
Por Luciano Revoredo
El fútbol peruano, está siendo apuñalado por un villano que llegó con promesas de justicia: el VAR. Ese sistema que iba a ser la salvación del arbitraje, el ojo de halcón que pondría fin a las polémicas, se ha convertido en el protagonista que cada fin de semana nos regala un nuevo capítulo de absurdo. Y, como siempre, el que paga los platos rotos es el equipo que más corazones mueve en este país: Universitario de Deportes.
Porque, nos estamos acostumbrando a que no hay partido importante, sin que a la “U” le anulen un gol con el pretexto de un milímetro, un glúteo o un dedo del pie que, según el VAR, estaba en “fuera de juego”.
La semana pasada, en Huancayo, la “U” sufrió el primer golpe. Un gol de Álex Valera, perfectamente válido para cualquier ojo humano que no esté cegado por la tecnología, fue anulado por un supuesto offside de José Carabalí. ¿La prueba? Un trazado de líneas absolutamente torpe. La indignación crema fue unánime: desde los hinchas en las tribunas hasta los directivos. Franco Velazco, administrador de la “U”, no se mordió la lengua y habló de “intereses disfrazados” y “perjuicios económicos” que buscan evitar que el equipo más grande del fútbol peruano logre el tricampeonato sin pasar por los playoffs. Y no es para menos: cada punto cuenta, y cada gol anulado afecta.
Pero si creíamos que lo de Huancayo fue el colmo, el clásico del domingo contra Alianza Lima nos demostró que el VAR siempre puede superarse en su capacidad de destruir el fútbol. Esta vez, el gol anulado a Valera fue el centro de una discusión que rozó lo absurdo. Los programas deportivos de la televisión y las redes sociales se llenaron de “expertos” analizando si los glúteos de Hernán Barcos o el pie de Valera estaban más allá o más acá de una línea virtual que, para ser sinceros, estaba mal enfocada por la cámara y peor trazada.
¿En qué momento el fútbol peruano se convirtió en un debate anatómico sobre el trasero del “Pirata” Barcos? El reconocido periodista Alberto Beingolea, con su habitual vehemencia, dedicó un segmento de su programa a diseccionar la jugada, como si estuviera resolviendo un crimen en CSI. Líneas para acá, líneas para allá, zooms a los glúteos de Barcos donde la parte blanca de su camiseta se confunde con el crema de la de Valera, y una conclusión que nadie esperaba: “¡El poto del Pirata era la clave para definir un offside que no existió!”.
Jugar sometidos al mal manejo del VAR y los pésimos arbitrajes se ha convertido en una especie de ruleta rusa, en la que últimamente le caen todas las balas a Universitario. Porque no es casualidad que, partido tras partido, los goles anulados caigan siempre del lado crema.
Y así, el fútbol peruano se hunde en un pantano de polémicas absurdas. Los programas deportivos, que deberían estar analizando tácticas, jugadas y goles, se han convertido en foros de geometría avanzada donde se discute si la rodilla de un jugador estaba un milímetro más adelante que la sombra del defensa.
Las redes sociales no se quedan atrás: tuits iracundos de hinchas cremas, y hasta hilos de Twitter que parecen tratados de física cuántica para explicar un offside. Y mientras tanto, la “U” sigue luchando contra un sistema que parece diseñado para frenarla. Como dijo Álvaro Barco, director deportivo: “Acá hay algo raro que está pasando. Ya paren la mano”.
Universitario, con su garra y su historia, no se va a rendir. Pero alguien tiene que ponerle freno a este despropósito. Porque si seguimos así, el próximo clásico no se va a decidir en la cancha, sino en un laboratorio forense.





