
Por: Federico Prieto Celi
La Iglesia católica “acompaña al pueblo peruano de manera especial en estos momentos”, dijo el episcopado el 16 de marzo de 2020, el mismo día que entró en vigor el decreto de estado de emergencia en el país. Dado el aislamiento social obligatorio, los católicos están dispensados por sus obispos de asistir a la misa dominical (CIC, c. 87 §1), los mismos que invocaron a “seguir fielmente” las normas sanitarias emitidas, “a fin de frenar la propagación del coronavirus, proteger la vida y la salud de la población”.
El episcopado recordó a los sacerdotes que deben celebrar diariamente la Santa Eucaristía en privado, orando por las familias y por todo el personal de salud “para que el Señor de la Vida, nos conserve y fortalezca en esta emergencia sanitaria”. Muchos fieles han seguido la santa misa por televisión. El 29 de abril, monseñor Guillermo Elías, obispo auxiliar de Lima, celebró misa en el hospital Rebagliati, con las precauciones debidas, y luego recorrió el hospital con el Santísimo, mientras los fieles se arrodillaban.
En cumplimiento de su indeclinable labor pastoral, el episcopado planteó al gobierno que los sacerdotes puedan desplazarse y atender a los fieles enfermos, “observando todas las recomendaciones sanitarias y el toque de queda y considerando la necesidad de administrarles el sacramento de la unción de los enfermos y la confesión a quienes lo soliciten”.
No olvidemos que la jerarquía eclesiástica peruana ha cedido temporalmente al gobierno, para asistir a los contagiados, muchos espacios físicos, como locales de Cáritas -vicariales y parroquiales-, ofreciendo personal y dinero para aliviar esta crisis.
Los obispos de la región amazónica peruana, por su parte, recomendaron al gobierno que los pueblos nativos sean especialmente atendidos ante el coronavirus, porque en los últimos años y producto de la pobreza -cada vez mayor en las zonas rurales, miles de ellos han migrado y “viven hacinados en las periferias de las ciudades, víctimas de la exclusión por parte del Estado, con una deficiente cobertura sanitaria, la cual se hace más evidente ante esta pandemia”.
En España, que tiene un gobierno socialista y elevado número de infectados y fallecidos, ya se ha planteado la desescalada gradual, en relación a los actos religiosos:
Fase 1: Se permitirá la asistencia grupal, pero no masiva, a los templos, sin superar el tercio del aforo, con eucaristías dominicales y diarias.
Fase 2: Se restablecerán de los servicios ordinarios y grupales de la acción pastoral con los criterios organizativos y sanitarios –mitad del aforo, higiene, distancia–.
Fase 3: Se normalizará la vida pastoral ordinaria, con las medidas necesarias hasta que haya una solución médica a la enfermedad, de acuerdo con la nueva realidad social.
Se ha recomendado que los fieles asistan con mascarillas y que usen el gel hidroalcohólico o algún desinfectante similar, que se les brindará a la entrada y salida de las iglesias. Durante la misa, el cáliz, la patena y los copones, estarán cubiertos con la palia durante la plegaria eucarística. El sacerdote celebrante desinfectará sus manos al empezar el canon de la misa, y los demás ministros de la comunión antes de distribuirla.
En Brasil, con 123 millones de católicos; y en Estados Unidos, con 80 millones de católicos, la práctica religiosa es respetada, siendo ambos estados laicos. Pero en el Perú tenemos un ministro de Salud ateo y anticlerical, que ha invocado ‘a los dioses’ y ha dicho que los servicios religiosos serán lo último en permitirse en esta situación de encierro por el coronavirus. El presidente Martín Vizcarra tiene la palabra.





