La columna del Director

EL DESPLANTE DE PAOLO GUERRERO Y LA GRANDEZA DEL PUMA CARRANZA

Por: Luciano Revoredo

Hay actitudes que, por injustas, terminan revelando más sobre quien las realiza que sobre quien las recibe. Hace poco, el fútbol peruano asistió a un desplante inesperado. Una desagradable reacción de Paolo Guerrero para minimizar la figura de José Luis Carranza. Guerrero no solo desconoce la historia de Universitario de Deportes, sino que ignora lo que significa la palabra Ídolo en una época donde la lealtad es un bien escaso. Y olvida también cuantas veces el mismo Puma se ha referido al propio Guerrero como un crack.

El Puma no es un referente. Un referente es alguien que puede ser un hito o hasta un modelo; un ídolo es alguien a quien se tiene como figura de culto, como mito. Y Carranza es, sin lugar a dudas, el único ídolo vivo de la “U”.

Para entender al Puma hay que entender el barrio. Su historia es la narrativa del chico que fue rescatado por el club y que, en gratitud, decidió entregarle la vida. El niño que aprendió a querer a esa mítica camiseta y que “con el tiempo se enfermó de sus colores”. Mientras el fútbol moderno es una pasarela de mercenarios que besan escudos según el contrato de turno y las cifras en un cheque frío como su pecho, Carranza nos regaló una anomalía romántica, 20 años con una sola camiseta. La trayectoria de Guerrero puede ser brillante, pero no es un ídolo en ninguno de los equipos por los que ha pasado y menos que ninguno en Alianza a donde ha venido a los 40 años a dar sus últimos pasos y su último aliento, solo antes del retiro.

El Puma no jugaba al fútbol; él representaba una ética. Sus movimientos en la cancha no buscaban la elegancia estética, sino la eficacia del sacrificio. Si Lolo Fernández es el génesis y está en el olimpo crema, el Puma es su brazo armado, su escudero moral, el protector del dogma. Él encarnó la Garra Crema no como un eslogan de marketing, sino como una forma de vida.

Su frase más célebre “A mí me dieron un colchón y yo devolví títulos” resume una era. El Puma vivió en el viejo estadio Lolo Fernández de Breña. Durmió bajo las tribunas, respiró el olor de los viejos tablones y del césped a veces escaso, desde la adolescencia. Por eso, cuando salía a la cancha, no defendía tres puntos; defendía su casa, su techo, su familia y su modo de vida.

Ese amor incondicional es lo que lo conecta con la hinchada más fiel. El fanático de la U se ve reflejado en Carranza porque él es ídolo e hincha a la vez y logró saltar de los partidos en la pista del barrio con dos piedras por arco, al césped de la gloria crema sin perder la esencia. Es el que rechazó ofertas del extranjero y de equipos rivales simplemente porque no concebía la existencia fuera del universo de Lolo Fernández, Toto Terry, Héctor Chumpitaz, Roberto Chale, Ángel Uribe o Germán Leguía. Esa es una nobleza que el dinero no puede comprar y que los trofeos europeos por grandes que sean no pueden opacar.

Minimizar su trayectoria es olvidar los ocho títulos nacionales, el tricampeonato y los más de 600 partidos donde su presencia intimidaba al rival y daba paz al compañero. El Puma fue el capitán espiritual que entendía que en Universitario no basta con jugar bien, hay que saber ganar con el corazón en la mano, porque tienes la camiseta más grande, con esa vocal sagrada en el pecho y encarnas la fe y el sentimiento de millones que cuentan cada día para ver a la U triunfar.

Hoy, frente a los desdenes de la modernidad y de quienes miden la grandeza por el brillo de las cámaras, el Puma se yergue como un monumento a la identidad y la fidelidad a un ideal.

En la jerarquía del sentimiento crema, el orden es inalterable: primero Lolo, el mito fundacional; y luego el Puma, el ídolo de carne y hueso que camina entre nosotros. Un hombre que no necesitó irse para ser grande, porque su grandeza consistió, precisamente, en quedarse para siempre.

 

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