La columna del Director

LA MISA NEGRA DE ZUREK

La política, incluso cuando es dura y apasionada, debería tener algunos límites. Se puede discrepar, atacar una propuesta, cuestionar a un candidato y hasta enfrentarse políticamente con mucha firmeza. Pero hay cosas que no deberían formar parte de una campaña electoral. Lo ocurrido recientemente en La Molina es una de ellas.

Mientras Renovación Popular realizaba un acto público y pacífico con sus simpatizantes, encabezado por Rafael López Aliaga y la candidata a la alcaldía distrital Lizzi Sueldo, a pocas cuadras se organizaba una escena vergonzosa y grotesca que resulta difícil de entender dentro de una campaña democrática: una comitiva vestida de negro, ataúdes con los nombres de adversarios políticos y una especie de cortejo fúnebre para proclamar que «la R ha muerto». En escena burlesca dos ataúdes, el de Rafael López Aliaga y el de Lizzi Sueldo, que luego fueron llevados al frontis del local de campaña de renovación Popular.

Una cosa es la sátira política. Otra, muy distinta, es montar un espectáculo alrededor de la muerte de los adversarios. Se puede criticar con altura a cualquier partido, a sus candidatos y a sus dirigentes todo lo que se quiera. Eso forma parte de la democracia. Pero convertir la muerte en el símbolo de una campaña contra el rival es cruzar una línea que no debería cruzarse.

 Hay mucho que discutir: seguridad ciudadana, transporte, áreas verdes, limpieza, desarrollo urbano, administración de los recursos públicos. Hay problemas concretos que requieren respuestas concretas. Los vecinos necesitan saber qué propone cada candidato y cómo piensa hacerlo. No ataúdes.

Conozco a Juan Carlos Zurek desde hace muchos años. Me produce sorpresa y tristeza verlo vinculado, a una campaña que recurre a este tipo de recursos tan bajos. Si bien él no se presentó en el aquelarre, se pudo identificar a toda su gente de campaña y ver su local principal covenientemente cerrado. Se sumaron personajes deplorables como la eterna opositora a todo lo que sea Flor Tadeo, la candidata invisible  María Pía Paz de la Barra, hermana y heredera política del impresentable Álvaro paz de la Barra y cómo no, el fracasado y conocido trepa Bruno Grillo. Esta convocatoria de tales personajes recuerda a Los demonios,  esa novela de Dostoyevski que retrata a un círculo de conspiradores de provincia compuesto por ideólogos de pacotilla, resentidos, arribistas y mediocres que pretenden cambiar el mundo a través de una conducta miserable. Es una descripción literaria  sobre cómo la mediocridad  y el vacío moral,  producen un colectivo despreciable y ruinoso. Es propiamente lo que vimos en este acto de La Molina.

Una elección no debería convertirse en una competencia para ver quién es capaz de provocar la mayor indignación, ni quien es capaz de caer más bajo. La política puede ser áspera, pero no tiene por qué ser miserable. Se puede combatir al adversario sin deshumanizarlo. Se puede defender una posición con firmeza sin convertir al otro en un enemigo al que hay que matar y  enterrar simbólicamente. Toda esta escena macabra ha sido descrita por Lizzi Sueldo como una misa negra.

Si se asume que la política consiste en provocar y celebrar simbólicamente la muerte del contrario, no podemos sorprendernos después cuando la intolerancia termine instalándose en la sociedad. La violencia política nunca aparece de un día para otro. Primero se empieza con la descalificación. Después viene la demonización del adversario. Luego se le presenta como alguien que no merece respeto ni la vida. Y, cuando se pierde todo límite, la agresión física deja de parecer  lejana.

Por eso hay que decirlo con claridad: una campaña electoral no debería necesitar ataúdes para transmitir un mensaje. Los ciudadanos tienen la última palabra. Son ellos quienes decidirán con su voto quiénes merecen su confianza. Pero sería saludable que todos los candidatos entendieran que una elección no se gana matando y enterrando simbólicamente al adversario, sino convenciendo a los ciudadanos con ideas y proyectos.

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