
Por: Sylvain MacAllister
I. El hombre que enterró la guerra
En marzo de 1945, mientras Berlín ardía y el Tercer Reich se desmoronaba como un decorado de cartón bajo la lluvia, un general delgado, de rostro afilado y ojos de contable, descendía hacia los Alpes bávaros con un convoy de cajas metálicas. No llevaba oro. No llevaba obras de arte robadas. Llevaba algo infinitamente más valioso: microfilmes.
Reinhard Gehlen, jefe del Fremde Heere Ost —Ejércitos Extranjeros del Este, el servicio de inteligencia militar alemán en el frente soviético—, había comprendido lo que Hitler se negaba a aceptar: la guerra estaba perdida. Pero Gehlen, nacido en Erfurt en 1902, hijo de un librero, oficial de carrera sin carisma pero con una memoria prodigiosa para los detalles, gran astucia, sabía también otra cosa. Sabía que la próxima guerra ya había comenzado, aunque nadie hubiera disparado todavía el primer tiro. Y en esa guerra —la fría, la silenciosa, la de sombras— él tenía algo que vender.
Enterró sus archivos en cincuenta pequeños contenedores estancos, dispersos en praderas alpinas que solo él y un puñado de sus adherentes conocían. Luego se puso un uniforme nazi limpio, esperó a los americanos, y el 22 de mayo de 1945 se entregó en Baviera con la osadía de quien no se rinde, sino que negocia.
El sargento estadounidense que lo recibió no tenía idea quién era. Gehlen tuvo que insistir tercamente, casi ofendido, para que lo llevaran ante un oficial de inteligencia. Cuando por fin logró ser escuchado, pronunció la frase que definiría la siguiente década:
—“Tengo lo que ustedes no tienen: los ojos puestos dentro de la Unión Soviética”.
II. La paradoja
Detengámonos aquí, porque la Historia rara vez ofrece una ironía tan perfecta.
Estados Unidos había cruzado un océano, sacrificado a cuatrocientos mil de sus hijos y bombardeado con miles de toneladas de bombas y oleadas de centenares de bombarderos —hasta arrasar ciudades enteras, incluídos incontables civiles— media Europa para destruir el nazismo. Sus soldados habían abierto las puertas de Buchenwald y Dachau, habían visto algunos hornos todavía tibios, los cuerpos apilados como leña. En Núremberg, sus fiscales preparaban en medio de malabares jurídicos la acusación contra los jerarcas del Reich por unos novedosos crímenes contra la humanidad.
Y sin embargo, apenas semanas después de la victoria, ese mismo gobierno —con dólares del contribuyente americano— comenzó a pagar salarios a oficiales de la Wehrmacht, de las SS, del SD y de la Gestapo. Los vencedores contrataron a los vencidos. Los cazadores de nazis, en un edificio, redactaban órdenes de captura; en el edificio de al lado, otros funcionarios del mismo gobierbo estadounidense firmaban los cheques de pago de esos hombres con el mismo uniforme y quehaceres de guerra.
¿Cómo fue posible? ¿Maquiavelo superado? La respuesta tiene dos capas, y ambas conviene mirarlas de frente.
La primera fue la ideología utilitarista, esa diosa pagana a la que todos los imperios terminan rindiendo culto. Washington despertó del sueño de la victoria y descubrió, con pánico, que no tenía un solo espía confiable al este del Elba. Ni redes, ni mapas, ni traductores, ni desertores catalogados. Nada. Algunos generales como Douglas MacArthur se había cansado de advertirlo, sin que fueran oídos. Gehlen tenía todo eso, enterrado en los Alpes y Baviera. En la balanza del pragmatismo, cincuenta contenedores de microfilmes pesaban más que millones de muertos.
El pragmatismo, al reducir la verdad y el bien a lo que “funciona”, se equipara al maquiavelismo en su núcleo inmoral: ambos subordinan los principios éticos a la eficacia de los resultados, sosteniendo implícitamente que el fin justifica los medios. Está más alla del bien y el mal. El pragmatismo despoja a la ética de todo criterio universal y trascendente para centrarla en la utilidad inmediata. Lo correcto se disuelve en lo conveniente, y una acción injusta —mentir, traicionar, explotar, disfrazar, falsificat la historia— queda justificada si “da resultado”, volviendo a la moral vacía y poniendola al servicio de quien la instrumentaliza.
La segunda capa fue ideológica, y es la que la historiografía complaciente, especialmente de los dominantes, suele pasar de puntillas. Resulta que mayor amenaza era la URSS, Para el naciente aparato de la Guerra Fría, el enemigo verdadero, el enemigo de fondo, nunca había sido el nazismo o su pariente más viejo, el fascismo: era el comunismo. El nazismo había sido un rival coyuntural; el bolchevismo era la amenaza existencial al orden capitalista, al modo de vida amaricano, a la Constitución y sus libertades, a la propiedad, al mercado, al mundo tal como Wall Street y el Departamento de Estado lo concebían. Bajo esa lógica, los hombres de Gehlen no eran ya exactamente enemigos derrotados: eran veteranos de la guerra correcta, librada bajo la bandera y la ideología equivocadas. Habían combatido al comunismo antes que nadie, con más ferocidad que nadie, y ese currículum —escrito con sangre en las estepas de Rusia— era precisamente lo que se buscaba. El anticomunismo funcionó como un solvente universal: disolvía biografías, borraba uniformes, purificaba pasados. El capitalismo en pie de guerra no preguntaba de dónde venías; preguntaba a quién odiabas. Y si odiabas a Moscú, había un escritorio y un sueldo esperándote.
Un oficial americano lo resumiría años después con brutal franqueza: “Estaba trabajando con un canalla, pero era nuestro canalla, y su información era oro.”
Casi 70 años después se daría otro caso de colaboracionismo con los nazis. En el proceso de desrusificación de Ukrania, los descendientes ideológicos de los colaboracionistas nazis fueron el eje del gobierno de Kiev. Cerca de trescientos mil ukranianos de los ‘40 fueron Hiwis, parte, del ejercito germano y buena parte de la población apoyó la ocupacion germana de ese tiempo. Nuevamente bajo el manto del pragmatismo, neo nazis del siglo XXI recibirían millonario apoyo económico y logistico, sin investigar el alcance de lo que fue la violencia de la desrusificación y su macabra huella genocida. Todo bajo el manto cobertor de la desinformación.
III. La Organización: anatomía de un pacto
Tras meses de interrogatorios en Fort Hunt, Virginia —donde fue tratado menos como prisionero que como huesped y socio comercial: habitación propia, buena comida, licor, conversaciones de caballero a caballero—, Gehlen regresó a Alemania en julio de 1946 con un firme acuerdo bajo el brazo. El Ejército de Estados Unidos, a través de su G-2, financiaría su aparato de espionaje bajo la llamada “Operación Rusty”. Él, nazi irredento, tendría el mando, elegiría a su gente entre antiguos colaboradores del Reich, no tendría que delatar a sus subordinados ante los tribunales caza nazis US o Aliados, y trabajaría “por el interés de Alemania” —fórmula elástica que le permitía mirarse al espejo cada mañana—. Fue un contrato sin precedentes: un servicio secreto extranjero completo, alquilado con jefe incluido por la potencia que alegaba ser el fiel de la balanza en la victoria sobre el Eje.
Así nació la Organización Gehlen, “la Org”, instalada primero en Oberursel y luego, desde 1947, en un complejo amurallado de Pullach, cerca de Múnich, que había albergado a la plana mayor del aparato nazi. La ironía, otra vez, era arquitectónica: los espías del Reich derrotado volvían a trabajar en los edificios del Reich derrotado, pero ahora con presupuesto en dólares, encubiertos y sirviendo a otra nación.
Por dentro, la Org reprodujo con fidelidad casi nostálgica la estructura de un servicio militar alemán. Gehlen la organizó en direcciones de adquisición y de evaluación: una rama reunía la información bruta —agentes, desertores, refugiados, prisioneros repatriados—, otra la procesaba y convertía en informes pulidos que viajaban a los americanos. Las estaciones de campo operaban bajo cobertura de empresas comerciales inocuas: oficinas de importación, despachos de abogados, negocios de licores. Los agentes usaban criptónimos, la nómina era secreta hasta para los propios financistas, y Gehlen impuso una regla que resultaría cumbre del precio del pragmatismo: los americanos pagaban, pero no podían conocer las identidades reales del personal al que subsidiaban. Compraron un servicio secreto a ciegas. Y hay quien diría, peor que eso.
En 1949, la recién creada CIA —heredera de la disuelta OSS y todavía aprendiendo a caminar— asumió el control del proyecto. Dentro de Langley, la Org quedó bajo la órbita de la Oficina de Operaciones Especiales y contó con un equipo de enlace permanente en Pullach, oficiales americanos que convivían con los alemanes, revisaban sus productos y giraban los fondos: millones de dólares anuales que en los libros contables se disfrazaban bajo rubros anodinos. Hubo desde el inicio dos almas en la CIA respecto a la criatura: los entusiastas, que veían en Gehlen la única ventana hacia el Este, y los escépticos del contraespionaje, que olfateaban el desastre. Algunos oficiales protestaron por escrito: estamos contratando criminales de guerra, advirtieron en memorandos que hoy pueden leerse desclasificados, amarillentos y proféticos. Fueron archivados. La Guerra Fría no tenía tiempo para escrúpulos, y el presupuesto siguió fluyendo.
¿Y a quién reclutó Gehlen con ese dinero? Obviamente a los suyos, a los de su confianza. Al fin y al cabo era los que sabían el oficio de inteligencia.
Llegó Heinz Felfe, exoficial del SD de Dresde. Llegó Willi Krichbaum, antiguo jefe supremo de la Policía Secreta de Fronteras y hombre de confianza de la Gestapo, implicado en deportaciones masivas, que ahora oficiaba como principal reclutador de la Org: el zorro contratando guardias de su especie para el gallinero. Llegó Emil Augsburg, veterano vinculado a los Einsatzgruppen —los escuadrones móviles de exterminio que sembraron fosas comunes por todo el Este europeo—, reconvertido en respetable “experto en asuntos soviéticos”. Llegaron exoficiales de las SS con números tatuados en la memoria de sus víctimas, burócratas del terror, interrogadores que habían perfeccionado su técnica en sótanos sin ventanas. Se calcula que centenares de hombres con pasado en las SS, el SD y la Gestapo pasaron por la nómina estadounidense. La mayoría se cambiaba el nombre, se lavaban la biografía con documentos nuevos, y volvían a lo único que sabían hacer: vigilar, infiltrar, traicionar, y dado el caso matar.
Y no era un fenómeno aislado. En paralelo, la Operación Paperclip llevaba a Estados Unidos a los científicos del Reich a los que pudieron echar mano. Wernher von Braun, el padre del cohete V-2 construido con mano de obra esclava, Kurt Debus , awakter Dornberger, Hans Heinning a la cabeza, y mil seiscientos cientificos y técnicos más con la rubrica nazi sobre sus frentes fueron llevados a EEUU y reubicados. Mientras en Lyon el “carnicero” Klaus Barbie, torturador de la Resistencia francesa, cobraba del contraespionaje militar americano antes de ser exfiltrado a Bolivia por la llamada “ruta de las ratas”. No es fácil de creer lo que la ideología del pragmatismo puede hacer. El que los soviéticos procedieran en modo semejante, no cambia nada. La Org era solo la pieza más grande de un pacto tácito y continental, que se extendía a otras areas: el pasado se perdonaba y olvidaba a cambio de valor de utilidad.
IV. La amnistía silenciosa: de criminales a artesanos
Hay que decirlo sin eufemismos, porque los eufemismos fueron precisamente el instrumento del encubrimiento: los posibles crímenes de guerra, que así se les llamó, de todos estos hombres jamás fueron investigados. No es que las investigaciones fracasaran. Es que nunca comenzaron.
El mecanismo fue de una eficacia escalofriante. Cuando un recluta de la Org aparecía en alguna lista de búsqueda aliada, su expediente simplemente se extraviaba, desaparecía. Cuando los cazadores de criminales de guerra del propio Ejército americano seguían una pista que conducía a Pullach, una llamada telefónica desde una oficina superior cerraba el caso “por razones de seguridad nacional”. El proceso de desnazificación —esa gran liturgia moral publicitada en la posguerra— tenía una puerta trasera, y la llave la tenía la inteligencia y su ideología pragmática. Hombres que en 1945 figuraban en registros de sospechosos criminales recibían en 1947 certificados de limpieza política, los célebres Persilscheine, llamados así con humor negro por la marca de detergente: papeles que dejaban las biografías blancas, inmaculadas, listas para el servicio del nuevo amo.
La transformación era casi alquímica. El interrogador de la Gestapo que había arrancado confesiones a golpes se convertía en “especialista en técnicas de interrogatorio”. El oficial del SD que había catalogado judíos para la deportación devenía “analista de fichas y archivos”. El veterano de los Einsatzgruppen que conocía Ucrania porque había hecho sus pininos allí, pasaba a ser “experto regional de primer nivel”. El vocabulario burocrático operó como una máquina de lavar almas: donde decía verdugo, escríbase técnico; donde decía criminal, escríbase artesano de la inteligencia. Y es que lo eran, en el sentido más perturbador: artesanos. Hombres de oficio, meticulosos, formados en la mejor escuela de espionaje y represión de Europa. El horror los había vuelto competentes, y la competencia los volvió contratables.
Las víctimas, mientras tanto, no tuvieron ventanilla donde reclamar. Los sobrevivientes que reconocían un rostro no encontraban fiscal que los escuchara. Los archivos que podían incriminar dormían en cajas fuertes de Pullach o de Washington, clasificados, sellados, protegidos por la razón de Estado. Pasarían más de cinco décadas —hasta las leyes de desclasificación de crímenes de guerra nazis en Estados Unidos, ya entrado el nuevo siglo— para que los documentos confirmaran lo que siempre se sospechó: la CIA sabía, siempre supo. Sabía quiénes eran, sabía qué habían hecho, y decidió que no importaba. ¡Pragmatismo como visión del mundo!
Para entonces, casi todos los implicados habían muerto en sus camas, con pensión, en casas con jardín, algunos condecorados, algunos tras ocupar altos puestos. La justicia llegó cuando ya solo podía juzgar fantasmas.
Esa es quizá la segunda paradoja, más amarga que la primera: no solo se contrató a los hombres del Reich; se les regaló lo único que Núremberg había prometido negarles: la impunidad.
V. El gusano en la manzana: retrato de un traidor
Durante años, la Org pareció un éxito. Miles de empleados, redes tras el Telón de Acero, informes que aterrizaban en los escritorios de Washington. Gehlen, apodado ya “el hombre gris”, cultivaba su leyenda: jamás se dejaba fotografiar, cambiaba de rutas y de coches, hablaba en susurros.
Pero la Org llevaba dentro su propia condena, y era de una lógica implacable: los hombres que habían traicionado una vez podían traicionar dos veces. Y Moscú lo comprendió antes que nadie. ¿Qué mejor candidato para el chantaje que un hombre con crímenes que ocultar? ¿Qué mejor recluta que un resentido?
Heinz Felfe fue la obra maestra de esa comprensión, y merece que nos detengamos en él, porque su vida es la novela que ningún editor habría aceptado por inverosímil.
Nacido en Dresde en 1918, hijo de un policía, Felfe ingresó joven a las SS y sirvió en el SD, el servicio de seguridad del Reich, donde aprendió los rudimentos del oficio: la paciencia, el archivo, doblez. Era un hombre de aspecto anodino —rostro redondo, gafas, la sonrisa suave de un empleado de banco— y de una inteligencia fría que sus superiores subestimaron siempre, para su desgracia. En febrero de 1945 ocurrió el hecho que, según él mismo contaría, partió su vida en dos: más de mil quinientos bombarderos aliados , en cuatro oleadas, arrasaron Dresde, su ciudad, una ciudad civil, en una tormenta de bombas —3,900 toneladas altamente explosivas e incendiarias— que la dejó practicamente aplanada. Fue considerado un trauma moral de la 2da. guerra. Felfe decía que eran palabras. Que ellas no revivirían a los cerca de treinta mil no combatientes muertos. Alimentó desde entonces un rencor visceral contra los angloamericanos, un odio existencial, personal, hecho de calles de infancia convertidas en ceniza, de personas y conocidos borrados de la existencia.
Los soviéticos, que sabían leer los rencores ajenos como partituras, lo captaron hacia 1951. La KGB le asignó un objetivo de manual: infiltrar la Organización Gehlen. Fue casi humillantemente fácil. Su pasado en el SD, lejos de ser un obstáculo, fue su carta de presentación: en Pullach, un veterano del aparato nazi era un colega, no un sospechoso. Willi Krichbaum —el reclutador con pasado de Gestapo, él mismo comprometido con el Este— le abrió la puerta. El sistema de complicidades que la Org había construido para proteger a los suyos funcionó a la perfección: protegió al topo.
Y Felfe ascendió. Vaya si ascendió. Trabajador incansable, siempre dispuesto a ser voluntario, fue escalando hasta dirigir nada menos que el departamento de contraespionaje contra la Unión Soviética. Léase de nuevo, despacio: el hombre encargado de cazar a los espías soviéticos dentro del servicio era el espía soviético por exelencia dentro del servicio. Durante una década, Felfe jugó una partida de una audacia vertiginosa. Moscú le fabricaba éxitos a medida —agentes menores sacrificados, informaciones ciertas pero inofensivas— para que su estrella siguiera subiendo en Pullach. Cada ascenso suyo era una inversión soviética. Deslumbraba a Gehlen con operaciones espectaculares que la KGB había escrito de antemano, como un mago cuyo público ignora que el teatro entero pertenece al truco.
El botín fue catastrófico: se estima que Felfe entregó a Moscú más de quince mil documentos clasificados y las identidades de decenas y decenas de agentes occidentales. Hombres y mujeres reclutados con esfuerzo, infiltrados tras el Telón de Acero, desaparecieron en las cárceles del Este —interrogados, quebrados, fusilados algunos— mientras el hombre que los había vendido recibía felicitaciones en Pullach y cultivaba rosas en su casa de Baviera, comprada, detalle exquisito, con dinero de dos servicios secretos enemigos entre sí que le pagaban a la vez.
Cuando finalmente cayó, en noviembre de 1961, delatado por un desertor polaco, el escándalo estremeció a dos gobiernos. Condenado en 1963 a catorce años, cumplió apenas unos pocos: en 1969 fue canjeado y cruzó al Este, donde vivió honrado como héroe, dio clases de criminalística en Berlín oriental y escribió unas memorias sin una sombra de arrepentimiento. Murió en 2008, nonagenario, en su cama. Como casi todos en esta historia.
Los americanos descubrieron entonces el verdadero precio del pacto: buena parte de la inteligencia que habían comprado durante años estaba envenenada, inflada o directamente dictada desde Moscú. Habían pagado por ojos en el Este, y el Este había mirado de vuelta a través de esos mismos ojos.
VI. El general se jubila, la sombra permanece
El 1 de abril de 1956, la Organización Gehlen dejó de ser un negocio americano y se convirtió en institución alemana: el Bundesnachrichtendienst, el BND, servicio federal de inteligencia de la República Federal. La transición fue menos una refundación que un cambio de membrete: los mismos hombres, los mismos despachos de Pullach, los mismos archivos y los mismos secretos, ahora bajo bandera federal alemana y supervisión —nominal— de la Cancillería de Konrad Adenauer. El nuevo Estado democrático alemán heredó, con el edificio, la carcoma: el BND nació con el pecado de su plantilla original, y tardaría décadas —y comisiones de historiadores ya en el siglo XXI— en admitir cuántos de sus fundadores habían servido al aparato de terror del Reich.
Gehlen fue su primer presidente. El hombre que había servido a Hitler, luego a Washington, servía ahora a la democracia de Bonn, completando una de las carreras más elásticas del siglo XX. Se retiró en 1968, erosionado por el caso Felfe, que había demolido su leyenda de maestro de espías. Murió en 1979 junto al lago Starnberg, en Baviera, sin haber respondido jamás por nada de cuanto hizo. Escribió unas memorias donde se pintaba como patriota y visionario. Los archivos desclasificados décadas después contarían otra historia: la de un aparato podrido de antiguos verdugos, penetrado hasta la médula, sostenido por el dinero del país que había jurado extirpar el nazismo de la faz de la tierra.
VII. Epílogo: la aritmética del alma
Queda la pregunta, suspendida como el humo de un cigarrillo en una sala de interrogatorios vacía: ¿valió la pena?
Los defensores dirán que era 1946, que Stalin devoraba media Europa, y amenazaba al mundo libre, que la información no tiene ideología. Los críticos responderán que Estados Unidos no solo contrató criminales: les regaló impunidad, les devolvió poder, sepultó a sus víctimas por segunda vez bajo el sello de “clasificado” por razón de estado, y encima compró mercancía averiada. Ambos bandos tienen sus cifras, sus memorandos, sus argumentos. Pero hay preguntas que la contabilidad no alcanza a responder, y esta es una de ellas.
Porque debajo del debate práctico late otro más viejo, tan viejo como Troya: ¿todo vale en la guerra?
La frase se pronuncia siempre con un encogimiento de hombros, como si fuera una ley de la naturaleza y no una decisión humana. Todo vale en la guerra. Todo vale. Pero examinémosla un momento, porque las frases hechas son los escondites favoritos de la mala conciencia. Si todo vale en la guerra, entonces Núremberg fue un teatro. Si todo vale, los hombres que Estados Unidos juzgó y ahorcó en 1946 no eran criminales sino simplemente perdedores, y su delito fue quedarse sin país y sin nada negociable antes de quedarse sin coartada. Si todo vale, la diferencia entre el verdugo y el juez no es moral: es cronológica, es de poder, es el peso de quien inclina la balanza del bien y el mal. Depende de quién firma el armisticio como triunfador.
Occidente no aceptó jamás esa lógica en voz alta. La rechazó solemnemente, en tribunales, en declaraciones, en cartas fundacionales de organismos internacionales que proclamaban que existen actos que ninguna necesidad justifica, que hay un suelo por debajo del cual ninguna guerra autoriza a excavar. Y sin embargo, en los mismos años en que proclamaba ese principio, lo desmentía en silencio, cheque a cheque, en una oficina de Pullach. Esa es la verdadera herida que deja esta historia: no la hipocresía —la hipocresía es antigua y previsible—, sino la revelación de que la moral pública puede funcionar como una fachada exactamente igual que las empresas de importación tras las que se ocultaban los agentes de Gehlen. Un decorado. Una cobertura. La moral como tapadera de la razón de Estado.
Hay quien defiende el pacto con la excusa del mal menor, y merece ser tomado en serio, porque no es un argumento de cínicos sino de hombres angustiados. Es un argumento con peso propio. Pero es uno que puede ser mal usado.
Decía, más o menos: estamos en 1946, no sabemos si Stalin cruzará el Elba el año próximo, no tenemos ojos en el Este, y este hombre gris, Gehlen, nos ofrece los suyos como red de espionaje. Si rechazamos la oferta por pureza moral y dentro de tres años los tanques soviéticos desfilan por París, ¿habrá servido de algo nuestra pureza? ¿No es también una forma de culpa la inocencia que deja indefensos a los suyos? El argumento tiene fuerza. Los dilemas reales la tienen siempre. Pero contiene una trampa, y la trampa es esta: el mal menor solo es defendible si se lo reconoce como mal. Pero si no se lo nombra, ni se lo acota, y sí se lo paga, la frontera se oscurece demasiado. Lo que ocurrió con la Organización Gehlen fue lo contrario: el mal menor fue rebautizado como bien, los verdugos fueron rebautizados como espías y técnicos de la buena causa, y la deuda moral y de justicia no se pagó jamás; simplemente se clasificó como secreta. El mal menor que no se confiesa deja de ser menor: crece en la oscuridad, como todo lo que se entierra vivo.
Y aquí aparece la segunda palabra del dilema, la hermana pobre de la moralidad: la verdad. Porque esta historia no es solo la historia de un pacto inmoral; es la historia de una verdad secuestrada durante medio siglo. Las víctimas de Krichbaum, de Augsburg, de los cientos de hombres del SD y la Gestapo en nómina, no solo fueron privadas de justicia: fueron privadas de relato. Su voz se asfixió. Durante décadas, sus verdugos existieron en los archivos oficiales como “consultores”, “analistas”, “expertos regionales”. La mentira no fue un accidente del sistema: fue el sistema. Un aparato entero de clasificaciones, sellos y eufemismos construido para que la pregunta “¿quién es este hombre?” no pudiera formularse nunca. Y cuando la verdad por fin salió —desclasificada, tardía, académica—, ya no podía iluminar: los culpables habían muerto, los testigos habían muerto, y la revelación llegó como llegan los telegramas a las casas vacías.
De ahí una lección incómoda: en la guerra de sombras, la primera baja no es la verdad, como reza el tópico. La primera baja es el derecho de los demás a la verdad. Este tipo de servicios secretos no mienten solamente al enemigo; mienten, sobre todo y durante más tiempo, a sus propios ciudadanos, a sus propios parlamentos, a sus propios muertos. El contribuyente americano que pagó la nómina de la Org nunca fue consultado sobre si deseaba financiar a veteranos de los Einsatzgruppen. Se decidió por él, en su nombre, con su dinero, y se le ocultó durante cincuenta años. ¿En qué momento la defensa de una sociedad abierta se vuelve indistinguible de las prácticas de las sociedades cerradas que dice combatir? Esa frontera existe, pero nadie la vigila: es la única frontera de la Guerra Fría que no tuvo muros, ni focos, ni perros.
¿Todo vale, entonces? La historia de la Organización Gehlen sugiere una respuesta que no es un sí ni un no, sino una advertencia: todo lo que se permite, se paga. No siempre en el momento, no siempre en la misma moneda, pero se paga. Estados Unidos pagó con inteligencia envenenada, con redes quemadas, con agentes muertos en cárceles del Este vendidos por los topos que su propio pacto había hecho posible. Alemania pagó con un servicio secreto nacido enfermo, que tardó dos generaciones en mirarse al espejo. Y Occidente entero pagó con algo más difuso pero más duradero: la sospecha, ya imposible de disipar, de que sus principios cotizan en bolsa y se venden cuando sube el miedo. Felfe fue el castigo perfecto porque fue el castigo lógico: un sistema construido sobre la premisa de que la lealtad es negociable fue destruido por un hombre que negoció su lealtad. No hubo justicia poética en ello. Hubo simple elemental coherencia.
Quizá la única moral posible de esta historia sea modesta y áspera, como corresponde: no que la guerra deba librarse con las manos limpias —nadie ha librado nunca una guerra con las manos limpias; de ahí el problema de las guerras—, sino que existe una diferencia abismal entre mancharse las manos y amputar la conciencia. La primera es la tragedia de todo poder; la segunda es su corrupción. Y la línea entre ambas pasa exactamente por la verdad, por la disposición, tarde o temprano, a abrir los archivos, nombrar los nombres, mirar a las víctimas y decir esto hicimos, y esto era. Lo que no se confiesa no se ha terminado. Los cincuenta contenedores que Gehlen enterró en los Alpes fueron desenterrados en unas semanas; los que enterraron sus patrones tardaron medio siglo, y algunos siguen bajo tierra.
Las guerras no terminan cuando callan los cañones: terminan cuando los vencedores dejan de necesitar a los vencidos, y de verdad terminan —si es que terminan— cuando alguien se atreve a contar lo que en verdad costó la victoria.
Esa es la paradoja final, la que ningún monumento conmemora: el Reich perdió la guerra, pero algunos de sus espías nunca perdieron el empleo. Solo cambiaron de amo y de bandera. Y la bandera nueva tenía barras, estrellas, un presupuesto ilimitado, y un cajón cerrado con llave donde guardaba, junto a las nóminas, la parte de su alma que había decidido no mirar.
A fines del siglo anterior, el XIX, un escritor sureño, de ese mismo país sin nombre propio, muy popular, y cargado de moral Mark Twain, habia denunciado las artimañas y toda la guerra gestada contra España a fines de los ochocientos. Para graficar su protesta pintó de negra la bandera y en vez de las estrellas puso en cada lugar pequeñas tibias y calaveras. Conocida como la “bandera de Mark Twain”, propuesta en su ensayo «A la persona sentada en la oscuridad», simboliza la enérgica crítica al imperialismo estadounidense, especialmente contra los territorios españoles y el pirataje del tierras hispanas convertidas luego en colonias de EEUU. Esa oscura bandera sirve como una representación satírica de las graves contradicciones morales de la política de Estados Unidos durante su época de expansión colonial, aunque como se ve por este relato parece una constante mayor.





