
Por: Luciano Revoredo
La reciente filtración de los audios de Monseñor Jordi Bertomeu en Infovaticana, uno de los hombres más influyentes dentro del Dicasterio para la Doctrina de la Fe en materia de abusos sexuales, ha dejado al descubierto una realidad descarnada: las cloacas de la burocracia romana siguen operando bajo el axioma implacable de la autoconservación. No estamos ante las declaraciones de un clérigo marginal o mal informado, sino ante el pensamiento vivo de quien ha sido y sigue siendo el encargado de instruir los expedientes más sensibles del catolicismo global. Al afirmar que la prioridad innegociable debe ser «proteger a la Iglesia del escándalo», Bertomeu dinamita de un plumazo años de promesas de tolerancia cero.
Lo verdaderamente inmundo de sus declaraciones no es solo el fin perseguido, sino la aterradora analogía jurídica de la que se sirve. Que un oficial de la Santa Sede pretenda justificar la oscuridad institucional comparando la defensa eclesiástica con el ordenamiento y el “derecho del Tercer Reich” constituye un insulto intolerable a la inteligencia de los fieles y a la memoria y el dolor de las víctimas. Al igualar la mística del cuerpo eclesial con la lógica de control totalitario de un régimen que devora al individuo para proteger su propio relato, Bertomeu muestra una preocupante desconexión con los valores del Evangelio que, en teoría, debería defender. Finalmente se quita la máscara y muestra al monstruo que hay detrás.
Cuando la prioridad del juez es salvaguardar el prestigio del tribunal y no impartir justicia a la víctima, el sistema penal de la Iglesia deja de ser un instrumento de sanación para convertirse en una maquinaria de silencio. No se trata de una falta de leyes canónicas, sino de una perversión en su aplicación. Para Bertomeu y la corriente que representa, el escándalo real no radica en la comisión del crimen execrable de la agresión sexual, sino en que este sea conocido por el pueblo de Dios. Es la sacralización de las apariencias.
No podemos olvidar que este modus operandi ya se había manifestado en el historial de Bertomeu, marcado previamente por burdas amenazas de excomunión dirigidas a periodistas laicos que osaron denunciar vulneraciones de la confidencialidad judicial. El patrón es nítido y coherente: perseguir al mensajero, amordazar a la prensa, intimidar al denunciante y blindar el palacio. Mientras el Dicasterio siga en manos de instructores que equiparan la protección de la verdad con dinámicas de regímenes autoritarios, los fieles seguiremos asistiendo a una simulación de justicia.
La Iglesia no necesita burócratas obsesionados con las relaciones públicas ni inquisidores que jueguen a la diplomacia del silencio sobre los hombros desgarrados de los inocentes. Exigimos una denuncia firme de estas prácticas. La verdadera Iglesia de Cristo solo se protege desterrando la mentira, asumiendo la Cruz y poniendo en el centro a los más vulnerables, no protegiendo el falso honor de una estructura que prefiere el secreto a la verdad.
Hace tiempo venimos denunciando a Jordi Bertomeu como un ser despreciable, el tiempo nos viene dando la razón. Falta saber cuando el Santo Padre León XIV se entera de todo esto.





