Cultura

ANÓNIMO

Por: Tomás  González Pondal

A más de un profesor le habrá sucedido encontrar algunas hojas de exámenes sin el nombre y apellido de los alumnos que efectuaron la evaluación. Luego, la pregunta de rigor: “¿De quién es este examen? ¿Y este?” Buscamos saber quiénes los hicieron. Hasta tanto sepamos a quienes pertenecen -y de la manera que fuere-, sus autores quedan en el anonimato. Por el momento, esos tales, se presentan en las sombras para nosotros. Es un modo de anonimato. Todos, a su vez, en alguna oportunidad de nuestra vida, hemos leído alguna frase de autor desconocido, y, en su reemplazo, leemos: “Anónimo”. En lo particular, siempre he preferido conocer al responsable de lo que se dijo. Algunos se molestan si ven que alguien le pone su nombre y apellido a una frase inventada; y expresan: “¡Pero quién te crees!” Ponerle la firma propia a una frase, no es creerse nada, es solo dejar registrada una autoría. Y así como a un libro o aun artículo se le pone el nombre de su autor, no veo porqué no hacerlo con una frase. ¿O acaso el pintor estampa su firma sólo en telas grandes y no en las chicas? En las firmas hay cierta cuestión de peso, peso que no encuentro en los anonimatos.

El elemento que aparece sobresaliendo en lo anónimo es la calidad de oculto que tiene. Si bien puede tratarse de anónimos como los referidos en líneas anteriores, también puede tratarse de otros que tienen implicancias muy dañinas. De estos últimos quisiera decir algunas palabras.

Los faranduleros dan prueba de un comportamiento que ha calado muy profundo en las sociedades, conducta muy avivada por ellos mismos: rechazan con grandes enojos los cotilleos que ciertos anónimos pueden decir sobre ellos, mas, están prontos a creer y difundir a los cuatro vientos los chismeríos que otros anónimos dicen de otras personas. Se genera así una suedocultura basada en la sospecha, en donde esa sospecha va adquiriendo grados de certeza -con mayor o menor velocidad según sean los involucrados-, la que, finalmente, adquiere grados de verdades incuestionables. Cuando un chismerío adquirió el grado de verdad incuestionable, es que ha alcanzado su cénit, y la víctima queda socialmente destruida. Y la seudocultura se regodea creyéndose muy ilustrada, cuando de lo único que se trata es de estar horas y horas hurgando en la vida ajena.

El anónimo virtual actúa sobre seguro, y su vigencia dependerá de cuántos le den importancia o no. Como es sabido, la tecnología y sus raudos avances, hoy por hoy permiten llevar a cabo muchas cosas. Incluso se ha trasformado ciertamente en algo muy temible. Pienso que aún aquellas personas que jamás se han vinculado a los espacios virtuales, corren riesgos; basta con que alguien busque, por la razón que fuere, arruinarlos, haga una aparición de fotos y genere conversaciones como si realmente fueren de esos a quienes se quiere arruinar, para que ya nazca la sospecha. Y con cualquiera de nosotros se puede hacer otro tanto. Acaso se llegue en algún momento a tener que lidiar contra pruebas falsas, pero cuya producción ha sido tan perfecta y acabada, que sea cuasi imposible tacharlas de falsas.

Siempre la masa es anónima, y, por eso mismo, siempre está pronta a complacerse con los datos anónimos. Por caso, en la masa feminista tenemos un ejemplo de lo aquí dicho. Fustigan a alguien, lo escrachan, y pretenden luego que su sentencia sea verdad absoluta. Recuerdo que no hace mucho surgieron sitios web en donde desde el más cómodo anonimato se destrozaba imágenes ajenas, adjudicándoles historias cuyas pruebas habría que pedírselas al mitológico Crono.

Con cuanta facilidad se le da entidad a lo que nace desde la oscuridad pretendiendo aportar claridad. Y la masa anónima tiene rápidamente por famoso y gran oráculo, a alguien que aparece desde vaya a saber qué rincón del mundo, brindando por único dato de su nombre y apellido, que se trata de “Anónimo”.

“Anónimo contribuye a afianzar un tipo de hombre. Somos seres pecadores que hemos caído en pecados y en pecadotes; pero Anónimo debe ser el ser perfecto, y es tan pulcro que ni haciendo saber su nombre quiere ensuciarse. Anónimo promueve la cobardía, la calumnia, la murmuración, la hipocresía, el escarnio, la mentira, el encono, la discordia, el desorden, la sospecha, los prejuicios, el mal trato, la inmisericordia. En un plano jurídico, Anónimo propende a la demolición del principio de inocencia, deviniendo en juez junto con sus seguidores, de la presa elegida para desollar.

La hermosa advertencia fue: “que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, y eso para que “tu Padre, que ve lo secreto” te recompense. Pero se ha impuesto lo contrario, imposición en la que, por supuesto, participa Anónimo: hacer saber a la derecha lo que hace la izquierda y a la izquierda lo que hace la derecha, ventilarlo por todos lados, buscar a toda costa la aprobación del mundo; sucede que al Padre hace tiempo se lo quiere eliminar. Concomitante a eso, si la advertencia fue “si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas”, como también hace tiempo se impuso otra práctica de la que Anónimo es socio vitalicio, ahora al parecer la regla es desparramar por doquier las faltas, caídas y pecados ajenos, hacer el estofado más grande que se pueda, e invitar a todos, si posible fuere, a comer de él.

Será difícil saber quiénes somos si licuamos nuestra identidad en una masa, o, en otras palabras, podrá decirse a modo identificativo que se es parte de un cuerpo amorfo. Eso desfigurará la cara, y, en la medida que ello suceda, en la medida que más neguemos el rostro (sus comportamientos con nombre y apellido), se contribuirá con el avance de la deshumanización.

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