
Por: Luciano Revoredo
El texto “Rosa de Lima, enraizamiento y misticismo” del cardenal Carlos Castillo Mattasoglio, publicado por el Arzobispado de Lima, pretende ofrecer una reflexión teológica sobre la figura de Santa Rosa de Lima, la primera santa de América. Sin embargo, un análisis riguroso revela que el texto está profundamente impregnado de las tendencias progresistas y del sesgo ideológico característico de la teología de la liberación, lo que lo aleja de la ortodoxia católica y distorsiona la espiritualidad de la santa, denigrándola al centrar toda su interpretación teológica de prejuicios progresistas.
Ane la cercanía del 30 de agosto, fiesta de nuestra santa limeña, vemos pertinente este análisis del texto del cardenal Castillo a la luz del magisterio de la iglesia. Una crítica, fundamentada en la fe católica inmutable y en la Tradición, expone las graves falencias del texto de Castillo Mattasoglio y su peligroso desvío hacia un enfoque secularizado y sociopolítico.
Desde las primeras líneas, el artículo de monseñor Castillo adopta un enfoque que privilegia el contexto social e histórico de Santa Rosa de Lima por encima de su dimensión sobrenatural.
Si bien es legítimo considerar el entorno en el que vivió la santa, el autor exagera esta perspectiva hasta el punto de reducir su vida mística a una mera reacción frente a las dinámicas sociales de la Lima colonial.
Esta aproximación historicista, típica de la teología de la liberación, subordina la acción de la gracia divina a las condiciones materiales y sociales, como si la santidad de Rosa fuera un producto de su tiempo más que un reflejo de su unión con Dios.
La Tradición católica, en cambio, nos enseña que la santidad trasciende las circunstancias temporales. Santa Rosa, como modelo de vida consagrada y misticismo, vivió para Cristo, no para reformar las estructuras sociales de su época. Su vida de oración, penitencia y caridad no puede ser interpretada como una respuesta primaria a la opresión social, sino como un testimonio de la primacía de lo sobrenatural.
Al presentar a Rosa como una “mística criolla” enraizada en su contexto, Castillo Mattasoglio desvía la atención de su vocación trascendente y la somete a una lectura ideológica que la convierte en un símbolo de resistencia social, un enfoque más propio de la sociología marxista que de la teología católica.
Castillo Mattasoglio enfatiza la solidaridad de Santa Rosa con los marginados (indios, negros, esclavos) de una manera que sugiere que su santidad se define principalmente por su compromiso social.
Esta interpretación no solo es reductiva, sino que también distorsiona la esencia de su vida espiritual. La Congregación para la Doctrina de la Fe, en su instrucción Libertatis Nuntius (1984), advirtió contra las interpretaciones que reducen el Evangelio a una lucha por la justicia social, desvirtuando la centralidad de la redención espiritual.
Santa Rosa no fue una activista social en el sentido moderno, sino una mística que buscaba la unión con Cristo crucificado. Su caridad hacia los necesitados era una consecuencia de su amor a Dios, no una militancia política contra las estructuras de su tiempo. Al presentar a Rosa como un ícono de la lucha contra la opresión, Castillo Mattasoglio proyecta sobre ella una agenda progresista que responde más a las inquietudes políticas del progresismo actual que a la realidad del siglo XVI o XVII.
Otro punto de grave preocupación es la forma en que el artículo minimiza las prácticas penitenciales de Santa Rosa, un elemento central de su espiritualidad. La santa es conocida por sus rigurosas mortificaciones, que ofrecía a Dios por la conversión de los pecadores y la salvación de las almas. Sin embargo, Castillo Mattasoglio parece incómodo con esta dimensión de su vida, relegándola a un segundo plano o interpretándola como una expresión cultural de su época, en lugar de reconocerla como un acto de amor heroico hacia Cristo.
Esta reticencia a valorar la penitencia refleja una mentalidad modernista que rechaza los aspectos más exigentes de la espiritualidad católica tradicional. La teología de la liberación, con su énfasis en la “liberación” terrenal, tiende a desestimar las prácticas ascéticas como reliquias de una religiosidad obsoleta. Sin embargo, la Tradición de la Iglesia, desde los Padres del Desierto hasta los grandes místicos, ha afirmado siempre el valor redentor del sacrificio personal. Al ignorar este aspecto, el autor no solo desvirtúa la figura de Santa Rosa, sino que priva a los fieles de un modelo de santidad que invita a la conversión radical y a la imitación de Cristo en la cruz.
El texto que nos ocupa también revela una visión eclesial que prioriza lo comunitario y lo horizontal por encima de la dimensión vertical de la fe. Si bien la caridad y el servicio a los demás son esenciales en la vida cristiana, la insistencia de Castillo Mattasoglio en presentar a Santa Rosa como un modelo de “solidaridad” y “enraizamiento” social corre el riesgo de eclipsar su relación íntima con Dios.
La espiritualidad de Rosa de Lima no puede entenderse sin su profunda vida de oración y su consagración total a Cristo, aspectos que el artículo menciona de pasada, pero no desarrolla con la profundidad que merecen.
Esta visión desequilibrada es típica de la teología de la liberación, que a menudo exalta la dimensión comunitaria de la Iglesia a expensas de su carácter sobrenatural y jerárquico.
La Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, no es una mera comunidad de solidaridad humana, sino una institución divina ordenada a la salvación de las almas. Al presentar a Santa Rosa como una figura casi exclusivamente vinculada a los marginados, Castillo Mattasoglio reduce la misión de la Iglesia a una ONG caritativa, un error que San Juan Pablo II y Benedicto XVI condenaron enérgicamente.
Finalmente, el artículo de Castillo carece de un anclaje sólido en la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Aunque cita investigaciones históricas y teológicas, estas referencias parecen seleccionadas para apoyar una narrativa preconcebida, en lugar de iluminar la verdad de la fe católica.
La ausencia de una conexión explícita con los documentos magisteriales sobre la santidad, como los de los concilios o las encíclicas papales, es una omisión grave que debilita la autoridad teológica del texto.
Un teólogo católico esperaría que cualquier reflexión sobre una santa como Rosa de Lima estuviera profundamente arraigada en las enseñanzas de la Iglesia, desde el Concilio de Trento hasta los pronunciamientos recientes del Magisterio. En cambio, el artículo de Castillo Mattasoglio se apoya en interpretaciones subjetivas y en un marco ideológico que privilegia la perspectiva sociopolítica sobre la verdad revelada.
El artículo de Carlos Castillo Mattasoglio sobre Santa Rosa de Lima, en suma, es un ejemplo preocupante de cómo las tendencias progresistas y la teología de la liberación pueden distorsionar la riqueza de la espiritualidad católica.
Al reducir la vida de la santa a un símbolo de resistencia social, minimizar su penitencia y misticismo, y subordinar su santidad a un contexto histórico, el autor traiciona la esencia de la fe católica y desorienta a los fieles.
Los católicos limeños, debemos rechazar estas interpretaciones que desvían la atención de lo sobrenatural y más bien centrarnos en reafirmar la centralidad de Cristo, la Cruz y la Tradición en toda reflexión teológica.
Santa Rosa de Lima merece ser honrada como lo que fue: una virgen consagrada, una mística inflamada de amor por Dios, y no como una figura cooptada por agendas ideológicas modernas.






En lugar de supuestos análisis, basados en el marxismo, lo que debería hacer el arzobispado de Lima, es publicar las cartas completas de Santa Rosa de Lima. Se tiene un buen ejemplo en el oficio de lecturas que corresponde a la festividad de la Santa.
Qué importante es, ver las cosas a la luz de Dios, y no a la oscuridad de los errores humanos. Todo lo tenemos en la Revelación en la vida de Jesucristo. Recemos y recemos por los pastores para que no metan los lobos en el redil de las ovejas. A Dios toda la gloria, y a los hombres la Paz.