Cultura

DESPUÉS DE LA SOSPECHA, EL DELIRIO

Por Alain de Benoist
Bajo la influencia de lo políticamente correcto, el neofeminismo alucinado y el neorracialismo obnubilado por lo cutáneo, lo político se convierte ahora en psiquiátrico. Objetivo: acusar a lo “blanco” en nombre de la superioridad negra y a lo “hetero” en nombre de una misandria asociada a la idea de que la distinción masculino-femenino ya no sirve para nada.
 
Purgar el mundo de lo “blanco”. El New York Times ha mostrado el camino con la decisión de escribir “Negro” con mayúscula y “blanco” con minúscula. En 2020, L´Oréal anunció que retiraba la expresión “blanqueador” de todos sus productos. La empresa Lockheed Martin envía a sus mandos a cursos donde se deconstruye su “cultura de hombres blancos” y se les ayuda a expiar su “privilegio blanco”. Coca-Cola empuja a sus empleados a ser “menos blancos”. En Chicago, la alcaldesa negra y lesbiana ha decidido no conceder más entrevistas a periodistas blancos. La lucha se extiende hasta la alimentación, para combatir “la utilización de costumbres alimenticias que refuerzan lo blanco como identidad racial dominante”. Se espera que los blancos se prosternen y pidan perdón.
 
El gran hospicio occidental
 
La Historia Antigua, considerada “nociva”, debe desaparecer. La Universidad de Harvard ya ha suprimido su departamento de estudios clásicos. La de Princeton ha renunciado a que esos estudios sean obligatorios. Los profesoras entonan el mea culpa . Un profesor titular de historia de Roma en Stanford espera que “la asignatura desaparezca” ya que “lo blanco está en las entrañas mismas de los autores clásicos”. Dona Zuckerberg, de Princeton, apela a “destruir todo en la hoguera”. En Wake Forest proponen un curso de “reeducación cultural” para deconstruir “los prejuicios según los que griegos y romanos eran blancos”. 
 
Después de destruir las estatuas, ahora se “descolonizan” las bibliotecas y las editoriales. Tras la petición de los “correctores sensibles”, encargados de corregir los manuscritos para que “no ofendan a ningún lector”, las escenas problemáticas deben ser advertidas antes. Las películas, series o novelas policíacas deben otorgan ahora los mejores roles a las minorías raciales y sexuales, mientras que los malos son siempre hombres blancos racistas y misóginos.
 
La otra prioridad consiste en romper con la “masculinidad tóxica” y de liberarse de una heterosexualidad considerada como una “ficción política” mediante la que se realizó la “dominación colonial”. Los juguetes con “género” son poco a poco prohibidos y los parques de Disney proponen ya “disfraces de género fluido”. La literatura infantil y juvenil se reescribe para hacer desaparecer los “estereotipos”. Como Blancanieves es demasiado blanca, en Disney van a rodar una nueva versión donde será interpretada por una mestiza, y donde el príncipe azul le evitará el traumatismo de despertarse con un beso “no consentido”. A los realizadores se les dice que creen superhéroes obesos y discapacitados.
 
Apoyados por lobbies sin ninguna legitimidad democrática, aplaudidos por la clac de los amigos del desastre, los actores de la vigilancia “woke” son los descendientes de la Guardia Roja de la “Gran Revolución cultural” china, pero también de un calvinismo puritano atormentado por la pureza moral y la expiación ilimitada. Se dedican a la negación de la realidad ya que no aceptan ni el mundo tal y como es ni los hombres tal y como son. Sueñan con una historia moral impuesta por la policía de los sentimientos. Por eso transforman la sociedad en una montaña de susceptibilidades, proclaman la primacía de lo justo sobre el bien y practican la negación del ser en nombre del deber-ser.
 
Por supuesto, estamos ante personas enloquecidas. Los especialistas saben bien que la mitad, por lo menos, de los bípedos que viven en nuestro planeta están más o menos desequilibrados. La CIA estima que el coste de las enfermedades mentales será colosal en los años venideros. Edward Limonov hablaba del “gran hospicio occidental”. Habría sido mejor si hubiera hablado de un hospicio psiquiátrico… donde los locos se han hecho con el poder.
© Éléments 

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