
Por: Luciano Revoredo
Durante demasiado tiempo se nos ha querido convencer de que la fe debe quedarse en la sacristía y que la política es un terreno sucio del que los creyentes deben mantenerse al margen. Esa idea no es cristiana: es profundamente anticristiana. Es la fórmula perfecta para entregar la vida pública a los corruptos, a los cínicos y a los traficantes de ideologías.
La Iglesia nunca ha enseñado que el cristiano deba huir del mundo. Al contrario: Cristo envió a sus discípulos a ser sal y luz en medio de la sociedad. Y eso incluye, necesariamente, la vida pública, la ley, el poder, la justicia, la educación, la economía. No existe un cristianismo auténtico que renuncie a influir en el destino de su pueblo. Se trata de estar en el mundo sin ser del mundo.
Benedicto XVI lo expresó con claridad: la política, cuando se vive como servicio al bien común, es una de las formas más altas de la caridad. Porque gobernar bien es amar al prójimo a gran escala. Es evitar que el niño muera por falta de un hospital, que el anciano sea abandonado, que el trabajador sea explotado o que la familia sea destruida por leyes injustas.
El problema es que muchos católicos, por miedo o por comodidad, han abandonado ese campo de batalla. Han dejado que otros decidan por ellos. Y cuando los buenos se retiran, los malos no solo entran: se adueñan del lugar. Así se explica por qué tantos países hoy son gobernados por élites desconectadas del pueblo, por burócratas sin alma y por ideólogos que desprecian la naturaleza humana.
El Perú no es ajeno a esta tragedia. Hemos visto cómo la corrupción se ha vuelto estructural, cómo el Congreso se ha desprestigiado, cómo el Estado ha sido capturado por intereses privados y por agendas ideológicas importadas. Y mientras tanto, muchos ciudadanos honestos miran desde lejos, indignados pero pasivos. Eso tiene que cambiar.
El laico católico tiene una misión específica en la historia: llevar la fe al mundo real. La Iglesia no funda partidos, pero forma conciencias. Y esas conciencias deben actuar. No basta con rezar por el Perú, hay que comprometerse con él. No basta con lamentar la corrupción: hay que enfrentarla. No basta con defender la familia en conversaciones privadas: hay que hacerlo también en las leyes.
Algunos dicen que la política “contamina” la fe. En realidad, lo que contamina la política es la ausencia de fe. Donde no hay principios, solo hay intereses. Donde no hay verdad, solo hay propaganda. Donde no hay temor de Dios, solo hay abuso de poder.
Un país necesita leyes, pero también necesita almas. Necesita instituciones, pero también necesita virtudes. Y eso es precisamente lo que los católicos estamos llamados a aportar a la vida pública: una visión del hombre que reconoce su dignidad, su fragilidad y su vocación trascendente.
Hoy el Perú necesita católicos que no se escondan. Que no pidan permiso para existir. Que no acepten que la moral sea expulsada de la política. Que entiendan que defender la vida, la familia, la libertad y la verdad es su responsabilidad.






Es cierto, todo gobierno es una teocracia, lo único que hay que preguntar es ¿quién es Theo? en cada gobierno. Porque sino es Jesucristo, es el dinero.