Iglesia

LA ASUNCIÓN DE MARÍA

Por: José Antonio Anderson

Era las 9 de la mañana del 1 de noviembre de 1950. A la Plaza de San Pedro en Roma habían llegado más de medio millón de fieles de todo el mundo, los cuales abarrotaban la enorme Plaza, la Via della Conciliazione y las avenidas laterales.

La multitud rompe en aplausos cuando aparece la silla gestatoria con el Papa Pío XII bendiciendo a todos, quien instantes después deja la silla, sube a pie las gradas del atrio principal de la Basílica de San Pedro y se sienta en la sede preparada especialmente para la ocasión. A las 9.30 el Romano Pontífice pronuncia Ex Cathedra; es decir, pronuncia en forma de magisterio extraordinario, con el carácter de infalibilidad, la fórmula del Dogma de la Asunción de la Virgen María a los cielos. El fervor y el entusiasmo de la concurrencia estalla en manifestaciones de gozo y adquiere caracteres de apoteosis. Se produce una oleada de inmensa emoción entre los asistentes, lágrimas de júbilo, gritos de alegría y un fervor colectivo sin precedentes.

La fórmula proclamada por el Papa Pío XII, recogida en la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus promulgada esa mañana, es la siguiente: “Por lo cual, después de haber elevado oraciones de súplica una y otra vez a Dios, y haber invocado la luz del Espíritu de la Verdad, para la gloria de Dios Todopoderoso que ha prodigado su especial afecto a la Virgen María, para el honor de su Hijo, el Rey inmortal de los siglos y el Vencedor sobre el pecado y la muerte, para el aumento de la gloria de esa misma augusta Madre, y para el gozo y la exultación de toda la Iglesia; por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y por nuestra propia autoridad, pronunciamos, declaramos y definimos como dogma divinamente revelado: que la Inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, habiendo completado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.

Como señala el Concilio de Florencia, “el Romano Pontífice es el verdadero vicario de Cristo, la cabeza de toda la Iglesia y el padre y maestro de todos los cristianos; y a él le fue confiado en el bienaventurado Pedro, por nuestro Señor Jesucristo, el pleno poder de atender, dirigir y gobernar a toda la Iglesia”. Por tanto, posee la “auctoritas” y la “potestas” conferidas por el propio Señor Jesucristo a Pedro, a quien hizo “Piscator hominum” (“Pescador de hombres”) y fue a él a quien le dio las llaves del Reino: “Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.» (Mt.16, 17-19)”.

Consecuentemente, según enseña el Concilio Vaticano I: “Cuando el Romano Pontífice se pronuncia Ex Cathedra; es decir, cuando, en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina sobre la fe o la moral que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina prometida en el bienaventurado Pedro, la infalibilidad que el divino Redentor quiso que su Iglesia tuviera al definir doctrinas sobre la fe o la moral. Por consiguiente, tales definiciones del Romano Pontífice son, por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables (Constitución Pastor Aeternus, 9).”

Entonces, nada nuevo se estaba produciendo con esta definición dogmática porque “el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro no para que, por su revelación, dieran a conocer alguna doctrina nueva, sino para que, con su ayuda, guardaran estrictamente y expusieran fielmente la revelación o depósito de la fe transmitido por los apóstoles (Constitución Pastor Aeternus, 6).”

El Papa Pío XII era un hombre de carácter firme y disciplinado, con una apariencia delgada y ascética, que combinaba la timidez personal con una profunda dedicación a sus deberes. Había consultado a los Obispos del mundo entero formulándoles la siguiente pregunta “«¿Consideráis, venerables hermanos, en vuestra extraordinaria sabiduría y prudencia, que la Asunción corporal de la Santísima Virgen puede proponerse y definirse como dogma de fe? ¿Lo deseáis, junto con vuestro clero y pueblo?». (Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, 11).”

Un total de 1,181 obispos de todo el mundo respondieron a la consulta del Papa Pío XII quienes dieron una respuesta afirmativa casi unánime a ambas preguntas. Solo 6 obispos expresaron algún tipo de reserva o duda sobre la oportunidad del anuncio o sobre si la verdad estaba divinamente revelada.

Los santos Padres de la Iglesia primitiva han entendido desde los primeros siglos del cristianismo esta verdad que ahora se proclamaba como Dogma. Ellos vieron la figura de María en el pasaje del Cantar de los Cantares: “¿Quién es Ésta que va subiendo cual aurora naciente, bella como la luna, brillante como el sol y terrible como un ejército formado en batalla? (Cantar de los Cantares 6,10).” Asimismo, mencionan a la Esposa de los Cantares “que sube por el desierto, como una columna de humo de especias aromáticas, de mirra e incienso” para ser coronada (Cantar de los Cantares 3,6).”

Posteriormente, San Juan Damasceno, uno de los últimos Padres de la Iglesia señala: “«Era apropiado que ella, que había conservado su virginidad intacta en el parto, mantuviera su propio cuerpo libre de toda corrupción incluso después de la muerte. Era apropiado que ella, que había llevado al Creador como un niño en su pecho, habitara en los tabernáculos divinos. Era apropiado que la esposa, a quien el Padre había tomado para sí, viviera en las moradas divinas. Era apropiado que ella, que había visto a su Hijo en la cruz y que, por tanto, había recibido en su corazón la espada del dolor de la que había escapado al dar a luz, lo contemplara sentado con el Padre. Era apropiado que la Madre de Dios poseyera lo que pertenece a su Hijo, y que fuera honrada por toda criatura como Madre y sierva de Dios»

Por su parte, san Germán de Constantinopla menciona: “«Tú eres aquella que, como está escrito, aparece en belleza, y tu cuerpo virginal es todo santo, todo casto, enteramente morada de Dios, de modo que de ahora en adelante está completamente exento de disolución en polvo. Aunque todavía humano, se transforma en la vida celestial de incorruptibilidad, verdaderamente viva y gloriosa, intacta y partícipe de la vida perfecta.»

En tiempos posteriores, San Roberto Belarmino exclamó: “«¿Y quién, pregunto, podría creer que el arca de la santidad, la morada del Verbo de Dios, el templo del Espíritu Santo, pudiera ser reducida a ruinas? Mi alma se llena de horror al pensar que esta carne virginal que engendró a Dios, que lo trajo al mundo, que lo alimentó y lo llevó en su vientre, pudiera haberse convertido en cenizas o haber sido entregada como alimento para los gusanos». (Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, 34).”

Finalmente, San Luis María Grignion de Montfort dijo “…entonces, cosas maravillosas han de ocurrir en este mundo, donde el Espíritu Santo, encontrando a su querida Esposa, como que, reproducida en las almas, a ellas descenderá abundantemente y llenándolas de sus dones, particularmente del don de la Sabiduría, para hacer maravillas de la gracia. Mi querido hermano, ¿cuándo llegará ese feliz tiempo, ese siglo de María, en que innumerables almas escogidas, perdiéndose en el abismo de su interior, se convertirán en copias vivas de María, para amar y glorificar a Jesucristo? Este tiempo sólo llegará cuando se conozca y practique la devoción que enseño (Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen p. 217)”.

Que la fe en la Asunción corporal de María al cielo fortalezca nuestra fe en nuestra propia resurrección, y que esta verdad nos ayude a mirar nuestra propia asunción al Cielo como objetivo definitivo al final de nuestras vidas terrenas.

 

 

 

Dejar una respuesta