
Por: Luis F. Yunis
La primera vez que escuché la palabra ¡MORAL! fue a gritos cuando cumplía mi servicio militar, por aquél entonces, obligatorio. No recuerdo haberla estudiado en el colegio o que algún profesor nos explicara su significado. En casi todo el año que estuve subiendo y bajando cerros, corriendo de aquí para allá, caminando de día y de noche o cumpliendo ejercicios físicos exigentes, oía en todo momento ¡SUBA LA MORAL! ¡LA MORAL DEBE ESTAR AL MÁXIMO! ¡LEVANTE LA MORAL!, pero jamás nos explicaron qué era moral, qué significaba moral; simplemente la asumimos como una fuerza interior para no dejarse vencer por las adversidades, ni por el enemigo.
Al poco tiempo de salir del servicio militar ingresé a las filas de la siempre gloriosa Policía de Investigaciones del Perú, y nuevamente la palabra MORAL salió a relucir por parte de los instructores y cadetes de años superiores, especialmente en la etapa de adoctrinamiento. Sin duda mi moral estaba en la cresta de la ola por haber alcanzado una vacante y porque consideraba tener ventaja sobre lo que implicaba esa palabra, pero, aún sin que nos dijeran nada sobre su significado, todos mis compañeros de promoción, cumpliendo las órdenes sudorosos, temerosos y nerviosos, también asumieron que esa palabra entrañaba un poder interior ilimitado para superar los obstáculos, contratiempos y estar alerta a lo que podría venir.
Con los excelentes profesores del viejo CINPIP el significado de la palabra moral fue mostrándose en toda su dimensión desde la perspectiva criminológica, filosófica, sociológica, humana y absolutamente social, pero lamentablemente no se evaluó la perspectiva política. Se estudiaba el comportamiento humano en cuanto al bien, el mal, lo justo, lo correcto, lo injusto, la conciencia, la intimidad del sujeto, la tipología criminalística, el equilibrio psicológico, la verdad y obviamente el amor a la patria y los valores sagrados que se exige de quienes están dispuestos a ofrendar sus vidas en defensa de ella; pero, desafortunadamente no se profundizó en los antivalores, como la soberbia, la parcialidad, el odio, la envidia, la falsedad, la traición, la mentira, la deslealtad, la deshonestidad, la impunidad y otros tantos tan de moda en estos tiempos, que tiene a nuestro país en un jaque permanente. El Honor y la Lealtad, lo era todo.
En las clases universitarias esa palabra moral se tocó tangencialmente y casi pasó hasta desapercibida, pero ella me acompañó en mis momentos de cansancio y fatiga para insistir en tres frentes: asumir mi condición de padre de familia, prestar servicios a la institución y culminar los nuevos estudios empezados; sin embargo, mientras una parte de la población se exigía para superarse, cumplir su deber y seguir avanzando en lograr objetivos, paralelamente y en forma subrepticia, otro grupo de todos los niveles y profesiones hacía de las suyas sacando ventajas de las circunstancias políticas y del desorden social, tal es así, que a medida que los años han trascurrido se ha evidenciado que lo inmoral vino en aumento y que los antivalores ganaron espacio trastocando instituciones públicas y privadas, medios de comunicación, tapar la boca a profesionales de renombre, sobornar a líderes y grupos políticos, y todo ello sin que haya una contención o reserva moral intensa y fuerte que le ponga el alto a ese gigantesco tsunami que viene desordenando, confundiendo y dividiendo a los peruanos. Obviamente hay exiguas excepciones, pero contados con los dedos de la mano.
Y esa ausencia de moral ha permitido que el país esté tomado por los caviares de la izquierda engreída y arrogante que consideran como propio enrumbar nuestro destino a puerto inseguro a cambio de cómodas posiciones personales. De tal manera, que ahora le vienen facilitando el camino a aquellos seudo líderes de pensamiento obsoleto marxista leninista que pretenden tomar el poder absoluto para imponer una asamblea constituyente, destrozar el estado de derecho, la economía y lo poco que queda de democracia y sumirnos en el caos y la desgracia, razón por la cual, me pregunto iracunda pero reflexivamente ¿Dónde está ese instinto interior de criterio y poder ilimitado de carácter nacional que comprende la moral pública para hacer frente a esta amenaza que se cierne sobre nuestra vida democrática?
¿Dónde está la moral de nuestros hombres y mujeres del país para exigirle explicaciones a quienes adrede están conduciendo las instituciones representativas de la ley electoral hacia la izquierda nefasta? ¿Dónde están los demócratas, los que desean la libertad, el progreso y el desarrollo? ¿Dónde quedó el sentido común, el criterio y la visión de futuro que deseamos para nuestro país? ¿Dónde están los miles de militares y policías que a diario entonaron el somos libres, seámoslo siempre, y que sin duda conocen la palabra moral? ¿Dónde está el discernimiento, la conciencia, el equilibrio y el poder de ciudadano libre y responsable? ¿Dónde está el amor por el Perú? Cada quien es libre de responder, pero sugiero despertar la moral y a su buen amigo el criterio, quien siempre camina con la conciencia…antes de que sea demasiado tarde para arrepentirse.
No soy el adalid de los valores y menos el abanderado, pero cuando se trata de ponerse la camiseta del Perú y de defender al país no dudo en amparar, proteger y resguardar sus sagrados intereses, tal como lo hice siempre activamente ayer combatiendo la delincuencia y el terrorismo, y hoy lo hago participando en las marchas pacíficas; en escribir, aunque nadie lo lea y en levantar mi voz, aunque nadie me escuche. La palabra MORAL sigue viva en mi interior. ¡Viva el Perú!





