
Por: Luciano Revoredo
El debate generado en torno al vestido diseñado por Yirko Sivirich para Keiko Fujimori, supuestamente culpable de “apropiarse” del arte kené de la comunidad Shipibo-Konibo, es un síntoma perfecto del delirio ideológico contemporáneo. Lo que históricamente se conoció como inspiración, homenaje, mestizaje o sincretismo, hoy ha sido rebautizado por la doctrina woke bajo el dogmático término de “apropiación cultural”. Lejos de proteger a los pueblos originarios, este concepto promueve una visión regresiva, absurda y totalitaria del arte y la sociedad.
La premisa de la apropiación cultural es tan endeble como peligrosa: sostiene que ciertos grupos étnicos o comunitarios poseen la propiedad exclusiva de formas de vestir, patrones de diseño, escalas musicales, estilos de baile o modismos lingüísticos. Bajo esta lógica, un tejido o una geometría no es una expresión estética universal, sino una patente genética o geográfica.
Llevado a sus últimas consecuencias, este razonamiento deviene en un verdadero supremacismo y segregacionismo cultural, pronto se llegará al extremo de que un bailarín blanco no puede ejecutar una danza afroperuana en un espectáculo. O no hubiera sido posible ese momento memorable cuando el chullo peruano formó parte de la colección de 2002 de Dior gracias al creativo John Galliano. Ni hubiera sido posible el éxito de Elena de Izcue, que con diseños nativos reinterpretados por su genio creativo, puso al Perú en la escena mundial a través de casas de modas europeas y estadounidenses.
Si la cultura requiriera un pasaporte étnico para ser interpretada, adaptada o lucida, el progreso humano se habría detenido en la Edad de Piedra. La historia de la civilización es, en esencia, la historia del intercambio, la copia, la fusión y la reinterpretación sin fronteras.
Exigir “autorización previa” o “diálogo institucional” para que un creador se inspire en la iconografía de su propio país transforma el arte en un trámite burocrático. El arte no se legisla ni se somete a asambleas. Cuando un diseñador toma la geometría amazónica para rendir homenaje a la identidad peruana, no está “despojando” a nadie de su patrimonio; al contrario, está visibilizando, haciendo circular y democratizando un símbolo en la esfera pública.
Convertir el arte tradicional en un coto privado rodeado de alambre de púas ideológico no protege la cultura: la diseca, la vuelve de museo y la condena al olvido. Los símbolos vivos son los que se transforman, los que viajan y los que cruzan fronteras étnicas y sociales.
El trasfondo de esta narrativa no es la defensa de la identidad, sino la imposición de un colectivo sobre la libertad individual. Pretender que un grupo poblacional tiene el monopolio de una forma estética equivale a racializar la creatividad.
Perú es un país profundamente mestizo, cuya riqueza radica precisamente en la superposición e interconexión de sus tradiciones andinas, amazónicas, afro, europeas y asiáticas. Pretender parcelar el patrimonio cultural en “propiedades privadas según el color de piel o el origen comunitario” no solo es un desatino estético, sino un acto de fragmentación social que destruye la convivencia republicana y el mestizaje más enriquecedor.
Inspirarse no es robar. Difundir no es explotar. Es momento de erradicar estos dogmas victimistas y recordar que la cultura pertenece a quien la admira, la recrea y la mantiene viva.




