
Por: Alfredo Gildemeister
El 31 de diciembre pasado concluyó el año 2020, un año que la humanidad difícilmente olvidará, un año en que pareciera que la mano divina de Dios le diera un buen sacudón al ser humano para que reflexione y reconsidere el sentido ultimo de la vida, un vuelco a lo esencial y mas importante como lo es la vida, la familia, la amistad, los valores y por qué no decirlo, la muerte misma y su sentido último, la precariedad de la vida humana, y deje de lado ese afán desmesurado y egoísta por el poder, el dinero, esa manía por lo sexual y todo placer como fin último. ¿Habrá aprendido algo la humanidad? Solo cada ser humano lo sabe. ¿Ha terminado esta larga pesadilla de encierros, cuarentenas, soledad, contagios y muertes? Lamentablemente no. De allí que el nuevo año 2021 se presente totalmente cargado de incertidumbre. Nadie sabe cuándo terminará esta pandemia. Ni siquiera los mejores científicos del mundo.
Cuando ya parecía que comenzaba a terminar esta pesadilla, comienza a surgir una nueva cepa y sabe Dios, cuantas mas estarán apareciendo por allí. La esperanza de muchos está en las posibles vacunas, y digo posibles, puesto que no existe una sola vacuna que asegure en un 100% su efectividad y protección. Es más, muchos piensan que las vacunas que ya son “aptas” para su aplicación, no han cumplido con todos los protocolos o fases previas de prueba y debido a la desesperación y presión de los países del mundo, los laboratorios -lo cuales esperan lograr pingues ganancias pues es un excelente negocio- se han “saltado” a la torera varias pruebas más. Una vacuna normalmente toma años elaborarla, probarla, etc. No se crea en cuestión de meses. El tiempo nos dirá si las supuestas “vacunas” -para nosotros son meros supuestos- serán efectivas o no. Veremos.
De otro lado, en el Perú concluyó un año realmente nefasto y desastroso en general, y no solo por la pandemia. Desde el golpe de Estado de Vizcarra el 30 de setiembre del 2019 se dio inicio a un gobierno dictatorial con un mero “revestimiento” democrático, que legisló en base a decretos de urgencia y luego decretos legislativos, inclusive con el nuevo Congreso, que resultó peor que el anterior. Un gobierno sin programa económico alguno y en donde la corrupción imperó -y sigue imperando- a sus anchas, en donde las principales instituciones y poderes del Estado fueron siendo controlados uno a uno (Fiscalía, Procuraduría, Contraloría, Tribunal Constitucional, Poder Judicial, etc.) para beneficio de Odebrecht y sus aliados, estableciéndose un “régimen” de impunidad o blindaje descarado para los implicados con Odebrecht y, de otro lado, una también descarada persecución política para otros. EL pésimo manejo de la pandemia y la política populista de Vizcarra basada en mentiras diarias emitidas en sus mensajes de “nos estamos esforzando” del mediodía, datos falsos, promesas falsas y las absurdas -y sospechosas- medidas de compras de las inútiles pruebas rápidas, rechazo de pruebas moleculares, donaciones de máquinas generadoras de oxígeno, mascarillas, etc., acompañado de una populista y fracasada “política” de otorgamiento de bonos como cancha -sin ton ni son-, originó que nuestras reservas internacionales se dedujeran a niveles de tragedia. Un grave olvido de Vizcarra fue el no contar con que al menos existe un 70% de informalidad en el país por lo que con bonos no iba a solucionar nada.
¿Cuál fue el resultado? Ninguno. Hoy, comenzando el año 2021 estamos igual y peor que el lunes 16 de marzo de 2020, fecha en que comenzó la cuarentena y el estado de emergencia en el país. Miles de empresas y negocios cerrados, clausurados, en quiebra, etc. con el consiguiente desempleo o remuneraciones bajo suspensión perfecta -que al final es lo mismo que estar desempleado-, cientos de miles de desempleados, más pobreza y miseria y una economía totalmente paralizada, en un proceso de franco retroceso acelerado hacia los años 80 y con el gran sector informal luchando por sobrevivir. Para algunos, esta crisis es peor que la que nos dejó la Guerra del Pacifico.
Posteriormente la vacancia de Vizcarra -la breve presidencia de Merino- y el advenimiento de un gobierno de extrema izquierda -por no decir comunista- en el Ejecutivo con un Sagasti que nadie eligió y una Mesa Directiva en el Congreso con una presidente de la misma línea comunista -que también nadie eligió-, están logrando que el país vaya al garete y a peor. Hoy las turbas mandan -mediante el bloqueo de carreteras- y ordenan prácticamente al gobernó débil y timorato, lo que debe hacer o no hacer, así como al Congreso indicándole qué leyes debe derogar y cuales promulgar, etc. En paralelo se humilla y maltrata a la Policía Nacional quitándole toda autoridad, deponiendo a sus generales y nombrando a otros inmerecidamente, achacándole la culpa de todo a la Policía, etc. En resumen, no hay gobierno, no hay autoridad y las turbas mandan.
¿Se espera que las próximas elecciones del 11 de abril de 2021 “solucionen” esta situación, con un nuevo gobierno y un nuevo Congreso, que por “arte de magia” resuelvan los graves y urgentes problemas que afectan al país? ¿Quién nos asegura unas elecciones claras y transparentes? ¿Los mismos que permiten que postulen Vizcarra, Humala o Sagasti o que permiten que ESSALUD ponga logos con fondo de color morado? Muchos ingenuamente así lo creen. Sin embargo, el panorama para este año 2021 es totalmente incierto. De allí que nos encontremos ante un año de incertidumbre en todo sentido. Por incertidumbre el Diccionario de la RAE entiende lo siguiente: “Falta de seguridad, de confianza o de certeza sobre algo, especialmente cuando crea inquietud”. Ante esta incertidumbre, las inversiones están paralizadas y lo seguirán por un buen tiempo, hasta que éste y el futuro gobierno demuestren capacidad, liderazgo y tenga un programa claro y coherente de lo que se debe hacer en lo económico, salud, educación y seguridad para comenzar.
Por lo pronto no se ve la luz al final del túnel. Se vive en un clima de gran inquietud, incertidumbre e inseguridad, pues nadie le cree al presidente ni a sus ministros ni a nadie. El desgobierno y la falta absoluta de autoridad -en algunas partes del país rayando en la anarquía- cunde por doquier. Esperemos que las cosas mejoren, pero por el momento, el nuevo año 2021 es el de la incertidumbre absoluta. De nosotros peruanos dependerá que esto cambie. En las próximas elecciones -Dios quiera claras y transparentes- hay que elegir bien, no queda otra. Después no se quejen ni lloren…





