
Por: Luciano Revoredo
La política peruana tiene una memoria frágil, pero las hemerotecas y archivos son crueles. Durante meses, la narrativa oficial de la caviarada en torno a Alfonso López Chau se ha esmerado en esculpir la imagen de un académico pulcro, un rector de consenso y un supuesto intelectual de centro-izquierda. Sin embargo, un hallazgo documental reciente, un recorte de una nota publicada en el diario La Prensa el 4 de marzo de 1970, ha levantado esa máscara, revelando que el origen de su trayectoria no está en las aulas, sino en las crónicas policiales de asaltos bancarios.

La historia que el propio López Chau y su entorno han intentado vender es la de un joven idealista perseguido por la dictadura de Velasco Alvarado. No obstante, los registros de la época son irrefutables: en marzo de 1970, López Chau fue capturado como integrante de una célula subversiva que financiaba sus actividades mediante el robo a mano armada. No se trataba de una detención por difusión de ideas, sino por delincuencia común con fines políticos.
El recorte corresponde a la nota titulada “Detienen en La Punta a ‘Camarada John'” y da cuenta de una intervención de la policía en la que fue capturado Juan Cristóbal Suárez Moncada, presunto cabecilla de un grupo relacionado con el asalto al Banco Wiese en la urbanización Sol de Oro, señalando que se encontraba con un arma de fuego y que con él cayeron los demás integrantes de la banda, los que son Carlos Carmona Campos, José Mansilla Linares, Alfonso López Chau Nava y Orlando Bustamante Vergaray”.
Juan Cristóbal Suárez Moncada, cabecilla del grupo, según la nota de La Prensa era hijo político del extremista Marcelino Fonken Piedra, quien según hemos encontrado en una nota aparecida en The New York Times el 19 de julio de 1965, la policía peruana lo vinculó el robo de 10.000 dólares a un banco en Lima en complicidad con guerrilleros procubanos. No llama la atención que estando Funken en prisión, su yerno haya continuado sus actividades subversivas y delictivas en complicidad con López Chau.
Este supuesto pecado de juventud no es un detalle menor. En aquellos años, las células de la izquierda radical que asaltaban bancos para “expropiar” capital constituían el embrión de lo que más tarde sería el terrorismo en el Perú. La transición de la delincuencia ideologizada al terrorismo abierto como el que luego ejercería el MRTA, fue un proceso de vasos comunicantes. Que un candidato a la presidencia haya formado parte de esa génesis criminal exige algo más que una explicación retórica: exige una descalificación moral inmediata.
Este descubrimiento documental también permite comprender sus expresiones sobre Polay Campos y Guzmán Reynoso cuando los califica de luchadores sociales.
Como se sabe, muchas veces en la política, la identidad es un diseño. López Chau ha diseñado una identidad de moderación para ocultar una raíz radical. Su estrategia ha sido el engaño al presentarse como el “académico sereno” para que el electorado no perciba el peligro de sus convicciones originales.
Pero está claro que un hombre que en su juventud consideró legítimo el asalto a mano armada a un banco, que incluso pudo costar vidas, para imponer una visión de mundo, es un hombre cuyo compromiso con la democracia es, por definición, sospechoso.
El título de este artículo no es solo un juego de palabras; es un diagnóstico. Chau, López. Su candidatura no puede sobrevivir a la verdad histórica. El Perú, que ha sufrido décadas de violencia y asaltos a la institucionalidad por parte de quienes creen que el fin justifica los medios, no puede permitirse el lujo de la ingenuidad.
La academia puede otorgar títulos, pero no puede borrar el rastro de la pólvora y el dinero robado. Si López Chau pretende liderar una nación, debe entender que la transparencia no es opcional. Y la transparencia hoy nos dice que mantiene una deuda pendiente con su propia historia que no se paga con discursos, sino con el retiro de la vida pública.
El país no necesita iluminados con pasado de asaltantes. El país necesita orden, verdad y, sobre todo, memoria.







Se venía venir la catadura moral e ideológica de este inefable profesor de pacotilla. La docencia universitaria debe repudiar a este esperpento de profesor.
Vaya, vaya, menos mal que alguien lo ha descubierto a tiempo, no creo que los inefables que llevan a cabo los sospechosos procesos electorales peruanos, se atrevan a poner al sujeto a pelear la segunda vuelta, aunque todo es posible, si conocer la verdad tiene el precio de 17 millones de soles, que un corrupto onpe descaradamente se atreve a pedir para demostrar su transparencia, que metan al que fue capaz de integrar una banda de asaltantes de bancos en segunda vuelta tiene altas probabilidades, no debería ser, pero nada hay imposible, Dios nos libre de esos infames, que no tienen sangre en la cara. No es un ingeniero, sino que está enlazado a la sospechosa escuela de “ciencias sociales” a las que debemos tantos terroristas.