Política

GOBIERNE SEÑOR PRESIDENTE

Por: Gabriela Pacheco

“Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran pandilla de bandidos?”

San Agustín

En el Libro de los Reyes, leemos que Dios concedió a Salomón un deseo con ocasión de su coronación, éste le pidió humildemente que le diese un corazón dócil para que sepa juzgar a su pueblo y “que sepa distinguir entre el bien y mal”[1].

Hoy en día nos enfrentamos a la misma disyuntiva, ¿cómo distinguir entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo aparente? ¿Cómo reconocer lo que es justo? Igual que Salomón, el presidente se enfrenta al mismo conflicto, especialmente está entre el cumplimiento de la ley y su ejercicio político.

Los filósofos griegos consideraban que la motivación principal del político o del gobernante no debería ser buscar el éxito o la popularidad y menos aún el beneficio económico, sino que debería tener como principal compromiso el ejercicio de la justicia para crear condiciones para una convivencia en paz.

Naturalmente, un político busca el renombre y el aplauso de aprobación, sin el cual no tendría la posibilidad de una acertada acción política. Sin embargo, su conducta, que a menudo olvida, está sujeta a la aplicación de la justicia, al respeto y a la comprensión del derecho sobre todo a la Constitución.

Sencillamente, servir al derecho y combatir la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. Tal como la conducta personal que se regula hacia el bien supremo del hombre, surge la pregunta si la moral de la sociedad política y del Estado, está ordenada hacia el bien común, hacia el bien del pueblo.

La política es el ejercicio de la razón, de una razón regida por la moral, fundamentada en principios éticos, en ideales de la dialéctica democrática y en la búsqueda de un amplio consenso con aquellos a quienes les importa la defensa de la vida, la libertad, la custodia de la verdad y del bien de la familia, la solidaridad con los necesitados y la búsqueda del bien común.

Sin embargo, vivimos en un momento histórico en el cual se ha perdido la razón moral, en la que los gobernantes han fracasado en su capacidad de servir a la sociedad y que por ambición de mando o de riqueza, están sometidos a un juego de poder poniendo en riesgo la dignidad del hombre, la defensa del orden jurídico y el cumplimiento de la Constitución.

Nos enfrentamos ante problemas que no solo son políticos o sociales, sino antropológicos y morales. Se han cimentado los paradigmas ideológicos de género que pretenden ser la respuesta “científica” a la afectividad y a la sexualidad, que aunados a la difusión de un indefinido relativismo cultural y de un individualismo utilitarista y hedonista han debilitado la democracia favoreciendo el dominio de poderes extranjeros y la desestimación de la ética.

En nombre de la libertad y la autonomía, se pasa sobre la moral, se le reduce a lo personal y se le elude en los ámbitos públicos. Cuando se niega la posibilidad para todos de referirse a una verdad objetiva, el diálogo se hace imposible y la intransigencia, declarada u oculta, se convierte en la regla para las relaciones humanas.

Un buen gobernante sabe que no puede ni debe apartarse de la comunidad política para establecer su autoridad; el presidente no debe gobernar de espaldas al pueblo sino se convertiría en un tirano.

Si el mandatario se convierte en un tirano y usa el poder para interferir en la autonomía de otros poderes, ¿no daña al mismo pueblo que lo eligió? ¿y no estaríamos frente a una clara afrenta contra el mismo derecho constitucional?

Ningún gobierno puede ni debe convertirse en instrumento de destrucción del derecho, tampoco pisotear la Constitución y menos intervenir en el Congreso o comisión “sugiriendo”, dando “recomendaciones” menos amenazas ni ultimátum.

Contra la imposición dictatorial del gobierno que afecta a la justicia y al bien común, demos una respuesta desde la Constitución y el respeto al estado de derecho. Hoy más que nunca la ciudadanía tiene un fuerte compromiso para resguardar el orden desde una insurgencia civil y exigir a sus representantes que actúen en convicción y con principios sin dejarse manipular.

¿Qué sucedería si hoy al presidente Vizcarra se le concediese formular un deseo? ¿Qué pediría? Pienso que, también hoy como al inicio de su mandato, no podría desear otra cosa, tener la sabiduría de distinguir el bien del mal, así establecer un verdadero derecho, servir a la justicia y la paz, para pasar a la historia como un gobernante justo y respetuoso de la ley.

 

[1] 1 R 3,9

Dejar una respuesta