y no en la norma jurídica. Técnicamente ya no se gobierna, simplemente se manda. Desapareció la auctoritas –como decían los antiguos. Por ello, en vez del presidente democrático tenemos a un autócrata. O, más sencillo, un dictador, aunque se disfrace con cualquier título.

Es importante caracterizar al momento actual y nombrar correctamente a los poderes emergentes. Así evitaremos confusiones penosas. Pero más importante será resistir a las pretensiones autoritarias y recuperar la democracia, apelando a todos los medios de lucha legítimos. Esperamos confluir con otros movimientos ciudadanos y partidos democráticos, participando en las sucesivas jornadas republicana hacia adelante.

Sin embargo debemos superar lo coyuntural e ir más allá. Porque no se explica lo sucedido por desencuentros y desvaríos en las alturas del poder. No asistimos a una  mera disputa partidaria desde Poderes del Estado enfrentados. Por el contrario, afirmamos que, tras esos pueriles juegos de tronos, anida un proyecto totalitario que persigue erosionar los fundamentos de nuestra República, casi bicentenaria.

La Coordinadora Republicana surgió a raíz del pronunciamiento ciudadano del 22 de mayo del año en curso. En dicho texto condenábamos tres peligrosas manifestaciones instaladas en el régimen democrático, las cuales proliferaron aceleradamente gracias al aliento de la cúpula del poder.

Desde ya eran inocultables: 1) las apelaciones cada vez más frecuentes a la democracia plebiscitaria, 2) la práctica intensiva de judicializar la actividad política para perseguir a los adversarios y 3) el avance exponencial de un pensamiento fundamentalista y moralizante destinado a destruir la tradición nacional, el valor de la familia y la libertad de las personas frente al Estado.

¡Qué no quepa duda! Tales evidencias jamás serán asuntos circunstanciales, carentes de repercusión y enjundia. Por el contrario, revelan la naturaleza perversa del ataque contra hitos medulares del régimen republicano.  La llamada democracia plebiscitaria combate la centralidad de la idea de representación política, nacida del sufragio ciudadano y desconoce el peso de las instituciones, en nombre de la “acción directa de las masas” o en su versión light, de las encuestas de opinión. El fundamento del golpe vizcarrista ha sido el descontento callejero, el supuesto clamor del país, que el dictador asume encarnar.

Por su parte, la criminalización penal de la política destruye uno de los pilares del orden republicano: la justicia como imparcialidad. Los organismos jurisdiccionales ya no imparten justicia, sino dictados del poder de turno. Las investigaciones y sentencias judiciales son armas contra los opositores y garantía de impunidad para los amigos del poder. Han convertido la prisión preventiva en una regla atroz; mientras los delitos de lavado de activos y organización criminal –vaciados de contenido y carente de límites claros– se aplican arbitrariamente a aquellos que se quiere incriminar de antemano.

Y nada más extraño para la República que un pensamiento único dominante, sostenido en reivindicaciones identitarias de grupos minoritarios, pero que sin escrúpulos pretenden imponerse a la Nación, aprovechando su presencia en organismos del Estado, medios de comunicación y organizaciones no gubernamentales, ONG.     

Luego del golpe de Estado las condiciones para el asalto a la República están dadas. En los próximos cuatro meses con Decretos de Urgencia buscarán afirmar su modelo de dominación, comprando conciencias y desarmando las estructuras republicanas. En las elecciones de enero del 2020, con la plata y los aparatos del Gobierno, tentarán una mayoría para permitir la reelección del Dictador y cambiar partes sustantivas de la Constitución. Entretanto arreciará la persecución fiscal contra los disidentes y tendremos más prisiones preventivas  dictadas por magistrados venales. Y para cerrar el círculo dictatorial la gran prensa será cada vez más esquiva con las voces independientes.

Necesitamos una inmensa entereza moral para resistir estos embates. La lucha no se contrae a un personaje que, después de todo, no pasa de ser una anécdota de poca monta, en la historia del Perú. El problema, el verdadero reto republicano, es resistir, luchar y oponerse al totalitarismo en marcha.

No faltarán los ingenuos que se rían de esta advertencia. Fue la misma risa de quienes hace 20 años celebraban la victoria y los avances de Chávez, en la entonces Venezuela democrática. La dictadura chavista no sacó tanques a la calle ni cerró periódicos, radios y televisoras. Siempre avanzó en su giro autoritario con elecciones y consultas a la población, mientras silenciaba a los medios con medidas tributarias y administrativas. Chávez no fue comunista de primera hora; era el militar recto y duro para erradicar la corrupción y enterrar a los partidos de la IV República. Por eso recabó apoyo entre las clases medias, los empresarios y los medios de comunicación. ¡Todos esos han trocado su risa en llanto desconsolado, pero muy tarde, demasiado tarde!

Aprendamos de las experiencias ajenas para no repetirlas. El cáncer siempre tiene síntomas pequeñitos. Atacarlo en ese momento garantiza que no avance. Y evitaremos transitar por el trágico camino venezolano!. ¡El pueblo tiene la palabra!.

 

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