Política

HACIA LA REPÚBLICA DE NUEVA CONVIVENCIA: UN VISTAZO AL PENSAMIENTO VIZCARRA

Composición: La Abeja.

Por: César Félix Sánchez.

El viernes, el presidente Vizcarra anunció la ampliación de la cuarentena obligatoria y estado de emergencia hasta el 30 de junio, convirtiéndose así la cuarentena peruana en la más larga y estricta del mundo, superando incluso a la de Wuhan, zona cero del coronavirus, que duró dos meses y medio. Si así son los «buenos resultados» de las «estrategias de contención» llevadas a cabo (min. 12:41), no quiero saber cómo serán los malos.

Pero más allá de ser una muestra de antología del clásico estilo vizcarrino –que pasa de la cólera aguantada tras su tradicional mueca y del «dorar la píldora» con eufemismos y ambigüedades a, luego de varios minutos, las aclaraciones destempladas y las retas a la plebe embrutecida– este mensaje ha revelado mucho de la verdadera entraña del Gobierno y servirá de insumo para encontrar la raíz política profunda del fracaso mundial de la lucha del Perú contra el Covid-19, cuando se escriba la historia de este periodo.

En primer lugar, el presidente insistió que esta nueva ampliación era «más amplia (…) más integral» y que ya «no solo es no salgas de tu casa, sino qué equilibrio queremos encontrar». Es por eso que el nuevo decreto es mucho más extenso, menos técnico y más holístico y lleva el orwelliano y filosófico título de «Ciudadanía hacia una nueva convivencia social».

Pero más orwelliana aún fue la presentación de estas nuevas medidas. Allí, el Amado Líder señaló que había que, en primer lugar, «cambiar sistemas de comportamiento social» «que han hecho mucho daño a la sociedad y a los países en su conjunto», «comportamientos de carácter individual, egoísta, donde prima solamente el bienestar de uno, dejando de lado lo que pase (sic) a nuestro costado, a nuestro alrededor», [pues] «es precisamente lo que nos ha llevado a esta situación, no solamente al Perú sino al mundo».

¿En verdad los «comportamientos de carácter individual» nos han llevado a esta situación al Perú y al mundo? No, evidentemente, sino la negligencia culpable del colectivismo totalitario chino que, más allá de los misterios del origen del coronavirus, demoró tanto en actuar como en informar a la comunidad internacional sobre el brote.

Pero el Individuo Cósmico-Histórico continuó con su homilía: «Debemos ir a una nueva convivencia, una nueva convivencia que nos permita como sociedad ser más solidarios, que nos permita ser más responsables, también más disciplinados, respetando las normas mínimas de comportamiento para no hacer daño a las personas que más queremos (….) una nueva convivencia que considere y respete el medio ambiente».

Así que ya sabemos por dónde van los tiros. Vizcarra ahora pretende ser una especie de reformador social de la egoísta e individualista sociedad peruana. Y el Covid-19 ha caído del cielo para implementar tan nobles designios en aras de un colectivismo borroso que acabe por lograr lo que ni Bolívar, ni Velasco ni Abimael pudieron: disciplinarnos.

Solo tengo una pregunta: ¿quién alimentaba a los cientos de caminantes que pasaban la noche en las inmediaciones del Grupo Aéreo N. 8? Pues nada más ni nada menos que los insolidarios e individualistas peruanos de la urbanización Bocanegra de El Callao. Familias comunes y corrientes, en muchos casos quizá solo un poco menos pobres que los refugiados de la cuarentena contrahecha, que se organizaron para regalarles un plato de comida y una botella de agua. Y así ha habido innumerables casos de solidaridad por parte de la sociedad peruana.

Porque la población peruana, aunque Vizcarra y su corte milagrosa lo ignoren, es un pueblo comunitario y solidario, que hizo incluso de este último un principio fundamental, tanto en la cosmovisión tradicional andina como en la doctrina social católica, una forma de acción y de supervivencia comunitaria ante la ausencia o la acción perniciosa de las autoridades estatales: la minka faena. Quizá, como en otros lugares urbanizados y densamente poblados, en las ciudades se note menos, pero incluso en el densificado Callao se vieron actos de gran solidaridad. Pero lo cierto es que, detrás de tanto humo utópico, se esconde la permanente cólera de Vizcarra ante su fracaso.

Y ¡ay del que no quiera colaborar! El Supremo Líder concluyó que «nadie se puede poner de costado ante una situación como esta» porque hay que contar con la «colaboración de toda la ciudadanía» pues «tenemos que aprender a transitar hacia una nueva convivencia». Quizá habría que ir consiguiendo un uniforme mao biodegradable, un barbijo rojo y una bicicleta para este nuevo equilibrio estratégico.

Pero por si este despilfarro delirante de tiempo televisivo en cadena nacional no fuera suficiente, veamos lo que dijo el general Walter Martos, ministro de Defensa, al momento en que el generalísimo Vizcarra le cedió la palabra: «Si todos nosotros los peruanos tuviésemos la cultura del respeto a la norma, lo único que tendría que pedir el Gobierno es hacer un autoaislamiento, desafortunadamente hay una gran mayoría de nosotros que no tiene internalizado (sic) esta cultura del respeto a la norma» (min. 49).

¿Tan seguro está que la «gran mayoría de nosotros» no tiene internalizada una cultura del respeto a la norma? ¿Sabrá acaso el general que los datos de movilidad globales indican que el Perú tuvo durante la cuarentena una reducción de tránsito de, en promedio, -64%, comparado con un -53% de Colombia; colocándose, en lo que respecta al tránsito automotor, en uno de los países más inmovilizados del hemisferio, que es aún más significativa si contamos con el gigantesco parque automotor limeño? ¿Y que eso comprueba la constatación espontánea de todo el Perú que, en el primer mes de cuarentena, largamente se obedecieron las disposiciones del Gobierno?

Porque en el Perú no tuvimos a los 40,000 ciudadanos que en el feriado del 1 de mayo salieron de Santiago de Chile a Valparaíso, ni tampoco tenemos a manifestantes en las zonas periféricas apedreando a la policía en protesta contra el hambre engendrado por una cuarentena suavísima y mucho más breve en comparación con la nuestra. Los peruanos tendrían muchísimas más razones para protestar, no solo en los barrios periféricos sino en los mismos hospitales, pero aun así, no lo hacen. Los caminantes, pudiendo entregarse a un saqueo famélico, prefirieron marchar llevando la bandera del Perú, rogando solamente que los dejen regresar a sus lugares de origen. La «gran mayoría» de los salvajes inciviles, según Martos, permaneció en paz, sin caer en ningún desorden, quizá incluso cuando aquí habría sido más comprensible hacerlo.

Incluso los desavisados y frívolos intervenidos en las primeras semanas por violar la cuarentena, no se comparan a los españoles o franceses, cuyo desenfado a la hora de cumplir con cuarentenas, aun en los primeros días fue bastante más significativo. Es que no tenemos respeto a las normas, pues.

Seguidamente, Martos puso como ejemplo a Cajamarca contrastándola con Lambayeque. Según él, en Cajamarca «las autoridades depusieron sus intereses personales (…) y la población responsablemente ha acatado las medidas», mientras que en Lambayeque no. De ahí que «en Cajamarca la pandemia está totalmente controlada» (min. 50:46). Pero lo curioso es que si uno revisa los datos de movilidad, ¡Cajamarca se movilizó más que Lambayeque durante la cuarentena! Si bien es cierto que estos datos no revelan absolutamente todos los tipos de movilidad presentes en el Perú, la razón del mejor desempeño de Cajamarca obedece principalmente a la llamada «bendición de la altura», que hace que incluso lugares como Juliaca, famosos por su altísimo respeto a las normas, tengan totalmente controlado al COVID.

Sin embargo, creámosle al general Martos: en Cajamarca la pandemia está totalmente controlada. ¿Y si es así por qué sigue estando bajo cuarentena? ¿Por qué un niño de Cutervo o Celendín, sin fácil acceso a la muy inútil y muy perniciosa educación a distancia del Gobierno, no puede retomar sus clases y acabará por perder el año escolar en la práctica? ¿Por qué esa región no puede retomar su vida religiosa, económica y social normal? ¿Cree Vizcarra que sus «protocolos» son practicables o siquiera necesarios allí? Esa misma pregunta se la hacen los apurimeños, los huancavelicanos, los arequipeños, los puneños y los cusqueños. Y nadie encuentra la respuesta. Salvo, claro está, la creciente conjetura de que nos encontramos ante un experimento social e ideológico antes que a una medida dictada por la realidad y la razón.

En conclusión: para el Gobierno, los esfuerzos de la población son totalmente suyos y sus errores son todos atribuibles a la población. Pero eso no es el mayor grado de irrespeto e insulto al Perú en el que cayeron Vizcarra y compañía en este mensaje. Lo peor fue ver cómo el Gobierno aprovecha la tragedia presente para manifestar su deseo de infundir al Perú una nueva cultura revolucionaria, un nuevo estilo de vida permanente post-covid, gaseoso y ridículo, pero con cierto tufillo totalitario, de hacer de él una «república de nueva convivencia» y amenazar veladamente a los «malos peruanos» que no se pliegan a sus caprichos y que ponen «zancadillas» con la «crítica artera». Y esto va más allá de su mandato constitucional, incluso en estado de emergencia.

Parece entonces que para Vizcarra, que supuestamente goza del 80% de aprobación ciudadana según IPSOS, las columnas de algunos medios y un par de programas de televisión son «zancadillas» en su heroica lucha contra el Covid-19. Qué sensible. Qué diría si tuviera que enfrentar protestas como Piñera o Áñez. Pero hay que tener mucho cuidado, ya que están apareciendo en nuestro país algunas costumbres chinas, como atacar con trolls y bots las noticias incómodas hasta «bajarse» sus páginas. ¿Quién habrá financiado, ordenado y organizado tal ataque? Misterios de los tiempos que corren.

Contaba Miguel Cruchaga Belaunde que, en el avión de regreso a Roma luego de su visita al Perú de 1985, el papa Juan Pablo II le dijo lo siguiente: «El pueblo peruano es muy noble, pero cuando un pueblo noble se cansa de esperar lo que se avecina es terrible». Esperemos que la medida no haya sido colmada todavía.

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